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miércoles, 27 de junio de 2007

La ¿maldición? de los Kennedy

El tema de la supuesta maldición que padece la familia del asesinado presidente estadounidense John F. Kennedy ha sido muy debatido. El hecho de que tantos de sus miembros hayan tenido muertes trágicas, o bien hayan sufrido accidentes y desgracias terribles, alimentó el mito. Ésta es una lista de los acontecimientos que, para los creyentes en la maldición, son evidencia de su existencia:

En 1941 Rosemary Kennedy, hermana de JFK, fue enviada a un manicomio, donde vivió hasta su muerte en el 2005
En 1944, Joseph Kennedy, hermano mayor de JFK, murió en una batalla aérea en el Canal de la Mancha.
En 1948 Kathleen Kennedy, hermana de JFK, murió en un accidente aéreo en Francia.
En 1955 Jacqueline Bouvier, esposa de JFK, sufrió un aborto espontáneo.
En 1956 Jacqueline dio a luz a una hija muerta
En agosto de 1963 Patrick Kennedy, el segundo hijo de JFK, murió a los dos días de nacer.
En noviembre del mismo año, JFK fue asesinado en Dallas.
En 1964 Edward “Ted” Kennedy, hermano menor de JFK sufrió un accidente aéreo, en el cual sufrió graves heridas.
En 1968 Robert Kennedy, hermano menor de JFK y Ted, y precandidato a presidente, fue asesinado a balazos.
En 1969 se produjo el “accidente de Chappaquiddick”, en el que el auto donde viajaban Ted Kennedy y Mary Jo Kopechne cayó al agua. Ted consiguió salir del auto y nadar a la superficie, pero Mary Jo murió asfixiada dentro del vehículo. El accidente arruinó las chances de Ted Kennedy de ser candidato a la presidencia en 1972, pues se lo acusó de haber causado la caída del auto al agua por manejar borracho, por haber tardado mucho en buscar ayuda tras salir del agua y por haber llamado a su abogado antes que a la policía.
En 1973, a Edward Kennedy (h), de 12 años, le amputaron la pierna derecha.
En ese mismo año, Joseph Kennedy, hijo de Robert, sufrió un accidente automovilístico al chocar el jeep que manejaba junto a otros pasajeros, uno de los cuales quedó inválido de por vida.
En 1984 David Kennedy, hijo de Robert, murió de una sobredosis a los 28 años.
En 1997 murió Michael Kennedy, hijo de Robert, en un accidente de esquí.
En 1999 murió John F. Kennedy (h), junto a su esposa y su cuñada en un accidente aéreo.
En 2006, el avión en que viajaba Ted Kennedy fue golpeado por un rayo y debió hacer un aterrizaje de emergencia.

jueves, 21 de junio de 2007

"Matar a un rey" (2003)

En el siglo XVII se produjo una guerra civil entre el rey Carlos I de Inglaterra y el Parlamento. En rigor, era un conflicto que ya se venía preparando desde el reinado de su padre, James I. Tanto James como Carlos eran monarcas con pretensiones absolutistas -no hay que olvidar que el siglo XVII fue el siglo de Luis XIV-, y el Parlamento inglés estaba acostumbrado a cogobernar con la Corona desde mucho tiempo antes. La guerra culminó con la derrota y captura de Carlos I.
El film Matar a un rey arranca en ese punto, cuando el Parlamento logra imponerse sobre el rey (interpretado por Rupert Everett), gracias a un ejército poderoso y disciplinado, dirigido por Oliver Cromwell (Tim Roth) y Thomas Fairfax (Dougray Scott). Fairfax y Cromwell aparecen como grandes amigos, pero son al mismo tiempo dos personas muy diferentes. Fairfax es un noble que sólo se rebeló contra el monarca para frenar sus abusos, mientras que Cromwell sueña con acabar con la monarquía y establecer una República. Fairfax es un soldado, mientras que Cromwell es más que nada un intelectual. Cromwell es un hombre cruel y despiadado, mientras que Fairfax tiene más escrúpulos. Cromwell desprecia y maltrata a su esposa, mientras que Fairfax trata a la suya como una igual. Al tomar el poder, las diferencias entre Cromwell y Fairfax quedan más a la vista que nunca, y los llevan a momentos de desconfianza y enfrentamiento abierto, intercalados por intentos de reconciliación.
Escenas destacadas:
  • La ejecución de Carlos I.
  • Fairfax y Cromwell se dirigen a una ceremonia, y Cromwell le explica a su amigo sus ambiciosos planes para el futuro, sin imaginar (ADVERTENCIA: SPOILER) que Fairfax planea asesinarlo en ese mismo día.
  • La última conversación entre Cromwell y Fairfax.

Calificación: 9

martes, 19 de junio de 2007

Fragmento de una entrevista a Robert Graves

Por pura casualidad, me topé con una entrevista realizada a mi autor fetiche, Robert Graves, en 1981, unos 4 años antes de su fallecimiento en Mallorca. Y decidí seleccionar un fragmento, en el que el autor (que siempre, hasta en su epitafio, se autodefinió como poeta más que como novelista) habla -creo que con un poco de resignación- de sus novelas más conocidas, Yo, Claudio y Claudio, el dios.

-¿Cuánto tiempo le llevó escribir Yo, Claudio?
-Yo, Claudio y Claudio, el dios me llevaron 8 meses... Necesitaba terminar pronto el trabajo porque tenía una deuda de 4.000 libras. Me aproximé tanto al personaje que me acusaron de haber hecho investigaciones que nunca realicé.
-¿Dictó usted la obra?
-No. Tengo una mecanógrafa pero no dicté. Si usted emplea sólo las fuentes principales, y conoce el período, un libro se escribe solo.
-¿Cuántas horas al día le tomó el trabajo?
-No lo sé. Deben haber sido siete u ocho. La historia llegó a tener 250.000 palabras. Había hipotecado la casa y quería perderla.
-¿Por qué eligió la novela histórica?
-Bien, por aquello que anoté en mi diario uno o dos años antes: que los historiadores romanos -Tácito, Suetonio y Dión Casio, pero sobre todo Tácito- habían tratado obviamente mal a Claudio, y que algún día yo tendría que escribir un libro acerca de él. Si no lo hubiera hecho, no estaría usted bebiendo en esta casa.
-¿Qué tenía usted en mente al terminar
Claudio el dios? Hay un cambio distintivo en Claudio. Uno se pregunta qué ganaba usted como novelista.
-Yo no creía estar escribiendo una novela. Trataba de encontrar la verdad acerca de Claudio. Y había cierta confluencia entre Claudio y yo mismo. Descubrí que yo era capaz de saber muchas cosas que sucedieron sin tener bases, excepto que yo sabía que eso era cierto. Es cuestión de reconstruir una personalidad.
-No existen muchas fuentes directas, aunque él escribió copiosamente.
-Está su discurso a los Edonios, su carta a los alejandrinos y varios registros de lo que dijo en Suetonio y otras partes. Ahora sabemos exactamente qué enfermedad padecía: la enfermedad de Little. Todo el cuadro es tan sólido que uno siente conocerlo en persona, si simpatiza con él. Pobre hombre -sólo ahora, al fin, la gente comienza a olvidar esa mala imagen que le dieron los historiadores de su tiempo. Ahora es considerado uno de los pocos buenos emperadores entre Julio César y Vespasiano.
-Al final, no obstante, se decepcionó.
-Vio que no podía hacer nada. Tuvo que rendirse.
-Se desintegró y casi se convirtió en otro Calígula o Tiberio.
-Bueno, veamos: Calígula nació malo. Tiberio fue un hombre maravilloso, pero lo presionaron demasiado y él previno al Senado de lo que iba a suceder. Previó un severo quebrantamiento psicológico. Si uno siempre ha sido extremadamente limpio -siempre se ha lavado los dientes y hecho la cama- y llega a un punto intolerable de estrés, uno se quebranta y desarrolla lo que se conoce como comportamiento paradójico: desarregla la cama, hace las peores cosas. Tiberio fue notable por su castidad y sus virtudes viriles, hasta que se vino abajo. Ahora siento la mayor simpatía posible por Tiberio.

La entrevista completa puede leerse en este link.

viernes, 15 de junio de 2007

Tiberio (3ª parte)

En el año 31, Seyano llegó a la cúspide de su carrera política cuando Tiberio lo nombró segundo cónsul (él era el primero). Y como Tiberio vivía ahora permanentemente en Capri, eso significaba que Seyano era el único cónsul en funciones. Hay que decir que todos los colegas de Tiberio en el consulado habían tenido muertes trágicas: Publio Quintilio Varo (con quién había compartido el consulado en el 13 a. C.) había sido emboscado y muerto por un ejército de rebeldes germanos en el año 9 d. C. Los otros tres fueron Germánico, Druso y Gneo Pisón.
Seyano acabó por compartir esa maldición. Los hechos nunca quedaron del todo claros, pero aparentemente conspiró con su amante Livila para destronar a Tiberio y gobernar el Imperio, o bien como emperador y emperatriz, o bien como regentes del joven Tiberio Gemelo. Antonia, la madre de Livila, se enteró por casualidad del complot e informó a su cuñado, el emperador. El 18 de octubre del 31, Tiberio, en un movimiento audaz y sorpresivo, envió una carta sellada al Senado ordenando el arresto de Seyano por varios crímenes que había cometido (y que nadie conocía mejor que Tiberio). Los senadores, que odiaban y temían a Seyano, pudieron desquitarse ese mismo día del hasta entonces favorito del emperador. Así, Seyano fue estrangulado y su cadáver fue descuartizado por la turba.
Sus tres hijos con Apicata fueron ejecutados; como la hija de Seyano era vírgen y se consideraba que era de mala suerte ejecutar a una, el Senado ordenó que el verdugo la violase antes de ajusticiarla. La propia Apicata -de quién Seyano se había divorciado poco antes, con la idea de casarse con Livila- se suicidó, pero antes escribió una carta de Tiberio delatando a Livila (a quién, quizá con razón, consideraba responsable de las muertes de su marido e hijos) como envenenadora de Druso. Tiberio, que creía que Livila sólo había sido amante de Seyano, decidió que su sobrina y ex nuera debía morir, aunque no se sabe cómo murió exactamente. Algunas versiones afirman que se envenenó para evitar ser ejecutada; otras, que se la hizo morir de hambre. El Senado emitió un decreto de damnatio memoriae contra Seyano y ella, destruyendo sus estatuas y borrando sus nombres de los documentos oficiales.
El mismo día de su arresto y ejecución sumaria, Seyano fue destituido como comandante de la Guardia Pretoriana y reemplazado por Quinto Nevio Macro, un hombre tan inescrupuloso como su predecesor, aunque de orígen más humilde. Macro persiguió a los partidarios de Seyano con tanto entusiasmo como Seyano había perseguido a los de Agripina. Los juicios por traición y las ejecuciones se volvieron cosa de todos los días en Roma. Tiberio abandonó por completo los asuntos de Estado, dejándolos en manos de Macro (sólo interesado en enriquecerse y satisfacer rencores personales) y de los burócratas (que gobernaban casi por inercia). Ésto permitió que los partos hicieran incursiones en Armenia, y que los germanos cruzaran regularmente en Rin para saquear los territorios romanos.
Tiberio, en Capri, se dedicó a una vida de orgías y lujo. Había en en interior su villa varias habitaciones dedicadas expresamente al sexo, adornadas con pinturas pornográficas; allí Tiberio se juntaba con chicos y chicas hermosos, a quienes se hacía tener relaciones frente a él para "inspirarlo". No obstante, el emperador también llevaba sus orgías a los bosques y grutas de la isla. Tiberio también entrenó a niños de corta edad para que se metieran en la bañera con él y le succionasen el pene como si fueran los senos de su madre; él los llamaba "mis pececitos". Suetonio cuenta que un amigo, al morir, le legó un cuadro que representaba a Atalanta practicándole sexo oral al argonauta Meleagro, y estableció también que si al emperador le desagradaba la pintura, podría optar por un legado de un millón de sestercios: Tiberio eligió el cuadro sin vacilar. También se cuenta que Tiberio, en un sacrificio, se sintió subitamente atraido hacia el muchacho que llevaba en incienso, y que lo violó sin molestarse en esperar que concluyese la ceremonia. Luego hizo lo mismo con su hermano, un flautista, y les hizo quebrar las piernas a ambos.
Se sabe que el pueblo romano creía firmemente en los rumores sobre la vida que llevaba el emperador en Capri (parece que lo apodaban "El Viejo Macho Caprino"), pero no se sabe a ciencia cierta si esos rumores eran verdaderos o inventados por sus muchos enemigos.
Tras la muerte de Nerón y Druso, nunca quedó bien en claro quién era el heredero de la posición de Tiberio. Quedaban tres miembros varones de la familia imperial aparte del propio emperador: su sobrino Claudio (a quién entonces nadie consideraba como posible sucesor por su supuesta estupidez), su nieto Tiberio Gemelo y su sobrino-nieto y nieto por adopción Cayo Calígula. Como hijo de Germánico, Calígula era el preferido por todos para ser el futuro emperador.
El 16 de marzo del 37, Tiberio cayó gravemente enfermo en una visita a la ciudad de Miseno. Tácito cuenta que cayó en un coma profundo y que Calígula y Macro lo tomaron por muerto, tras lo cual el primero se autoproclamó emperador. No obstante, Tiberio despertó del coma, y Macro tuvo que asfixiarlo. El pueblo romano festejó su muerte y hubo una manifestación para impedir que su cuerpo fuese sepultado en la ciudad, que debió ser reprimida. Los romanos sentían que, con la muerte del odiado Tiberio y el ascenso al poder de un hijo del gran Germánico, comenzaba una etapa mejor. Muy pronto se darían cuenta de que Calígula era mucho peor que su antecesor.

jueves, 14 de junio de 2007

Tiberio (2ª parte)

Muy poco después del ascenso de Tiberio al poder, las legiones en Panonia y Germania se rebelaron contra el nuevo gobierno. El flamante emperador mandó a su sobrino e hijo adoptivo Germánico y a su hijo biológico Druso a sofocar el motín. Ambos lograron que los soldados depusieran su rebelión sin derramamiento de sangre, pero Germánico creyó necesario fortalecer la disciplina de las legiones germanas liderándolas en una nueva campaña al otro lado del Rin. La guerra contra los bárbaros fue exitosa, y Tiberio le concedió a Germánico un Triunfo en el año 17.
Pero el emperador desconfiaba profundamente de su popular sobrino, y lo mandó a Oriente en el 18, con la misma clase de mando político-militar que Agripa y él mismo habían ostentado. De ésta forma, Tiberio lo alejaba de sus contactos políticos en Roma mediante un aparente honor. Tal vez el emperador también esperaba que Germánico cometiera errores graves en Oriente, un escenario distinto y más complejo que Germania. Si Tiberio quería que su sobrino fracasase, se llevó una decepción: Germánico actuó con bastante eficacia, conquistando los reinos de Comagene y Capadocia y convirtiéndolos en provincias romanas. No obstante, se vio envuelto en una feroz lucha de poder con el gobernador de Siria, Gneo Calpurnio Pisón. Aparentemente Tiberio había ordenado a Pisón vigilar y controlar a Germánico, y Pisón lo hizo con demasiado celo.
Debido a eso, cuando Germánico murió en el 19, muchísimas personas sospecharon que Pisón lo había envenenado. Esas sospechas fueron alentadas por el propio Germánico, quién lo acusó en su lecho de muerte. Los partidarios de Germánico acusaron en Roma a Pisón y a su esposa Plancina del envenenamiento, pero nunca se pudo probar nada: Pisón se suicidó antes de la condena (aunque según algunas versiones fue asesinado por Tiberio tras amenazar con declarar al tribunal que había envenenado a Germánico obedeciendo órdenes del propio emperador) y Plancina fue absuelta gracias a su amistad con Livia.
En el año 23, Tiberio perdió a su segundo sucesor, su hijo Druso. Él estaba casado con su prima hermana Livila, hija de Druso, hermano de Tiberio (perdón por tantas aclaraciones, pero el árbol genealógico de la familia Julia-Claudia era muy enmarañado y muchos nombres se repetían), con quién tenía un hijo, Tiberio Gemelo, y una hija, Julia. No obstante, al morir Druso, los que parecieron ascender a las cercanías del trono imperial no fueron sus hijos sino los de Germánico. La madre de ellos era Agripina, hija de Julia y Agripa, por lo que los jóvenes eran biznietos de Augusto. Eran tres hijos y tres hijas: Nerón, Druso, Cayo (apodado Calígula), Julia, Agripinila y Drusila. Con Druso fallecido, muchos esperaban que Tiberio designase a alguno de los chicos heredero del trono.
No obstante, nadie contaba con la influencia de un personaje hasta entonces oscuro: el jefe de la Guardia Pretoriana Lucio Elio Seyano. Seyano era un hombre de origen humilde, pero que había sido adoptado por un miembro de la familia noble de los Elios, y que se había casado luego con Apicata, hija de un famoso millonario llamado Marco Apicio (según sus enemigos, había conseguido ambas cosas prostituyéndose a su padre adoptivo y a su suegro). Había sido designado comandante de la Guardia en el 15, y desde entonces se había convertido en el consejero de confianza de Tiberio. Fue él quién en el 17 o 18 convenció al emperador de establecer un cuartel para la Guardia fuera de la ciudad de Roma, aunque en sus cercanías, medida que tendría gran importancia en los siglos venideros.
Seyano se convirtió en el hombre más influyente de Roma después del propio Tiberio, pero él quería mucho más que eso: su verdadera ambición era convertirse en emperador a la muerte de Tiberio. Por supuesto, Agripina y sus hijos se interponían en su camino.
Las versiones son contradictorias en torno a su enfrentamiento. Hay quienes presentan a la viuda de Germánico como una víctima inocente, que tan sólo quería protegerse de las intrigas de Seyano, mientras que otras nos la muestran como tan ambiciosa e inescrupulosa como sus enemigos, en su afán por asegurar el ascenso de sus hijos al trono. Seyano tenía como aliada a Livila, la viuda de Druso, quién se había convertido en su amante. Más tarde se supo que el romance entre ambos había comenzado cuando Druso seguía vivo, y que ella lo envenenó para continuar sus relaciones con Seyano sin peligro.
En cualquier caso, Seyano hizo acusar de diversos crímenes, reales o inventados, a varios partidarios de Agripina, ejecutándolos u obligándolos a suicidarse. No se atrevió a atacar a la propia Agripina porque ella se había puesto bajo la protección de la todavía poderosa Livia, madre de Tiberio y viuda de Augusto.
En el 26, Tiberio se retiró a la isla de Capri, dejando el gobierno de Roma prácticamente en manos de Seyano. Los historiadores antiguos afirman que, en su retiro, el emperador se dedicó a las orgías más devastadoras. Más tarde daré los detalles escabrosos.
Cuando Livia murió en el 29, Seyano se vio libre para deshacerse de sus rivales. Con el apoyo de Tiberio, hizo acusar a Agripina y sus hijos Nerón y Druso de traición, y los desterró a distintas islas-prisiones. Nerón murió en el 30, aparentemente ejecutado tras un intento de fuga. Druso y Agripina murieron en el 33, y sus muertes fueron paradójicas: él murió de hambre debido a que sus guardias lo alimentaban mal y ella se suicidó por inanición.

miércoles, 13 de junio de 2007

Tiberio (1ª parte)

Tiberio Claudio Nerón fue el segundo emperador de Roma. Nació en noviembre del 42 a. C. y era hijo de Tiberio Claudio Nerón y de Livia. En el 39, su madre se divorció de su padre para casarse con Cayo Julio César Octaviano. A los pocos meses ella dio a luz a un segundo hijo, quién fue llamado Décimo Claudio Nerón Druso y considerado legalmente hijo de su primer marido; no obstante, hubo muchos que sospecharon que su verdadero padre era Octaviano.
Se sabe poco de la infancia de Tiberio. En el 32 murió su padre y fue él, con apenas 9 años, quién tuvo la tarea de pronunciar el discurso fúnebre. En el 27, como se sabe, Octaviano recibió el título de "Augusto", tras lo cual terminó la etapa republicana y comenzó el Imperio; con ésto, los familiares del flamante princeps fueron muy beneficiados, entre ellos Tiberio. En el 24, a los 17 años, fue nombrado cuestor por Augusto. En el 20 fue enviado a Oriente bajo el mando de Marco Vipsanio Agripa, general y amigo de confianza de Augusto. Agripa y Tiberio trabajaron juntos con gran eficacia, logrando convertir a Armenia en un Estado cliente de Roma y recuperar los estandartes y prisioneros de guerra arrebatados por los partos a los derrotados ejércitos de Marco Licinio Craso y Marco Antonio.
En el 19 Tiberio se casó con Vipsania, la hija de Agripa y de su primera esposa Pomponia, hija de Tito Pomponio Ático, un famoso epicúreo, hombre de negocios y amigo de Cicerón. El mismo año fue nombrado pretor y mandado al frente de varias legiones para asistir a su hermano -o hermanastro- Druso en sus campañas en el norte de Europa. Tiberio y Druso actuaron conjuntamente y con gran éxito contra los bárbaros, repartiéndose las áreas de acción: Tiberio combatió en los Alpes y la Galia Trasalpina, mientras que Druso luchó en la Galia Narbonense y en Germania. En el 13 Tiberio regresó a Roma como cónsul, y ese mismo año Vipsania tuvo un hijo, Druso.
No obstante, al año siguiente las cosas cambiaron para mal. Agripa, suegro de Tiberio y yerno de Augusto, murió. Augusto -o tal vez Livia, una mujer inteligente y ambiciosa- decidió que su hija Julia, viuda de Agripa, debía volver a casarse, ésta vez con Tiberio. Así se fortalecerían los vínculos entre la familia Julia y la Claudia (parte de esa política de matrimonios entre Julios y Claudios fue la unión entre Druso y Antonia, la sobrina de Augusto, en el 16). Pero Tiberio estaba enamorado de Vipsania y no quería divorciarse de ella. Las presiones de su poderoso padrastro terminaron por forzarlo a casarse. El matrimonio no fue para nada feliz; Julia sólo le dio un hijo que murió joven, y luego le fue infiel sistemáticamente. Otro golpe durísimo para Tiberio vino cuando, en el año 9 a. C., su querido hermano Druso murió. Lo sobrevivieron su esposa Antonia y sus hijos Germánico, Claudio y Livila.
En el año 7 a. C., Tiberio fue reelecto cónsul. En el 6 se le concedieron los poderes de un tribuno de la plebe y se lo designó comandante de las legiones en Oriente. Pero, pese a todos éstos honores, Tiberio no era feliz. El fallecimiento de su hermano y el insoportable matrimonio con Julia eran factores de peso, así como Cayo y Lucio César, los hijos mayores de Julia y Agripa (y por ende nietos de Augusto), a quien cada vez más gente consideraba los futuros sucesores del princeps. Tiberio temía que los nietos de Augusto opacasen su figura y lo terminasen apartando de la sucesión, por lo que decidió que lo más digno era apartarse voluntariamente. De modo que renunció a sus cargos públicos y se retiró a la isla de Rodas.
Augusto no se sintió muy feliz ante la decisión de su yerno-hijastro. Probablemente es cierto que deseaba que Cayo y Lucio lo sucedieran como emperador en vez de Tiberio, pero no es menos cierto que en ese momento no los consideraba listos para hacerlo y que el alejamiento de Tiberio lo dejaba descolocado. Intentó retenerlo a su lado (llegando incluso a fingir estar enfermo para que Tiberio no zarpase), pero fracasó. Desde entonces sintió un gran resentimiento hacia Tiberio.
En el 2 a. C. Cayo y Lucio denunciaron los adulterios de su madre Julia -que no acompañó a Tiberio a Rodas- ante Augusto, quién reaccionó desterrándola. Tiberio pudo al fin divorciarse de ella. En el 2 d. C., Lucio César murió, dejando a Cayo como único heredero del trono imperial. Tras el destierro de su esposa, Tiberio había estado pidiendo a Augusto permiso para volver a Roma, pero el emperador se lo había negado (tal vez pensando que el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen). Al morir Lucio, Tiberio fue autorizado a regresar a Roma, pero sólo como ciudadano particular. Fue recién en el 4, cuando Cayo murió, que Augusto perdonó a Tiberio y lo nombró heredero conjuntamente con Agripa Póstumo, el hijo menor de Julia y Agripa. También Tiberio fue obligado a adoptar a su sobrino Germánico como heredero, pese a tener un hijo biológico, Druso.
En el 6 o 7, Póstumo fue misteriosamente desterrado. No se conoce el motivo exacto de una medida tan drástica por parte de Augusto; en la novela Yo, Claudio, de Robert Graves, se nos presenta su destierro como el resultado de un complot de Livia (a quién también se señala como envenenadora de sus hermanos Lucio y Cayo), quién consigue incriminarlo en dos intentos de violación. En cualquier caso, Tiberio se vio directamente beneficiado por la medida. Tácito y Dión Casio afirman que, en el año 13, Augusto visitó la isla-prisión donde estaba Póstumo y le prometió perdonarlo por su crímen -fuese cual fuese- y permitirle regresar a Roma. También insinuan que Livia y/o Tiberio envenenaron al emperador para impedirle llevar a cabo su supuesto plan. El caso es que Augusto murió en el 14. Muy poco después, Póstumo fue asesinado en su isla-prisión; Tiberio afirmó que la orden había sido del propio Augusto, que temía que su nieto fuese a causar problemas tras su muerte.
Con Póstumo muerto, Tiberio era el único sucesor posible. No obstante, la transferencia del poder no era algo tan sencillo como lo sería en los siglos venideros, al menos en términos oficiales. El de emperador no era un cargo con tales o cuales atribuciones, que pudiese ser transferido. Estaba compuesto por varios cargos, títulos y honores que debían ser otorgados por el Senado a Tiberio, como habían sido antes otorgados a Augusto. Tiberio fingió al principio resistirse a ocupar el rol de Augusto, afirmando que su edad -56 años- era demasiado avanzada como para gobernar el Estado eficazmente. Incluso llegó a sugerir que se dividiesen los poderes de Augusto, y que él recibiese parte de los mismos. El Senado se rehusó y le suplicó que aceptase. Uno de los senadores llegó a exclamar "¿Cuánto tiempo más permitiréis que el Senado continue sin cabeza?". Tiberio terminó aceptando y fue recibiendo los poderes de Augusto paulatinamente, aunque rechazó los títulos de "Augusto" y "Padre de la Patria". Así comenzó su reinado.

jueves, 7 de junio de 2007

Fragmento de "Los idus de marzo", de Thornton Wilder

Los idus de marzo, escrita en 1948 por el novelista y dramaturgo estadounidense Thornton Wilder (1897-1975), es un libro que me inspira una actitud ambivalente. Por un lado, el autor se toma demasiadas licencias para mi gusto con la Historia (sería demasiado largo enumerarlas). Por el otro, como novela es muy entretenida, profunda e ingeniosa. Está configurada como una serie de documentos -ficticios, por supuesto- escritos por varios personajes más o menos importantes en el período previo al asesinato de Cayo Julio César en el 44 a. de JC.
Este "documento" es de una carta del propio César a su amigo íntimo (no sé si es un personaje real o inventado) Lucio Mamilio Turrino, un hombre que, tras ser capturado y brutalmente torturado por los bárbaros en la Galia, se recluye en su villa en Capri. En sus misivas a Turrino, el dictador expone sus pensamientos y sentimientos más profundos.

Anoche, mi noble amigo, hice algo que no he hecho en muchos años: escribí un edicto; lo volví a leer; y lo hice pedazos. Soy culpable, pues, de una incertidumbre.
En estos últimos días he estado recibiendo informes absurdos y sin precedentes de los destripadores de aves y los investigadores de truenos. Por si era poco, los tribunales y el Senado han estado cerrados dos días porque a un águila se le ocurrió dejar caer una inmundicia en uno de sus vuelos sobre el Capitolio. Se me está acabando la paciencia. Por mi parte me he negado a realizar las ceremonias propiciatorias y a representar la parodia humillante del terror. Mi esposa y hasta mis sirvientes me han mirado estupefactos. Cicerón se ha dignado a prevenirme que debo transigir con las exigencias de la superstición popular.
Así, pues, anoche me senté y escribí el edicto que disolvía el Colegio de Augures y declaraba que en lo sucesivo ningún día habría de considerarse nefasto. Escribí y escribí explicando a mi pueblo los motivos de mi resolución. ¿Cuándo he sido más feliz? ¿Qué puede procurarnos mayor placer que la práctica de la honestidad? Mientras escribía, huían las constelaciones frente a mi ventana. Ya disolvía en mi pensamiento el Colegio de Vírgenes Vestales y desposaba a las hijas de nuestras principales familias, para que a su vez dieran hijos a Roma. Ya cerraba las puertas de los templos -de todos nuestros templos, con excepción de los de Júpiter- y precipitaba a los dioses a ese abismo de miedo y de ignorancia del cual surgieron, y a ese traicionero semimundo donde inventa la fantasía sus mentiras consoladoras. Hasta que llegó un momento en que hube de hacer a un lado todo lo escrito y volver a empezar. Y esta vez empezaba con el anuncio previo de que Júpiter no había existido nunca; de que el hombre está solo en un mundo donde no resuena otra voz que la suya: en un mundo que no es ni benigno ni hostil, sino sólo como él sepa hacerlo.
Pero, tras releer lo que había escrito, lo destruí.
Y lo hice, no por las razones de Cicerón; no porque la falta de una religión oficial pueda llevar la superstición a formas clandestinas y todavía más bajas (cosa que ya está sucediendo); no porque una medida tan extrema fuese a quebrantar el orden social, sumiendo al pueblo en la desesperación y en el espanto, como a un rebaño en medio de una tormenta de nieve. En cierta clase de reformas, las perturbaciones causadas por un cambio gradual son casi tan graves como las que provoca una alteración drástica. No, no fueron las posibles repercusiones del movimiento las que detuvieron mi voluntad y mi mano: fue una causa interior y totalmente mía.
En el fondo no estaba seguro de estar seguro.
¿Acaso sé con certidumbre que no hay una inteligencia que trasciende nuestras vidas, y que no existe misterio alguno en el Universo? Creo saberlo. ¡Qué felicidad, qué alivio tan grande sería poder declararlo así, con una convicción absoluta! En tal caso, hasta podría desear vivir eternamente. ¡Qué terrible y glorioso sería el destino del hombre si, carente de toda orientación y consuelo, se viera obligado a crear con la sustancia de sus entrañas el sentido de su existencia y a establecer las normas que rigieran su vida!
Tu y yo decidimos, hace tiempo, que los dioses no existen.
¿Recuerdas el día en que nos pusimos de acuerdo definitivamente sobre este punto y resolvimos explorar todas sus consecuencias, sentados en un acantilado en Creta, arrojando guijarros al mar y contando delfines? Hicimos entonces el voto de no permitir jamás que nuestras mentes dieran cabida a ninguna duda sobre este asunto. ¡Con qué infantil ligereza llegamos a la conclusión de que el alma se extingue con la muerte!
(La lengua inglesa no puede reproducir la fuerza de esta frase en el latín de César, cuya cadencia misma expresa la amargura del renunciamiento y del dolor. El destinatario de ésta carta debió comprender que César se refería aquí a la muerte de su hija Julia, esposa de Pompeyo, cuya pérdida fue la más terrible de su vida. Mamilio Turrino estaba con él cuando la noticia de esta muerte llegó a los cuarteles de César en Gran Bretaña.)
Yo no creía haber abjurado de todo el rigor de tales aseveraciones. Sin embargo, sólo hay un camino para saber lo que uno en realidad sabe, y ese camino es arriesgar, en un acto, las propias convicciones comprometiéndolas en una responsabilidad. Mientras elaboraba anoche el edicto, y al prever las consecuencias que acarrearía, me vi obligado, pues, a analizarme más estrictamente. Yo las afrontaría alegremente, persuadido de que la verdad no puede sino vigorizar al mundo y a todos cuantos lo habitan, con sólo tener la seguridad de estar seguro.
Pero una última vacilación detiene mi mano.
Debo cerciorarme de que ningún rincón de mi ser alienta, inadvertido, la sospecha de que pueda existir dentro del Universo, y más allá de él, una inteligencia que influye sobre la nuestra y condiciona nuestros actos. Porque si reconozco la posibilidad de este misterio, todos los otros vuelven a ser posibles; existen los dioses que nos han enseñado lo que es bueno, y que nos están mirando; existen las almas que ellos nos infundieron al nacer y que sobrevivirán a nuestra muerte, existen los castigos y las recompensas que dan sentido a nuestras acciones más insignificantes.
Sí, amigo mío: la vacilación es cosa insólita en mí, y sin embargo, en este momento vacilo. Bien sabes qué poco dado soy a la reflexión. Sean cuales fueren los juicios a que arribo, llego a ellos no sé cómo, pero instantáneamente. No soy amigo de la especulación, y desde la edad de 16 años he visto a la filosofía con impaciencia, como a un ejercicio intelectual atrayente pero estéril: cómoda evasión de los deberes que el vivir impone.
En cuatro dominios me parece advertir hoy, tanto en mi propia vida como en la vida que me rodea, la posibilidad del misterio.
Está en primer término el dominio erótico. ¿No habremos simplificado en demasía la explicación de todos estos fuegos que pueblan el mundo? Tal vez Lucrecio tenga razón, después de todo, y nuestro frívolo mundo no la tenga. Acaso en el fondo haya sabido yo siempre -aunque negándome a reconocerlo- que todo amor, y todos los amores, emanan de una fuente única, y hasta la inteligencia misma con que me planteo estos interrogantes, es una inteligencia despertada, alimentada e instruida por el amor, y nada más que por él.
Viene luego el dominio de la suprema poesía. La poesía es, sin duda alguna, la puerta principal por donde han entrado al mundo todas las cosas que más debilitan al hombre; en ella encuentra el consuelo fácil y las mentiras que halagan su ignorancia y su pereza. Nadie aborrece más que yo toda forma de poesía, salvo la más excelsa. Pero esta poesía sublime, ¿será simplemente la realización más alta de las aptitudes humanas o el fruto de una voz que viene de más allá del ser humano?
Debo referirme, en tercer término, a un particular instante que sobreviene en las crisis de mi enfermedad, en el cual entreveo la perspectiva de una sabiduría y de una felicidad superiores, que no debo descartar a la ligera. (Éste párrafo demuestra la ilimitada confianza que César tenía en su corresponsal, ya que habitualmente no admitía ninguna referencia a sus ataques de epilepsia.)
No he de negar, por último, que hay momentos en que mi vida entera y mis servicios a Roma me parecen estructurados por una fuerza ajena a mi propio ser. Bien podría ocurrir, amigo mío, que fuese yo el más irresponsable entre los irresponsables, y que me hubiese sido dada, tiempo atrás, la facultad de atraer sobre Roma las peores calamidades que puede sufrir un Estado, por el mero designio de una Inteligencia Superior que me habría escogido para ese objetivo, precisamente por mis flaquezas antes que por mis virtudes. Porque es cierto que yo no reflexiono, y no sería imposible que el proceso instantáneo de mi entendimiento fuese sólo la manifestación de mi daimon interior, en realidad extraño a mí, en el que hubieran encarnado los dioses el amor que tienen a Roma; de un daimon que mis soldados adoran y al que reza el pueblo todas las mañanas.
Hace unos días te escribí lleno de arrogancia. Te decía entonces que, como no buscaba la buena opinión de nadie, no me interesaba el consejo de hombre alguno. No obstante, acudo a tí en busca de consejo. Medita sobre estas cosas y prepárate para revelarme todo tu pensamiento en abril.
Yo, en tanto, seguiré observando todo lo que ocurra dentro y en torno mío, en especial el amor, el destino y la poesía. Ahora advierto que he estado planteándome estos problemas toda mi vida. Pero uno no sabe lo que sabe -ni siquiera lo que desea saber- hasta que lo desafían y se ve obligado a hacerle frente.
He aquí que ahora me desafían. Roma exige que me multiplique una vez más. Me queda poco tiempo.

miércoles, 6 de junio de 2007

Eduardo II (2ª parte)

En agosto de 1323 Rogelio Mortimer escapó de la Torre de Londres, supuestamente ayudado por la reina Isabel, y se exilió en Francia. En 1325 estalló una disputa territorial entre Eduardo II y el rey Carlos IV de Francia, hermano de Isabel. La guerra entre ambas naciones parecía inminente cuando Isabel se ofreció a mediar entre su hermano y su esposo. Eduardo aceptó y mandó a Isabel a Francia.
Allí, Isabel se reencontró con su hermano y con Mortimer. Y, en ese ambiente más relajado y donde no tenía tantos enemigos, la reina inglesa comenzó un apasionado romance con el antiguo aliado y actual adversario de su esposo. Isabel y Mortimer ocultaron su relación durante un tiempo, pero finalmente su adulterio pasó a ser conocido por todos en la corte francesa (y en la inglesa).
Entretanto, Isabel y Carlos firmaron un tratado de paz, pero para que el tratado fuese legítimo Eduardo debía viajar a Francia para confirmarlo, o bien mandar a su hijo Eduardo para hacerlo. Aquí se planteó un dilema para el rey: sabía que si iba a Francia dejando a su amado Despenser en Inglaterra, los nobles podrían asesinarlo como a Gaveston. Pero si mandaba a su hijo, Isabel y Mortimer lo utilizarían en su contra. En ese momento se demostró lo acertado que había estado el conde de Pembroke cuando en 1324, en su lecho de muerte, le advirtió al rey usando una cita bíblica que era muy peligroso para un hombre amar a otro más que a sí mismo. Las suplicas privadas y públicas de Despenser lo terminaron persuadiendo de enviar al príncipe Eduardo, de unos 13 años.
Tras la firma del tratado, Isabel y su hijo deberían haber vuelto a Inglaterra, pero la reina se hizo la distraida y permaneció en la corte de su hermano, poniéndose en contacto con muchos nobles ingleses exiliados por los Despenser. Pronto quedó claro que ellos planeaban una invasión a Inglaterra, liderados por la reina y por Mortimer. Esto, como es natural, despertó las iras de su marido. Eduardo II mandó a Carlos IV una carta indignada exigiendo que su esposa fuese reenviada a Inglaterra, pero Carlos respondió que “La reina ha venido por su propia voluntad y puede volver libremente si lo desea. Pero si prefiere permanecer aquí, entonces me rehúso a expulsarla”.
Pese a esto, Isabel y Mortimer temían que la presión de Eduardo acabaría volviendo a Carlos IV en su contra, y abandonaron Francia en el verano (boreal) de 1326. Y fue entonces que quedó más en evidencia el error de Eduardo II de mandar al príncipe con Isabel, pues cuando llegaron a la corte de Guillermo, conde de Hainaut, uno de los nobles holandeses más poderosos, ella pudo establecer una firme alianza con él casando a su hijo con Felipa, la hija del conde. Guillermo entonces le dio un ejército para ayudarla a invadir el reino de su esposo. El pretexto de la invasión era simplemente derrocar a los Despenser, pues Isabel afirmaba temer por su vida si volvía a la corte inglesa y ellos seguían en el poder.
En septiembre de 1326, Isabel y Mortimer desembarcaron en Suffolk con su ejército holandés. Eduardo II ofreció una recompensa por la cabeza de Mortimer (y se rumoreaba que llevaba un puñal consigo a todas partes para matar a su esposa personalmente si la capturaban), e Isabel respondió ofreciendo el doble de dinero por las de los Despenser. Muchos nobles -entre ellos Enrique, hermano del difundo Tomás de Lancaster- se unieron a la reina, mientras que todos los intentos del rey de levantar un ejército fracasaron. Hay que tener en cuenta que desde 1322 los Despenser habían manejado Inglaterra despóticamente; si bien el pueblo inglés seguía siendo leal a su monarca, no estaba dispuesto a levantar un dedo por sus favoritos.
En octubre, Eduardo II huyó de Londres y la reina Isabel tomó la ciudad sin problemas. Su popularidad quedó demostrada cuando hizo un discurso afirmando que venía a liberar al reino de los Despenser y sus seguidores, y mencionó al tesorero real Walter de Stapledon. Una turba iracunda linchó a Stapledon, saqueó su casa y le llevó su cabeza a Isabel y Mortimer. Esto desencadenó grandes disturbios, en los cuales los londinenses aprovecharon no sólo para descargar su furia contra los partidarios de los Despenser, sino para satisfacer rencores personales, robar, violar y asesinar. Indiferentes al caos que habían desatado, Isabel y Mortimer viajaron de Londres a Bristol, donde capturaron a Hugo le Despenser el Viejo, conde de Winchester. Al día siguiente Winchester fue juzgado por un tribunal formado, entre otros, por Mortimer, Enrique de Lancaster, Tomás, conde de Norfolk y Edmundo, conde de Kent, hermanos de Eduardo II. Isabel suplicó -tal vez hipócritamente- al tribunal que fuese clemente con el anciano Winchester, pero los jueces lo condenaron a ser ahorcado y decapitado, principalmente por el “asesinato” de Tomás de Lancaster en 1322.
Eduardo II y Despenser se habían refugiado en Gales, donde el rey esperaba que sus súbditos estuviesen más dispuestos a pelear por él. Pero los galeses odiaban a Despenser, quién había asesinado a traición al popular noble rebelde Llywellyn Bren en 1318. Esto permitió a Enrique de Lancaster capturar con facilidad a Eduardo y Despenser. Lancaster separó a los amantes, mandando a Despenser a Hereford, donde estaban Isabel y Mortimer, y llevando personalmente al rey a Kenilworth.
En Hereford, Isabel pudo vengarse ferozmente del amante de su marido. Despenser intentó suicidarse por inanición para no tener que enfrentar la brutal ejecución que sabía que le tenían preparada, pero no llegó a morirse de hambre a tiempo. Cuando llegó a Hereford, una multitud lo sacó del carruaje, lo desnudó y le escribió versos bíblicos acerca de la arrogancia y la corrupción en la piel. Luego fue llevado a la plaza pública, donde Mortimer e Isabel estaban esperándolo. Se leyó la larga lista de cargos en su contra, tras lo cual se llevó a cabo la ejecución. Primero fue ahorcado, pero sin romper su cuello y sin que se llegara a morir de asfixia. Luego fue descolgado, atado a una escalera, castrado y obligado a mirar como quemaban sus genitales. Después le arrancaron los intestinos y el corazón, y los quemaron frente a la multitud. Así murió Hugo le Despenser el Joven, a los 40 años.
Si bien había muchos que querían que Eduardo II también fuese ejecutado, Isabel y Mortimer prefirieron encarcelarlo de por vida. Ejecutar a un rey inglés sentaría un precedente peligroso. En enero de 1327 el Parlamento se reunió y, presionado por Mortimer, destituyó a Eduardo II para luego nombrar a su hijo rey con el nombre de Eduardo III. No obstante, Mortimer e Isabel sabían que la decisión no quedaría firme si Eduardo II no la confirmaba abdicando al trono. Se le envió una delegación encabezada por Enrique de Lancaster y por Juan de Stratford, arzobispo de Canterbury. Le leyeron una larga lista de sus errores e incompetencias. Lo amenazaron, en privado, con nombrar a Mortimer rey de Inglaterra si él no abdicaba a favor de su hijo. Deprimido por la muerte de Despenser y por la lista de errores, Eduardo aceptó. Así comenzó el reinado de Eduardo III, pero como el nuevo monarca tenía 14 años, se nombró un consejo de regencia dirigido por su madre y por Mortimer.
Ahora conocido como “Eduardo Plantagenet” (al igual que Luis XVI, que, tras ser depuesto por la Revolución Francesa, fue llamado simplemente “Luis Capeto”), el ex rey fue trasladado al castillo de Berkeley. Si bien algunos cronistas afirmaron que fue muy maltratado por sus carceleros, hay evidencia que demuestra lo contrario. Eduardo estuvo preso allí desde el 3 abril de 1327 hasta su muerte, ocurrida el 21 de septiembre.
La muerte del ex rey fue atribuida a Isabel y Mortimer, lo cual no es nada extraño. En su momento se rumoreó que Eduardo había sido estrangulado, pero en el siglo XVI surgió otra versión más novelesca y truculenta. Según ésta, Mortimer y la reina consideraban que, pese a su abdicación, Eduardo seguía siendo peligroso, y decidieron matarlo. Los carceleros estaban dispuestos a asesinarlo, pero no sin una orden escrita.
Entonces Isabel y Mortimer les enviaron una nota en latín que decía simplemente: Eduardum occidere nolite timere bonum est. El mensaje podía ser interpretado de dos maneras: si se insertaba una coma entre nolite y timere, significaba “No matéis a Eduardo, temer es bueno”. Si no se insertaba la coma, significaba: “No temáis matar a Eduardo, es una buena acción”. Así, si alguien acusaba a Isabel o a Mortimer del asesinato y usaba la nota como evidencia, ellos podrían decir que habían olvidado poner la famosa coma, con desastrosas consecuencias. Los carceleros obedecieron la orden implícita, y, según la leyenda, utilizaron un método verdaderamente salvaje para asesinarlo sin que quedasen marcas: la introdujeron un hierro al rojo vivo en el ano.
En cualquier caso, Eduardo II murió, y en su momento nadie fue castigado por su supuesto asesinato. Isabel y su amante gobernaron hasta octubre de 1330, cuando Eduardo III dio un golpe palaciego, depuso a Mortimer como regente y lo ejecutó por traición. Isabel estaba embarazada de un hijo suyo; según algunas versiones sufrió un aborto, según otras, el hijo nació muerto o murió a los pocos días del parto.
Después de esto, Isabel se recluyó al castillo Rising en Norfolk. La leyenda dice que la perdida de su hijo y su amante la volvió loca, pero en realidad consta que vivió una vida bastante tranquila, visitando a Eduardo III con regularidad. Murió en agosto de 1358, y su cuerpo fue sepultado en la iglesia franciscana de Newgate junto al corazón de Eduardo II (en aquella época era común que los corazones de los reyes fuesen embalsamados y sepultados en otras tumbas, o bien guardados como reliquias), y usando un hermoso vestido azul que se había puesto en su boda, 50 años antes.

lunes, 4 de junio de 2007

Eduardo II (1ª parte)

Eduardo II nació el 25 de abril de 1284, en el castillo de Caernarfon. Era hijo de Eduardo I y de su primera esposa Leonor de Castilla. La leyenda dice que Eduardo, que había depuesto a Llywelyn ap Gruffydd, último príncipe de Gales, en 1282, prometió a los nobles galeses darles un nuevo príncipe que no hablaría inglés. Y cumplió su palabra presentándoles a su hijo recién nacido, Eduardo, que no hablaba todavía ningún idioma. Así, el futuro Eduardo II se convirtió en el primer heredero de la corona inglesa en ostentar el título de príncipe de Gales. (Alentado por su exitosa anexión de Gales, Eduardo I intentó más tarde conquistar Escocia, pero la resistencia encabezada por Roberto Bruce y William Wallace terminó por hundir sus planes)
Desde la infancia, el rey Eduardo intentó inculcarle a su hijo las artes militares, pero el joven Eduardo siempre las desdeñó, prefiriendo dedicarse a entretenimientos más frívolos y refinados. En 1298, el príncipe Eduardo, de 14 años, conoció a Pedro Gaveston, un caballero gascón, también de 14, de quién se enamoró; irónicamente, fue el rey Eduardo quién los presentó.
La “amistad” entre los jóvenes fue alentada al principio por el rey y no fue mal vista en la corte. Pero a medida en que la intimidad entre Eduardo y Gaveston aumentaba, también lo hacía la preocupación del rey por la orientación sexual de su hijo, así como por el hecho de que un simple caballero tuviera tanta influencia sobre el futuro monarca (si bien Eduardo no era el primogénito, la muerte de su hermano mayor Alfonso lo había elevado al primer puesto en la línea sucesoria). En 1307 el príncipe quiso regalarle a Gaveston el título de conde de Ponthieu. Cuando el rey se enteró de ello, llamó a su hijo, lo llamó “wretched son of a whore”, le echó en cara el regalar tierras que nunca había conquistado, y le dijo que si no fuera por su temor a la división de su reino, lo desheredaría. Luego agarró al príncipe de los cabellos -arrancándole varios mechones- y lo arrojó al suelo, para luego patearlo hasta el cansancio. Después de este arranque de furia, Eduardo I reunió al Parlamento e hizo proscribir y desterrar a Gaveston. No obstante, tuvo la gentileza de otorgarle una pensión para que pudiera subsistir en el exilio, y le permitió despedirse del príncipe y recibir varios regalos de él (aunque los obligó a jurar que nunca volverían a verse sin su permiso).
El destierro de Gaveston fue corto, pues el rey Eduardo murió en julio de ese mismo año. La primera medida del flamante Eduardo II fue permitir el regreso de su favorito (el segundo fue abandonar la infructuosa campaña militar en Escocia). En enero de 1308, Eduardo se casó con Isabel, hija del rey Felipe IV de Francia. Con ella tendría cuatro hijos: Eduardo (1312), Juan (1316), Leonor (1318) y Juana (1321).
(Curiosamente, Eduardo también tuvo un hijo ilegítimo llamado Adam FitzRoy, pero su fecha de nacimiento -calculada entre 1305 y 1310- y la identidad de su madre se desconocen. Sólo se sabe que acompañó a su padre en una campaña contra los escoceses en 1322, y que murió en septiembre de ese año.)
El poder de Gaveston en la corte del nuevo rey era inmenso. Apenas regresó a Inglaterra, Eduardo II lo nombró conde de Cornwalles y lo casó con su sobrina Margarita de Gloucester. Cuando Eduardo viajó a Boulougne para casarse con Isabel, Gaveston actuó como su regente (aunque hay que decir que la ausencia del rey fue de tan solo dos semanas). Su actitud en la coronación de Isabel como reina de Inglaterra escandalizó a los nobles: apareció vestido de púrpura en vez del dorado que le correspondía a los condes en el protocolo, acaparó la atención del rey, quién ignoró a su familia y a su flamante esposa, y luego se descubrió que Eduardo II le había regalado todo el oro y las joyas que había recibido como regalos de boda.
La polémica que causó en la corte el comportamiento de Cornwalles obligó al rey a mandarlo como gobernador a Irlanda. Cornwalles sorprendió a todos demostrando ser un administrador civil y militar bastante eficaz, lo cual le permitió a Eduardo traerlo de regreso en julio de 1309. No obstante, la vanidad de Cornwalles le enajenó el apoyo de los nobles más poderosos, como Aymer, conde de Pembroke y Tomás, conde de Lancaster. Una campaña fallida de Eduardo II contra los escoceses en 1310-1311 debilitó su posición y permitió que los nobles lo forzaran a desterrar a Cornwalles de la corte, ésta vez sin disimularlo con ningún nombramiento.
En 1312 Cornwalles regresó a Inglaterra, lo cual desencadenó un levantamiento armado liderado por Lancaster. Los rebeldes atacaron el castillo de Newcastle, donde el rey y su amante se alojaban, obligándolos a huir al de Scarborough. Eduardo dejó a Cornwalles en Scarborough y viajó al sur para levantar un ejército. Entonces Lancaster, deseando capturar a Cornwalles, mandó a su ejército a Scarborough. Cornwalles se rindió al conde de Pembroke, quién le garantizó su vida y le permitió escapar, contentándose con tomar el castillo. No obstante, fue tomado prisionero en Oxfordshire y llevado al castillo de Warwick, donde Lancaster lo condenó a muerte. La ejecución se llevó a cabo en Blacklow Hill, donde murió a manos de dos soldados galeses. Primero lo atravesaron con sus espadas y luego, mientras yacía en el pasto desangrándose, lo decapitaron. Era el 19 de junio de 1312, y el conde de Cornwalles tenía unos 28 años.
La muerte de Cornwalles provocó la ira de Eduardo II, pero también la de Pembroke, quién le había dado su palabra al amante del rey de protegerlo. No obstante, la guerra entre el rey y los rebeldes no se produjo; fue como si la ejecución del odiado Cornwalles hubiera sido una catarsis de todo el resentimiento de los nobles contra el rey. En septiembre comenzaron las negociaciones entre los sublevados y Eduardo, que concluyeron con el perdón oficial por parte del monarca en octubre.
Debido a la guerra civil, Eduardo no pudo impedir que Roberto Bruce (que se había proclamado rey de Escocia en 1306 con el nombre de Roberto I) reconquistara Escocia. Roberto logró tomar todas las fortalezas excepto el castillo de Stirling, que se dedicó a sitiar. El rey inglés levantó en junio de 1314 un ejército para impedir la toma de Stirling, más por motivos patrióticos que por el valor militar del castillo. El 24 de ese mes, los ejércitos de Eduardo II y los de Roberto I se encontraron en la batalla de Bannockburn, terminando con la derrota aplastante de los ingleses y la independencia efectiva de Escocia (que Inglaterra recién reconocería en 1328).
Eduardo tenía la esperanza de que una victoria en Escocia le daría suficiente fuerza para vengar la muerte de Cornwalles matando a Lancaster y otros nobles involucrados, pero Bannockburn no hizo más que debilitar la posición del rey y fortalecer la de la facción de Lancaster, que no había participado en la campaña escocesa. Los nobles reunieron al Parlamento en septiembre de 1314 para intentar arrancarle al monarca varios privilegios, argumentando que la derrota de Bannockburn había sido un castigo divino. No obstante, Eduardo tuvo la suerte de que una facción de nobles, liderada por Pembroke y Rogelio Mortimer, decidiera que Lancaster era más peligroso que el rey y limitara sus ambiciones. Esto permitió al rey conservar más o menos intacto su poder.
Poco después, Eduardo II consiguió un nuevo amante, Hugo le Despenser, de 32 años, hijo tocayo del conde de Winchester y cuñado del difunto Cornwalles, quién se convirtió en su favorito y ganó un enorme poder en la corte. Fue alentado en esto por su ambicioso padre y por su igualmente ambiciosa esposa Leonor de Gloucester (con quién por otra parte tuvo nueve hijos entre 1308 y 1325). Con Despenser también ascendieron Guillermo de Montagu, Rogelio Damory y Hugo Auldrey, casados con hermanas de Leonor.
Despenser era tan vanidoso como Cornwalles, y más violento que él. Una versión -probablemente inventada- afirma que torturó a una de las hermanas de su esposa hasta volverla loca, para así arrebatarle unas tierras que ella poseía en Gales. Además, Despenser se ganó el odio de la reina Isabel (algo que Cornwalles nunca había hecho, pese a la forma en que la "ninguneó" en su coronación).
En 1316 Lancaster se rebeló contra los nuevos favoritos. Al igual que en 1312, no se produjo ningún combate entre los ejércitos del rey y el poderoso conde, pero la tensión bélica continuó hasta 1318, cuando Lancaster logró que Eduardo II se deshiciera de Montagu, Damory y Auldrey. No obstante, no pudo hacer expulsar de la corte a Despenser, y la relación entre el rey y su amante se hizo más estrecha cuando Eduardo lo nombró chambelán, lo cual permitía que se vieran sin restricciones. Los Despenser también comenzaron ese año a intrigar para que al flamante chambelán le dieran el condado de Gloucester, en virtud a su matrimonio con Leonor.
En 1320, Despenser y su padre Winchester eran los dos hombres más poderosos de Inglaterra. Habían logrado que Eduardo II confiscara ilegalmente varias tierras pertenecientes a otros nobles y se las concediera a ellos. Todo esto causó un levantamiento liderado por el antes leal Mortimer, por Humberto, conde de Hereford y por el inefable Lancaster, en 1321. Pembroke medió entre el rey y los rebeldes, consiguiendo que Eduardo II desterrase a los Despenser (el conde de Winchester se estableció en Burdeos, mientras que su hijo se dedicó a la piratería en el canal de la Mancha).
No obstante, las hostilidades entre el rey y los nobles sublevados no terminaron. El conflicto volvió a estallar por el motivo más trivial: cuando la reina Isabel quiso alojarse en el castillo de Leeds perteneciente a Bartolomeo de Badlesmere, su esposa se rehusó a dejarla entrar, aparentemente por orden del propio Bartolomeo. Furiosa, Isabel hizo que los soldados de su comitiva atacasen el castillo, pero fueron fácilmente repelidos. El incidente fue la excusa para que Eduardo II le declarase la guerra a Badlesmere. Esto causó una división entre los nobles rebeldes: Mortimer y Hereford se pusieron de parte de Badlesmere, pero Lancaster no. Como resultado, Eduardo consiguió tomar el castillo de Leeds sin problemas.
Lancaster luego volvió a cambiar de opinión y apoyó a Mortimer y Hereford, pero no les dio soldados. Mortimer debió rendirse al rey, tras lo cual la rebelión se derrumbó. Como Eduardo recordaba con un poco de afecto su anterior lealtad, se limitó a encarcelar a Mortimer en la Torre de Londes. Pero Hereford fue asesinado y Lancaster fue juzgado por un tribunal del que formaban parte los Despenser -a quienes Eduardo permitió volver a Inglaterra- y condenado a morir ahogado, descuartizado y decapitado. Como Lancaster era nieto de Enrique III, Eduardo II cambió la sentencia a simple decapitación. Esto ocurrió en 1322.
La victoria de Eduardo y sus favoritos permitió que éstos se vengaran violentamente de sus enemigos: una docena de nobles y cientos de caballeros fueron asesinados o ejecutados, y muchísimas propiedades fueron confiscadas.
No obstante, un nuevo foco de resistencia al poder de los Despenser surgió en la persona de la reina Isabel. Esta joven princesa extranjera lograría algo por lo que tantos nobles poderosos habían acabado muertos o en prisión: hundir a los favoritos del rey. Pero el precio sería muy alto...

miércoles, 30 de mayo de 2007

"Amadeus" (1984)

Hay ciertas películas que no me he atrevido a reseñar en este blog. No porque sean tan malas que no merecen perder tiempo en escribir sobre ellas, sino porque son films ya consagrados como clásicos, y siento que mi opinión sería una gota en un mar de alabanzas. Pero ésta película en particular merece una crítica, pese a ser un clásico.
Amadeus cuenta la historia de la rivalidad entre Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri, los dos compositores más populares en la Viena del emperador José II, a fines del siglo XVIII. El protagonista del film es Salieri, un músico bueno pero mediocre en comparación del genial Mozart. No obstante, a Salieri no le molesta ser inferior a Mozart en el terreno musical, sino el hecho de que Mozart sea inferior a él en todos los demás terrenos. Salieri, un hombre muy devoto que ve a su música y a la música en general como algo que se realiza para honrar a Dios, considera injusto que Él le haya dado un talento tan extraordinario a un hombre vulgar y fanfarrón como Mozart. Furioso, termina por considerar a Dios como su enemigo, y dedica todas sus energías a destruir a su “amado” Mozart.
Escenas destacadas:
  • La primera vez que Salieri ve a Mozart.
  • Salieri declara su guerra a Dios descolgando y quemando un crucifijo.
  • Mozart componiendo el legendario Réquiem con la ayuda de Salieri.
  • La autodefinición final de Salieri como "santo patrono de la mediocridad".
Calificación: 10

lunes, 28 de mayo de 2007

Fragmento de "María Estuardo", de Friedrich Schiller

Esta escena pertenece a la obra María Estuardo (1800), de Friedrich Schiller. Aquí se muestra una reunión totalmente ficticia entre la reina Isabel I de Inglaterra y María Estuardo. Esta reunión es arreglada por Robert Dudley, conde de Leicester, amigo íntimo y supuesto amante de Isabel, en un intento de reconciliar a las dos reinas. Así, Isabel entra al patio del castillo de Fotheringhay, lugar donde María era prisionera, y la encuentra allí como por casualidad.

Isabel (A Leicester): ¿Cómo se llama este sitio?
Leicester: El castillo de Fotheringhay.
Isabel
(A Talbot): Ordenad que mi comitiva regrese a Londres. El gentío se agolpa a mi paso, y ansiamos descansar en este tranquilo parque. (Talbot ordena a la comitiva que se aleje. Isabel clava la mirada en María, y continúa hablando con Paulet.) Mi buen pueblo me ama demasiado. Las manifestaciones de su júbilo no conocen medida, y rayan en idolatría: así se honra a los dioses, no a los mortales.
María
(Que durante estas palabras, ha seguido apoyada sin fuerza en brazos de su nodriza, alza la frente, y su mirada choca con la de Isabel. María se estremece de espanto y vuelve a echarse en brazos de Ana) ¡Dios mío! ¡su cara dice que no tiene corazón!
Isabel: ¿Quién es esta mujer?
(Silencio general.)
Leicester: Reina, os halláis en Fotheringhay.
Isabel
(Afecta sorprenderse y dirige a Leicester una mirada sombría.): ¿Quién me ha traído aquí, lord Leicester?
Leicester: Esto es hecho, señora, y pues que el cielo guió hacia aquí vuestros pasos, dejad que triunfe la piedad y la grandeza de alma.
Talbot: Dejaos vencer, señora, y volved los ojos a la infortunada que sucumbe a vuestra presencia.
(María recoge sus fuerzas, e intenta aproximarse a Isabel, pero se detiene; su cara revela la violenta agitación de su ánimo.)
Isabel: ¡Cómo, mis señores! ¿Quién me habló de la sumisión de esta mujer? Tengo delante de mí a una orgullosa, a quien la desgracia no ha podido abatir.
María: Sea; quiero someterme a este nuevo dolor. Lejos de mí, el impotente orgullo de un alma elevada; voy a olvidar lo que soy, y cuanto he sufrido, para prosternarme a los pies de la que fue causa de mi oprobio.
(Dirigiéndose a la Reina) El cielo ha pronunciado en vuestro favor, hermana mía, y la victoria ha coronado vuestra dichosa frente. Adoro la Divinidad que así os hizo grande. (Se arrodilla delante de ella) Pero sed generosa para conmigo, hermana mía; no me dejéis hundida en la humillación; tendedme vuestra real mano para realzarme de mi profunda caída.
Isabel
(retrocediendo): Este es vuestro lugar, lady María; y doy gracias a Dios por su bondad, cuando ha permitido que me viera como vos, a las plantas de mi rival.
María
(con creciente emoción): Pensad en las vicisitudes de las cosas humanas. Existe un Dios que castiga la arrogancia; honrad y temed a la terrible Divinidad, que me arroja a vuestros pies, por respeto a los testigos de esta escena, ajenos a ella; honraos a vos, honrándome a mí; no ofendáis, no profanéis la sangre de los Tudor, que corre por vuestras venas, como por las mías. ¡Ah!, no seáis, por Dios, inaccesible y dura como la escarpada roca a la que en vano el náufrago se esfuerza en asirse. Todo mi ser, mi vida, mi suerte, dependen de mis palabras y del poder de mi llanto; ¡abrid mi corazón para que pueda yo conmover el vuestro! Si me dirigís tan glacial mirada, el corazón trémulo de espanto se cierra, se detiene el torrente de mis lágrimas y el terror hiela en el seno mis súplicas.
Isabel
(con ademán frío y severo): ¿Qué tenéis que decirme, lady Estuardo, puesto que habéis pretendido hablar conmigo? Olvidé que soy una reina cruelmente ultrajada para cumplir con el piadoso deber de hermana, y ofreceros el consuelo de verme. Cedo con ello a un impulso de generosidad, exponiéndome a justa censuras por haber descendido hasta ese punto... porque harto sabéis que quisisteis matarme.
María: ¡Cómo empezar, cómo usar de tal modo de la prudencia, que logre conmover vuestro corazón, sin ofenderle en lo más mínimo! ¡Oh, Señor, comunica toda fuerza persuasiva a mis palabras, y arráncales todo aguijón! Me es imposible hablar en mi propio favor, sin acusaros gravemente, y no lo deseo. Vuestro modo de proceder para conmigo no fue ciertamente justo, porque soy reina al par que vos, y me habéis detenido prisionera; llegué aquí suplicante, y vos despreciando en mí las sagradas leyes de la hospitalidad y el derecho de gentes, me encerrasteis entre los muros de un calabozo; habéis alejado de mí, con crueldad, mis amigos y mis criados, y sujetádome a indignas privaciones. He sido forzada a comparecer ante un tribunal indigno...; pero, en fin, no hablemos más de semejantes crueldades. Cuántas sufrí, húndanse en eterno olvido. Mirad; quiero atribuirlo todo al destino; ni vos sois ya culpable, ni yo tampoco. Un genio infernal surgió del fondo del abismo para inflamar en nuestros corazones el odio ardiente que nos dividió desde los primeros años, y que ha crecido con nosotras. Algunos malvados atizaron la miserable llama; algunos fanáticos pusieron el puñal y la espada en manos cuyo socorro nadie reclamó. Tal es el destino fatal de los reyes; sus odios desgarran el mundo; sus enemistades desencadenan sobre él, el tropel de las Furias. Ahora, no existe ya entre nosotras ningún intermediario.
(Se acerca a ella confiada y habla con acento cariñoso.) Henos, por fin, una enfrente de otra; hablad, hermana mía, decidme en qué falté, porque ansío daros satisfacción. ¡Ay de mí! ¡Cómo no consentisteis en recibirme, cuando con tal instancia os lo pedía! Las cosas no hubieran llegado a tal extremo, ni ahora nos encontraríamos en tan siniestro y triste sitio.
Isabel: Mi buena estrella me preservó entonces de avivar la serpiente en mi propio seno. No acuséis a la suerte, mas sí a la perversidad de vuestra alma y a la ambición de vuestra familia. No había estallado aún ninguna enemistad entre ambas, cuando ya vuestro tío, el prelado arrogante y ambicioso que atenta contra todas las coronas, os inspiró propósitos de guerra, y os persuadió locamente a empuñar las armas, a usurpar mi corona, y a empeñar conmigo un duelo a muerte. ¿Qué enemigos no suscitó contra mí? La voz de los sacerdotes, la espada de los pueblos, las temibles armas del fanatismo religioso; aquí mismo, en medio de mi pacífico reino, vino a atizar el fuego de la discordia; mas Dios está conmigo, y el orgulloso sacerdote no ha triunfado; el golpe fatal amenazaba mi cabeza, y cae la vuestra.
María: Me hallo en manos de Dios; espero que no abusaréis hasta tal punto de vuestro poder.
Isabel: ¿Y quién podría impedírmelo? Vuestro tío enseñó con su ejemplo a los reyes el modo de hacer la paz con sus enemigos. La noche de San Bartolomé, me servirá de lección. ¿Qué me han de importar los vínculos de la sangre y el derecho de gentes, si la Iglesia rompe todo vínculo, y consagra el regicidio y el perjurio? No haré más que practicar lo que enseñan vuestros sacerdotes. Decidme ¿quién saldría fiador de vuestra conducta, si cediendo a la generosidad rompiera tales cadenas? ¿Existe por ventura un castillo donde asegurarme de vuestra fidelidad, que las llaves de Pedro no puedan abrir? ¡Sólo en la fuerza reside mi seguridad! ¡No quiero alianza alguna con la raza de las serpientes!
María: ¡Oh, qué triste, qué cruel sospecha! Me habéis tenido siempre por enemiga, por extranjera, cuando si me hubieseis declarado vuestra sucesora respetando los derechos de mi cuna, por gratitud y amor hubierais hallado en mí una fiel amiga, una fiel parienta.
Isabel: Lady Estuardo, vuestra amistad está en otra parte; vuestra familia es el papismo, y vuestros hermanos los frailes. ¡Qué os declarase mi sucesora! (...) Para que aún durante mi reinado alucinarais a mi pueblo, y como Armida, prendierais en vuestras redes seductoras la juventud del reino, convirtiendo todas las moradas hacia el nuevo sol...
María: Reinad en paz; renuncio a toda pretensión a la corona. ¡Desdichada de mí! ¡Siento paralizados los impulsos de mi ánimo y la grandeza no guarda ya atractivos para mí! Habéis alcanzado vuestro propósito; ya no soy más que la sombra de María. Rota la altivez de mi alma con las injurias de la cárcel, me habéis reducido al último extremo, aniquilado en la flor de mis años. Ahora, acabad, hermana; pronunciad la palabra que os ha traído aquí, porque no puedo creer que aquí os conduzca el intento de insultar cruelmente a vuestra víctima. Pronunciad esta palabra; decid, por fin: sois libre, María; habéis probado mi rigor, aprended ahora a honrar mi generosidad. Decidlo, y recibiré mi libertad y mi vida como presente de vuestra mano. Una palabra, y no os alejáis, hermana, todo. ¡Ah! no me forcéis a aguardarla por mucho tiempo. ¡Ay de vos si no se pone fin a todo con esta palabra, y no nos alejáis, hermana, como divinidad gloriosa y bienhechora! Ni por esta rica y poderosa comarca, ni por toda la tierra que ciñe el Océano, quisiera parecer a vuestros ojos como vos pareceréis… a los míos.
Isabel: ¡Por fin, os dais por vencida! ¿Se acabaron vuestras conjuraciones? ¿No queda ya un solo asesino en marcha?... ¿Se acabaron los aventureros, dispuestos a ejecutar por vos una acción caballeresca? Sí; con los nuevos cuidados que preocupan al mundo, lady María, ya no seduciréis a nadie..., nadie ha de aspirar al título de cuarto marido, porque así matáis a los amantes como a los maridos.
María
(estallando de cólera): ¡Hermana! ¡Hermana...! ¡Oh, Dios mío! ...dadme prudencia.
Isabel
(contemplándola largo rato con orgulloso desprecio): Lord Leicester, ¿éstos son los hechizos que ningún hombre contempla impunemente, ni hubo mujer que osara arrostrar su comparación? En verdad que semejante nombradía fue adquirida a bien bajo precio. Está visto que para ser bella a los ojos de todos, basta ser de todos.
María: ¡Ah... esto es demasiado!
Isabel
(con risa burlona): Mostradnos vuestro verdadero rostro, porque hasta ahora sólo hemos visto la máscara.
María
(Inflamada de cólera; con noble dignidad): He cometido faltas; la juventud, la flaqueza humana, el poder, me llevaron fuera de camino; pero nunca me oculté en la sombra; con real franqueza he desdeñado siempre toda falsa apariencia. Cuantos delitos cometí, aún los más graves, los sabe el mundo, y puedo decir que valgo más que mi reputación... En cambio ¡ay de vos, si alguien os arrancara de los hombros el manto de honor con que encubre la hipocresía los frenéticos ardores de vuestra secreta concupiscencia!... No habréis heredado ciertamente de vuestra madre el honor... ¡Ya sabemos por qué virtud subió Ana Bolena al cadalso!
Talbot
(Interponiéndose entre ambas): ¡Oh! ¡Dios! ¡A este punto habían de llegar las cosas! ¿Esta es sumisión, esta es moderación, lady María?
María: ¡Moderación! ¡He soportado cuanto puede soportar el alma humana! ¡Basta de resignación!... Retorna al cielo, dolorosa paciencia, y tú, ira por tanto tiempo comprimida, rompe tus cadenas, sal de tu guarida...; tú que diste al basilisco irritado miradas que matan, pon en mis labios el dardo venenoso.
Talbot: ¡Oh!... está fuera de sí; perdonad a su arrebato su cruel irritación.
(Isabel, muda de rabia, lanza a María coléricas miradas.)
Leicester (vivamente agitado, trata de llevarse a Isabel): No escuchéis su furor; alejaos de este sitio fatal.
María: ¡El trono de Inglaterra está profanado por una bastarda! ¡El noble pueblo de Inglaterra es engañado por una bellaca, por una comediante! Si la justicia hubiese triunfado de la suerte, os veríamos hundida en el polvo a mi presencia, porque yo... yo... soy vuestra reina.
(Isabel se aleja rápidamente; los lores la siguen vivamente perturbados.)

jueves, 24 de mayo de 2007

Fragmento de "Las brujas de Salem", de Arthur Miller

Este es el tercer acto de Las brujas de Salem, una obra escrita por Arthur Miller en 1952 para denunciar la persecución ideológica llevada a cabo por el senador Joseph McCarthy de los supuestos agentes comunistas en los Estados Unidos; allí se narran los juicios realizados en 1692 en la ciudad de Salem, en Massachussets, contra personas acusadas de brujería. Los procesos comenzaron cuando un grupo de niñas y adolescentes de familias ricas de Salem fueron “embrujadas” por una esclava negra llamada Títuba. Más tarde, las chicas acusaron a muchos otros hombres y mujeres de haber tenido tratos con el Diablo. La realidad, aparentemente, es que esas personas eran enemigas de los padres de las chicas, y que ellas actuaron obedeciendo órdenes de sus familias para arruinarlos (y sus propios rencores personales, como en el caso del personaje de Abigail Williams).
En ese acto, el protagonista de la obra, John Proctor, y dos amigos suyos, intentan frenar los juicios presentando el testimonio de Mary Warren, una de las chicas “hechizadas”. No obstante, la actitud de los jueces ante estas revelaciones no es del todo imparcial, como se verá...

(La sacristía de la capilla de Salem, que ahora sirve de antesala de la Corte General. Al levantarse el telón, la habitación está vacía. Solamente entra el sol por las dos altas ventanas del foro. La pieza es solemne, hasta imponente. Pesadas vigas sobresalen y tablones de diversa anchura constituyen las paredes. Hay dos puertas a la derecha, que llevan a la capilla misma, en donde se reúne el tribunal. A la izquierda, otra puerta lleva al exterior.
Hay un banco simple a la izquierda, y otro a la derecha. En el centro, una mesa más bien larga, para las reuniones, con banquillos y un sillón de considerables dimensiones arrimados a ella.
A través de la pared divisoria, a la derecha, oímos la voz de un Fiscal Acusador, el Juez Hathorne, preguntando algo; luego, una voz de mujer, la de Martha Corey, replicando.)
Voz de Hathorne: Y bien, Martha Corey, hay abundantes pruebas en nuestro poder que demuestran que os habéis entregado a la adivinación de la suerte. ¿Lo negáis?
Voz de Martha: Soy inocente. Ni siquiera sé lo que es una bruja.
Voz de Hathorne: ¿Cómo sabéis, entonces, que no lo sois?
Voz de Martha: Si lo fuera lo sabría.
Voz de Hathorne: ¿Por qué dañáis a estas niñas?
Voz de Martha: ¡No los daño! ¡Es despreciable!
Voz de Giles Corey
(rugiendo): ¡Tengo nuevas pruebas para el tribunal!
(Las voces del pueblo se elevan, excitadas.)
Voz de Danforth: ¡Ocupad vuestros sitios!
Voz de Giles: ¡Thomas Putnam roba tierras!
Voz de Danforth: ¡Alguacil, llevaos a ese hombre!
Voz de Giles: ¡Estáis oyendo mentiras, no más que mentiras!
(Un rugido se eleva del público.)
Voz de Hathorne: ¡Arrestadlo, Excelencia!
Voz de Giles: ¡Tengo pruebas! ¿Por qué no queréis escuchar mis pruebas?
(Se abre la puerta y Giles es prácticamente transportado dentro de la sacristía por Herrick.)
Giles: ¡Quita tus manos, maldito seas! ¡Déjame!
Herrick: ¡Giles, Giles!
Giles: ¡Fuera de mi camino, Herrick! Traigo pruebas...
Herrick: ¡Tú no puedes entrar ahí, Giles, es un tribunal!
(Entra Hale por la derecha.)
Hale: Por favor, calmaos un momento.
Giles: Vos, señor Hale, entrad y pedid que yo hable.
Hale: Un momento, señor, un momento.
Giles: ¡Ahorcarán a mi mujer!
(Entra el Juez Hathorne de Salem. De unos sesenta y tantos años, es desagradable, insensible a los remordimientos.)
Hathorne: ¿Cómo os atrevéis a entrar rugiendo en esta Corte! ¿Os habéis vuelto loco, Corey?
Giles: No sois ningún juez de Boston todavía, Hathorne. ¡No me llaméis loco!
(Entra el Comisionado del Gobernador, Danforth, y, tras él, Ezequiel Cheever y Parris. Al entrar, se hace el silencio. Danforth es un hombre serio, de unos 65 años, con cierto humor y sofisticación que, sin embargo, no interfieren con su precisa lealtad a su posición y a su causa. Se aproxima a Giles, que aguarda su ira.)
Danforth (mirando directamente a Giles): ¿Quién es este hombre?
Parris: Giles Corey, señor, el litigante más...
Giles (a Parris): ¡Es a mí a quien pregunta, y soy lo bastante viejo como para contestar yo mismo! (A Danforth, quien lo impresiona y a quien sonríe a pesar de su violencia): Mi nombre es Corey, señor, Giles Corey. Tengo 200 hectáreas y además tengo madera. La que estáis condenando ahora es mi mujer. (Indica la sala de la Corte.)
Danforth: ¿Y cómo creéis que un alboroto tan despreciable puede ayudarla? Retiraos. Sólo vuestra edad os salva de la cárcel.
Giles
(comienza a alegar): Se dicen mentiras de mi mujer, señor, yo...
Danforth: ¿Es que pretendéis decidir vos qué es lo que esta Corte creerá y qué es lo que desechará?
Giles: Vuestra Excelencia, no queríamos ser irrespetuosos hacia...
Danforth: ¡Irrespetuosos decís! ¡Profanadores, señor! Esta es la más alta Corte del Superior Gobierno de esta Provincia, ¿lo sabéis?
Giles
(comenzando a llorar): Vuestra Excelencia, sólo dije que ella leía libros, señor, y vienen y se la llevan de casa por...
Danforth
(extrañado): ¡Libros! ¿Qué libros?
Giles
(entre incontenibles sollozos): Es mi tercera esposa, señor, nunca tuve una mujer tan prendada de los libros, y pensé que debía encontrar la causa de ello, comprendéis, pero no era de bruja que yo la acusaba. (Llora abiertamente) Le he quitado apoyo a esa mujer, le he quitado mi apoyo. (Se cubre la cara, avergonzado. Danforth se mantiene respetuosamente silencioso.)
Hale: Excelencia, él sostiene poseer importantes pruebas para la defensa de su mujer. Creo que, con toda justicia, deberíais...
Danforth: Pues que presente sus pruebas en declaración jurada. Conocéis bien nuestros procedimientos aquí, señor Hale.
(A Herrick): Despejad esta habitación.
Herrick: Vamos, Giles.
(Empuja suavemente a Corey fuera de la habitación.)
Francis: Estamos desesperados, señor; hace tres días que venimos y no logramos ser escuchados.
Danforth: ¿Quién es este hombre?
Francis: Francis Nurse, Vuestra Excelencia.
Hale: Su mujer, Rebecca, fue condenada esta mañana.
Danforth: ¡El mismo! Estoy sorprendido de encontraros en tal tumulto. Sólo tengo buenos informes acerca de vuestro carácter, señor Nurse.
Hathorne: Creo que ambos deberían ser arrestados por desacato, señor.
Danforth
(a Francis): Escribid vuestra defensa, y a su debido tiempo yo...
Francis: Excelencia, tenemos pruebas para vos; Dios no permita que cerréis vuestros ojos ante ellas. Las muchachas, señor, las muchachas son un fraude.
Danforth: ¿Cómo es eso?
Francis: Tenemos prueba de ello, señor. Os engañan todas ellas.
(Danforth es sacudido por esto pero observa atentamente a Francis.)
Hathorne: ¡Esto es desacato, señor, desacato!
Danforth: Calma, juez Hathorne. ¿Sabéis quien soy, señor Nurse?
Francis: Ya lo creo, señor, y creo que debéis ser un juez sabio para ser lo que sois.
Danforth: ¿Y sabéis que desde Marblehead hasta Lynn hay cerca de 400 en las cárceles, y con mi firma?
Francis: Yo...
Danforth: ¿Y 72 condenados a la horca con esa firma?
Francis: Excelencia, nunca hubiera soñado decir esto a tan importante juez, pero os están engañando.
(Entra Giles Corey por la izquierda. Todos se vuelven para ver mientras él invita a entrar a Mary Warren con Proctor. Mary mantiene la mirada en el suelo; Proctor la lleva del codo, como si ella estuviera por desplomarse.)
Parris (al verla, pasmado): ¡Mary Warren! (Va directamente a inclinarse sobre el rostro de ella): ¿Qué vienes hacer aquí?
Proctor (alejando a Parris con un suave pero firme movimiento de protección para ella): Quiere hablar con el Comisionado del Gobernador.
Danforth
(pasmado por esto, encara a Herrick): ¿No me habíais dicho que Mary Warren estaba enferma, en cama?
Herrick: Lo estaba, Vuestra Merced. Cuando fluí a buscarla para traerla ante el tribunal, la semana pasada, dijo estar enferma.
Giles: Ha estado luchando con su alma toda la semana, Vuestra Merced; viene ahora a decir la verdad de todo esto.
Danforth: ¿Quién es éste?
Proctor: John Proctor, señor. Elizabeth Proctor es mi mujer.
Parris: Cuidado con este hombre, Excelencia, este hombre es dañino.
Hale
(excitado): Creo que debéis escuchar a la chica, señor, ella...
Danforth
(quien se ha interesado mucho en Mary Warren, sólo levanta una mano hacia Hale): Calma. ¿Qué quieres decirnos, Mary Warren?
(Proctor la mira, pero ella no puede hablar.)
Proctor: Nunca vio ningún espíritu, señor.
Danforth
(con gran alarma y sorpresa, a Mary): ¡Nunca vio ningún espíritu!
Giles
(ansiosamente): Jamás.
Proctor
(hurgando en el bolsillo de su chaqueta): Ella ha firmado un testimonio, señor...
Danforth
(instantáneamente): No, no, no acepto testimonios. (Está midiendo rápidamente la situación; se vuelve a Proctor): Decidme, señor Proctor, ¿habéis diseminado la noticia en el pueblo?
Proctor: No, señor, no lo hemos hecho.
Parris: ¡Han venido a derrocar el tribunal, señor! Este hombre es...
Danforth: Os ruego, señor Parris. Sabéis, señor Proctor, que todo lo que el Estado sostiene en este caso es que el Cielo está hablando por boca de estas niñas.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth (
piensa, mirando fijamente a Proctor, y luego se vuelve a Mary Warren): Y tú, Mary Warren, ¿cómo es que te dio por acusar a las gentes culpándolas de enviar sus espíritus contra ti?
Mary: Era en broma, señor.
Danforth: No te oigo.
Proctor: Dice que era en broma.
Danforth: ¿Sí? ¿Y las demás muchachas? ¿Susanna Walcott, y... las otras? ¿También ellas bromean?
Mary: Sí, señor.
Danforth
(con ojos dilatados): ¿Realmente? (Está desorientado. Se vuelve para estudiar el rostro de Proctor.)
Parris (sudando): ¡Excelencia, no iréis a creer que una mentira tan vil puede exponerse ante el tribunal!
Danforth: Claro que no, pero me impresiona mucho que se atreva ella a venir hasta aquí mismo con tal cuento. Veamos, señor Proctor, antes de que decida si os escucharé o no, es mi deber deciros esto: es una hoguera viva la que aquí tenemos; sus llamas derriten todo fingimiento.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth: Permitidme continuar. Comprendo bien que la ternura de un marido pueda llevarlo hasta la extravagancia en defensa de su esposa. ¿Estáis íntimamente seguro, señor, de que vuestra prueba es verdad?
Proctor: Lo es. Y sin duda vos la veréis.
Danforth: ¡Y pensabais hacer esta revelación declarándola en la Corte, ante el público!
Proctor: Eso pensaba, sí... con vuestra licencia.
Danforth
(entrecerrando los ojos): Y bien, señor, ¿cuál es vuestro propósito al hacerlo?
Proctor: Pues así daría libertad a mi mujer, señor.
Danforth: ¿No acecha en parte alguna de vuestro corazón, ni se esconde en vuestro espíritu, ningún deseo de minar este tribunal?
Proctor
(con un casi imperceptible balbuceo): Pues, no, señor.
Cheever
(se aclara la garganta, “despertando”): Yo... Vuestra Excelencia.
Danforth: Señor Cheever.
Cheever: Creo que es mi deber, señor...
(Amablemente, a Proctor): No lo negarás, John. (A Danforth): Cuando fuimos a detener a su mujer, él maldijo al tribunal y rasgó la orden de arresto.
Parris: ¡Ahí lo tenéis!
Danforth: ¿Hizo eso, señor Hale?
Hale
(respira hondo): Sí, lo hizo.
Proctor: Fue un arranque, señor. No sabía lo que hacía.
Danforth
(estudiándolo): Señor Proctor.
Proctor: Sí, señor.
Danforth
(directamente a sus ojos): ¿Habéis visto alguna vez al Diablo?
Proctor: No, señor.
Danforth: ¿Sois en todos los aspectos un buen cristiano?
Proctor: Lo soy, señor.
Parris: ¡Un cristiano tal que no viene a la iglesia más que una vez al mes!
Danforth
(contenido... le pica la curiosidad): ¿No viene a la iglesia?
Proctor: Yo... no siento amor alguno por el señor Parris. No es ningún secreto. Pero a Dios sí lo amo.
Cheever: Ara la tierra los domingos, señor.
Danforth: ¡Ara los domingos!
Cheever
(disculpándose): Creo que son pruebas, John. Soy funcionario del tribunal, y no puedo callarlo.
Proctor: Yo... he arado una o dos veces en día domingo. Tengo tres hijos, señor, y hasta el año pasado mi tierra rendía poco.
Giles: A decir verdad, encontraréis otros cristianos que aran los domingos.
Hale: Vuestra Merced, no me parece que podáis juzgar al hombre en base a tal prueba.
Danforth: Nada juzgo.
(Pausa. Continúa mirando a Proctor, que trata de devolverle la mirada.) Os digo sin rodeos, señor... he visto maravillas en esta Corte. He visto ante mis ojos gente asfixiada por espíritus; los he visto atravesados por alfileres y acuchillados por dagas. No tengo, hasta este instante, la mínima razón para sospechar que las niñas me engañan. ¿Entendéis lo que quiero decir?
Proctor: Excelencia, ¿no os extraña que tantas de estas mujeres hayan vivido tanto tiempo con tan limpias reputaciones y...?
Parris: ¿Leéis el Evangelio, señor Proctor?
Proctor: Leo el Evangelio.
Parris: No os creo; pues si no, sabríais que Caín era un hombre recto, y sin embargo mató a Abel.
Proctor: Sí, es Dios quien nos dice eso.
(A Danforth.) Pero ¿quién es el que nos dice que Rebecca Nurse asesinó a siete criaturas soltando sobre ellas su espíritu? Son sólo estas chicas, y ésta jurará que os mintió.
(Danforth medita, luego llama a Hathorne. Hathorne se inclina y él le habla al oído. Hathorne asiente.)
Hathorne: Sí, es ella misma.
Danforth: Señor Proctor, esta mañana vuestra esposa me envió una petición diciendo estar encinta.
Proctor: ¡¿Mi mujer, embarazada?!
Danforth: No hay señal de ello; hemos examinado su cuerpo.
Proctor: ¡Pero si dice estar encinta, debe estarlo! Esa mujer jamás mentirá, señor Danforth.
Danforth: ¿No mentirá?
Proctor: Jamás, señor, jamás.
Danforth: Lo hemos considerado demasiado conveniente para ser creído. Sin embargo, si os dijera que la retendríamos otro mes; y que si comienza a manifestar los síntomas naturales, la tendríais viviendo aún otro año, hasta que diera a luz... ¿qué diríais de eso?
(John Proctor queda mudo.) Vamos. Decís que vuestro único propósito es salvar a vuestra mujer. Pues bien, por este año, al menos, está a salvo, y un año es largo. ¿Qué decís, señor? Trato hecho. (En conflicto consigo mismo, Proctor mira a Francis y a Giles.) ¿Levantáis vuestra acusación?
Proctor: Yo... creo que no puedo.
Danforth
(una imperceptible dureza en su voz): Vuestro propósito es, pues, algo más vasto.
Parris: ¡Ha venido a deponer el tribunal, Vuestra Señoría!
Proctor: Estos son mis amigos. Sus esposas también están acusadas...
Danforth
(de modo repentinamente vivo): No os juzgo, señor. Estoy listo para escuchar vuestra prueba.
Proctor: No vengo a dañar al tribunal; sólo...
Danforth
(cortándolo): Alguacil, entrad en la Corte y decid al Juez Stoughton y al Juez Sewall que pasen a cuarto intermedio por una hora. Y que vayan a la taberna, si lo desean. Todos los testigos y prisioneros quedarán en el edificio.
Herrick: Sí, señor.
(Con gran deferencia.) Si se me permite decirlo así, señor, he conocido a este hombre toda mi vida. Es un hombre bueno, señor.
Danforth
(lo que le molesta es cómo eso se refleja en él mismo): No me caben dudas, alguacil. (Herrick asiente y sale.) Ahora bien, ¿qué testimonio tenéis para nosotros, señor Proctor? Y os ruego ser claro, limpio como el Cielo y honesto.
Proctor
(extrayendo algunos papeles): No soy abogado, y trataré...
Danforth: Los líos de corazón no necesitan abogado. Continuad a vuestro gusto.
Proctor
(entregando un papel a Danforth): ¿Queréis leer esto primero, señor? Es una especie de testimonio. La gente que lo firma declara su buena opinión sobre Rebecca y mi esposa y Martha Corey. (Danforth mira el papel.)
Parris (tratando de aprovechar el sarcasmo de Danforth): ¡Su buena opinión! (Pero Danforth sigue leyendo y Proctor se siente alentado.)
Proctor: Estos son todos agricultores propietarios, miembros de la Iglesia. (Con delicadeza, tratando de señalar un párrafo): Si observáis, señor... han conocido a las mujeres por muchos años y jamás vieron señales de que hubiesen tratado con el Diablo.
(Parris se acerca nerviosamente y lee por sobre el hombro de Danforth.)
Danforth (examinando una larga lista): ¿Cuántos nombres hay aquí?
Francis: 91, Excelencia.
Parris
(sudando): Esta gente debiera ser convocada. (Danforth lo mira, interrogante.) Para interrogarlos.
Francis
(temblando de ira): Señor Danforth, les he dado a todos mi palabra de que ningún mal les ocurriría por firmar esto.
Parris: ¡Esto es claramente un ataque al tribunal!
Hale
(a Parris, tratando de contenerse): ¿Es que toda defensa es un ataque al tribunal? ¿Es que nadie puede...?
Parris: Toda aquella gente que es inocente y cristiana se alegra de que haya tribunales en Salem. En cambio, esta gente está triste.
(A Danforth directamente.) Y creo que queréis saber de boca de todos y cada uno de ellos, qué es lo que de vos no les place.
Hathorne: Creo que debieran ser examinados, señor.
Danforth: No es necesariamente un ataque, creo. Sin embargo...
Francis: Son todos cristianos devotos, señor.
Danforth: Entonces estoy seguro de que nada tendrán que temer.
(Entrega el papel a Cheever.) Señor Cheever, haced extender órdenes de arresto para todos éstos, arrestos para indagatoria. (A Proctor.) Ahora bien, señor, ¿qué otra información tenéis para nosotros? (Francis, horrorizado, está aún de pie.) Podéis sentaros, señor Nurse.
Francis: He traído trastornos para esta gente: yo he...
Danforth: No, abuelo, no habéis herido a esta gente si son de buena moral. Pero debéis entender, señor, que una persona está con este tribunal o si no, debe considerarse que está en su contra, no hay términos medios
[la negrita es mía]. Este es un momento bien definido, un momento preciso... ya no vivimos en el oscuro atardecer en que el mal se mezclaba con el bien y confundían al mundo. Ahora, gracias a Dios, ha salido el sol radiante y aquellos que no temen la luz, sin duda lo alabarán. Espero que seréis uno de ellos. (Mary Warren de pronto solloza.) Por lo que veo, no se siente bien.
Proctor: No, no está bien, señor.
(A Mary, inclinándose hacia ella, teniéndole la mano, con calma.) Recuerda ahora lo que el ángel Rafael le dijo a Tobías, recuérdalo.
Mary
(casi inaudible): Sí...
Proctor: “Sólo harás el bien y ningún mal recaerá sobre ti”.
Mary: Sí.
Danforth: Vamos, hombre, os aguardamos.
(Vuelve el alguacil Herrick y retoma su puesto junto a la puerta.)
Giles: Mi testimonio, John, entrégale el mío.
Proctor: Sí.
(Le entrega otro papel a Danforth.) Este es el testimonio del señor Corey.
Danforth: Ah, ¿sí?
(Lo examina. Hathorne se acerca desde atrás y lee con él.)
Hathorne (suspicazmente): ¿Qué abogado redactó esto, Corey?
Giles: Bien sabéis que jamás tomé un abogado en mi vida, Hathorne.
Danforth
(terminando de leer): Muy bien escrito. Felicitaciones. Señor Parris, si el señor Putnam está en la Corte, ¿tendríais a bien traerlo? (Hathorne toma el testimonio y va hacia la ventana. Parris va a la sala del tribunal.) ¿No tenéis ninguna preparación legal, señor Corey?
Giles
(muy orondo): La mejor, señor... 33 veces he estado ante tribunales en mi vida. Y siempre he sido el demandante.
Danforth: Ah, entonces sois muy irritable.
Giles: No soy irritable; conozco mis derechos, señor, y los haré valer. Sabéis, vuestro padre juzgó un caso mío... quizás haga ya 35 años de ello, creo.
Danforth: Ah, ¿sí?
Giles: ¿Nunca os habló de ello?
Danforth: No, no puedo recordarlo.
Giles: Es raro; me dio 9 libras por daños. Era un juez justo, vuestro padre. Porque veréis: tenía yo una yegua blanca entonces y un tipo vino a que le preste la yegua...
(Entra Parris con Thomas Putnam. Cuando ve a Putnam, Giles pierde su desembarazo; se pone duro.) Ah, ahí está.
Danforth: Señor Putnam, tengo aquí una acusación del señor Corey en contra vuestra. Declara que fríamente habéis incitado a vuestra hija a acusar de brujería a George Jacobs quien está ahora en la cárcel.
Putnam: Es mentira.
Danforth
(volviéndose a Giles): El señor Putnam afirma que vuestro cargo es falso. ¿Qué respondéis a eso?
Giles
(furioso, sus puños crispados): ¡Un pedo para Thomas Putnam, eso es lo que respondo!
Danforth: ¿Qué prueba presentáis con vuestra acusación, señor?
Giles: ¡Ahí está mi prueba!
(Señalando el papel.) Si Jacobs es colgado por brujo, pierde derecho a sus propiedades... ¡esa es la ley! Y no hay nadie más que Putnam con dinero para comprar semejante extensión. ¡Este hombre mata a sus vecinos por sus tierras!
Danforth: ¡Pero la prueba, señor, la prueba!
Giles
(señalando su testimonio): ¡La prueba está ahí! ¡La obtuve de un hombre honesto que oyó decirlo así a Putnam! El día que su hija acusó a Jacobs, dijo que con eso ella le había hecho un buen regalo de tierras.
Hathorne: ¿Y el nombre de este hombre?
Giles
(sorprendido): ¿Qué nombre?
Hathorne: Del hombre que os dio tal información.
Giles
(duda): Pues, yo... no puedo daros su nombre.
Hathorne: ¿Y por qué no?
Giles
(duda, luego explota): ¡Vos sabéis bien por qué no! ¡Irá a parar a la cárcel si os doy su nombre!
Hathorne: ¡Esto es desacato al tribunal, señor Danforth!
Danforth
(para evitar eso): Sin duda, nos diréis su nombre.
Giles: No os daré ningún nombre. Mencioné el nombre de mi mujer una vez y ya por ello arderé bastante en el Infierno. Me quedo mudo.
Danforth: En ese caso, no tengo más alternativa que arrestaros por desacato a la Corte, ¿sabéis eso?
Giles: Esto es una audiencia; no podéis encerrarme por desacato a una audiencia.
Danforth: ¡Ah, es un buen abogado! ¿Deseáis que declare al tribunal en sesión aquí mismo? ¿O me responderéis debidamente?
Giles
(vacilante): No puedo daros ningún nombre, señor, no puedo.
Danforth: Sois un viejo tonto. Señor Cheever, comenzad el acta. La Corte está en sesión. Os pregunto, señor Corey...
Proctor
(entrometiéndose): Vuestra Honorabilidad... le han dado la historia confidencialmente, señor, y él...
Parris: ¡El Diablo participa de tales confidencias!
(A Danforth): ¡Sin confidencias no habría conspiración, Vuestra Merced!
Hathorne: Creo que hay que destruirla, señor.
Danforth
(a Giles): Viejo, si vuestro informante dice la verdad, que venga aquí, abiertamente, como un hombre decente. Mas si se esconde en el anonimato, debo saber por qué. Y bien, señor, el gobierno y la Iglesia central os exigen el nombre de quien denunció al señor Thomas Putnam como vulgar asesino.
Hale: Excelencia...
Danforth: Señor Hale.
Hale: No podemos continuar ignorándolo. En la comarca hay un inmenso temor a este tribunal...
Danforth: Entonces hay una inmensa culpa en la comarca. ¿Tenéis vos miedo de ser interrogado aquí?
Hale: Yo sólo puedo temer al Señor, Excelencia, pero con todo, hay miedo en la comarca.
Danforth
(iracundo ahora): ¡No me reprochéis el miedo en la comarca! ¡En la comarca hay miedo porque en la comarca hay una conspiración en marcha para derrocar a Cristo!
Hale: Pero eso no quiere decir que todo aquel que sea acusado forma parte de ella.
Danforth: ¡Ningún hombre incorrupto puede temer a este tribunal, señor Hale! ¡Ninguno!
(A Giles): Estáis arrestado por desacato a este tribunal. Ahora sentaos y consultad con vos mismo, o seréis enviado a la cárcel hasta tanto decidáis contestar a todas las preguntas.
(Giles Corey se lanza hacia Putnam. Proctor se arroja y lo contiene.)
Proctor: ¡No, Giles!
Giles
(por sobre el hombro de Proctor, a Putnam): ¡Te cortaré el pescuezo, Putnam, todavía voy a matarte!
Proctor
(forzándolo a sentarse): Paz, Giles, paz. (Lo suelta.) Les probaremos nuestra veracidad. Ahora sí. (Comienza a tornarse hacia Danforth.)
Giles: No digas nada más, John. (Señalando a Danforth): ¡Sólo juega contigo! ¡Su intención es ahorcarnos a todos!
(Mary Warren prorrumpe en sollozos.)
Danforth: Esto es una corte de justicia, señor. ¡No permitiré afrentas aquí!
Proctor: Perdonadlo, señor, por su edad. Paz, Giles, ahora lo probaremos todo.
(Levanta el mentón de Mary.) No puedes llorar, Mary. Recuerda al ángel, lo que le dijo al niño. Aférrate a ello ahora, ahí está tu salvación. (Mary se tranquiliza. Él extrae un papel y se vuelve a Danforth.) Este es el testimonio de Mary Warren. Yo... yo os pediría que recordéis, señor, al leerlo, que hasta hace dos semanas ella no era diferente de como son hoy las otras niñas. (Habla razonablemente, conteniendo todos sus temores, su ira, su ansiedad.) La visteis gritar, aulló, juró que espíritus familiares la sofocaban; hasta atestiguó que Satán, bajo la forma de mujeres que ahora están en la cárcel, trató de ganar su alma y luego, cuando ella rehusó...
Danforth: Sabemos todo eso.
Proctor: Sí, señor. Ella jura ahora que jamás vio a Satán; ni espíritu alguno, vago o nítido, que haya podido mandar Satán para herirla. Y declara que sus amigas mienten ahora.
(Proctor se adelanta a darle el testimonio a Danforth, cuando Hale se acerca a éste, tembloroso.)
Hale: Excelencia, un momento. Creo que esto va al nudo de la cuestión.
Danforth
(con profunda aprensión): Sin lugar a dudas.
Hale: No puedo decir si es un hombre honesto; lo conozco poco. Pero en honor a la justicia, señor, una demanda de tanto peso no puede ser argüida por un campesino. Por amor de Dios, señor, deteneos aquí; enviadlo a casa y que regrese con un abogado...
Danforth
(pacientemente): Escuchad, señor Hale...
Hale: Excelencia, he firmado 72 sentencias de muerte; soy un ministro del Señor y no me atrevo a tomar una vida sin que haya una prueba tan inmaculada que no la ponga en duda ni el menor escrúpulo de conciencia.
Danforth: Señor Hale, me imagino que no dudáis de mi justicia.
Hale: He condenado esta mañana, con mi firma, el alma de Rebecca Nurse, Vuestra Honorabilidad. ¡No quiero ocultarlo, mi mano aun tiembla como si estuviese herida! Os ruego, señor, este alegato dejad que sean abogados quienes lo presenten.
Danforth: Señor Hale, creedme; para ser un hombre tan grandemente ilustrado, estáis muy confundido... espero me disculpéis. He estado 32 años en el foro, señor, y me sentiría azorado si me llamasen a defender a esta gente. Considerad ahora...
(a Proctor y los otros): y os ruego que hagáis lo mismo. En un crimen ordinario, ¿cómo hace uno para defender al acusado? Uno llama testigos para probar su inocencia. Pero la brujería es ipso facto, por sus rasgos y su naturaleza, un crimen invisible, ¿no es así? Por consiguiente, ¿quién puede lógicamente ser testigo de él? La bruja y la víctima. Nadie más. Ahora, no podemos esperar que la bruja se acuse a sí misma, ¿conforme? Por consiguiente debemos fiarnos de sus víctimas. Y ellas sí que dan fe, las niñas ciertamente dan fe. En cuanto a las brujas, nadie negará que estamos extremadamente ansiosos por todas sus confesiones. Por consiguiente, ¿qué es lo que le queda a un abogado por demostrar? Creo haberme explicado, ¿no es así?
Hale: Pero esta joven sostiene que las muchachas no son veraces y si no lo son...
Danforth: Eso es precisamente lo que estoy por considerar, señor. ¿Qué más podéis pedir de mí? ¡A menos que dudéis de mi probidad!
Hale
(derrotado): ¡Es claro que no, señor! Consideradlo, pues.
Danforth: Y vos tranquilizad vuestros temores. Ese testimonio, señor Proctor.
(Proctor se lo entrega. Hathorne se levanta, se ubica al lado de Danforth y comienza a leer. Parris se ubica del otro lado. Danforth mira a John Proctor y comienza a leer. Hale se levanta, busca un sitio junto al Juez y lee también. Proctor mira a Giles. Francis reza en silencio, las manos juntas. Cheever aguarda plácidamente, en el papel del sublime funcionario cumplidor. Mary Warren solloza una vez. John Proctor le toca la cabeza, tranquilizador. Ahora Danforth levanta la vista, se pone de pie, extrae un pañuelo y se suena la nariz. Los demás se hacen a un lado, mientras él se acerca pensativo a la ventana.)
Parris (a duras penas conteniendo su ira y miedo): Yo quisiera interrogar...
Danforth
(primer arranque verdadero en el cual no quedan dudas de su desprecio por Parris): ¡Señor Parris, os mando que os calléis! (Queda en silencio, mirando por la ventana. Habiendo establecido que él marcará el paso): Señor Cheever, ¿queréis entrar en la Corte y traer aquí a las niñas? (Cheever se levanta y sale por el foro. Danforth se vuelve a Mary): Mary Warren, ¿cómo has venido a dar semejante vuelco? ¿Te ha amenazado el señor Proctor para conseguir este testimonio?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Te amenazó alguna vez?
Mary
(más débil): No, señor.
Danforth
(percibiendo un debilitamiento): ¿Te amenazó?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Me dices, entonces, que has comparecido ante mi tribunal mintiendo fríamente mientras sabías que, por esa declaración, gente sería colgada? (Ella no contesta.) ¡Respóndeme!
Mary
(casi inaudible): Sí, señor.
Danforth: ¿Cómo te han instruido en tu vida? ¿No sabes que Dios condena a todos los mentirosos?
(Ella no puede hablar.) ¿O es ahora cuando mientes?
Mary: No, señor... Estoy con Dios ahora.
Danforth: Estás con Dios ahora.
Mary: Sí, señor.
Danforth
(conteniéndose): Te diré esto... O mientes ahora, o mentías en la Corte, y en cualquier caso has incurrido en perjurio y por ello irás a la cárcel. No puedes decir con tanta ligereza que mentiste, Mary. ¿Sabes eso?
Mary: No puedo mentir más. Estoy con Dios, estoy con Dios.
(Pero prorrumpe en sollozos al pensarlo, y se abre la puerta derecha por la que entran Susanna Walcott, Mercy Lewis, Betty Parris y, finalmente, Abigail. Cheever se acerca a Danforth.)
Cheever: Ruth Putnam no está en la Corte, señor, ni tampoco las otras niñas.
Danforth: Estas serán suficientes. Sentaos, niñas.
(Se sientan en silencio.) Vuestra amiga, Mary Warren nos ha dado un testimonio. En el cual ella jura que jamás vio demonios familiares, aparecidos, ni ninguna otra manifestación del Diablo. Además sostiene que ninguna de vosotras ha visto estas cosas, tampoco. (Breve pausa.) Y bien, niñas, éste es un tribunal de justicia. La ley, basada en la Biblia, y la Biblia escrita por Dios Todopoderoso, prohíben la práctica de la brujería y señalan la muerte como la pena correspondiente. Pero del mismo modo, niñas, la ley y la Biblia condenan a todo portador de falso testimonio. (Breve pausa.) Bien. No dejo de percibir que este testimonio pudo haber sido ideado para cegarnos; puede muy bien ser que Mary Warren haya sido conquistada por Satán, quien la manda aquí para distraernos de nuestro sagrado propósito. Si es así, su cuello pagará por ello. Pero si dice la verdad, deponed vuestra fábula, os ruego, y confesad vuestra simulación, pues una confesión rápida os será de más leves consecuencias. (Pausa.) Abigail Williams, levántate. (Abigail se levanta lentamente.) ¿Hay algo de verdad en esto?
Abigail: No, señor.
Danforth
(piensa, mira a Mary, luego nuevamente a Abigail): Niñas, una sonda omnividente será introducida en vuestras almas hasta que vuestra honestidad sea probada. ¿Alguna de vosotras quiere cambiar de idea ahora, o queréis forzarme a un duro interrogatorio?
Abigail: Nada tengo que cambiar, señor. Ella miente.
Danforth
(a Mary): ¿Quieres aún continuar con esto?
Mary
(débilmente): Sí, señor.
Danforth
(volviéndose a Abigail): En la casa del señor Proctor se descubrió un muñeco, atravesado por una aguja. Mary Warren sostiene que tú estabas sentada junto a ella en la Corte cuando ella lo hizo, y que tú la viste hacerlo y presenciaste cómo ella misma introdujo su aguja en el muñeco, para guardarla allí. ¿Qué tienes que decir a esto?
Abigail
(con una leve nota de indignación): Es mentira, señor.
Danforth
(luego de una breve pausa): Mientras trabajabas para el señor Proctor, ¿viste algún muñeco en la casa?
Abigail: La señora Proctor siempre tuvo muñecos.
Proctor: Vuestra Honorabilidad, mi mujer nunca tuvo muñecos. Mary Warren confiesa que ese muñeco era suyo.
Cheever: Vuestra Excelencia.
Danforth: ¡Señor Cheever!
Cheever: Cuando hablé con la señora Proctor en esa casa, ella dijo que nunca tenía muñecos. Pero dijo que sí los tuvo cuando era niña.
Proctor: Vuestra Merced, hace 15 años que ella dejó de ser niña.
Hathorne: Pero un muñeco se conserva 15 años, ¿no es así?
Proctor: ¡Se conserva si se lo conserva! Pero Mary Warren jura que nunca vio muñecos en mi casa, como no los vio nadie.
Parris: ¿Por qué no podía haber muñecos escondidos en donde nadie los viera?
Proctor
(furioso): Puede también haber un dragón con cinco patas en mi casa, pero nadie lo ha visto.
Parris: Nosotros estamos aquí, Vuestra Excelencia, precisamente para descubrir aquello que nadie ha visto.
Proctor: Señor Danforth, ¿qué puede ganar esta niña desmintiéndose? ¿Qué puede ganar Mary Warren más que un duro interrogatorio o algo peor?
Danforth: Estáis acusando a Abigail Williams de un fabuloso y frío plan de asesinato, ¿entendéis eso?
Proctor: Lo entiendo, señor. Creo que asesinar es lo que se propone.
Danforth
(señalando a Abigail, incrédulo): ¿Esta niña asesinaría a vuestra esposa?
Proctor: No es una niña. Escuchadme, señor. A la vista de la congregación ella fue echada dos veces de la capilla, este año, por reír durante la oración.
Danforth
(sacudido, volviéndose a Abigail): ¿Qué es esto? ¡Reír durante...!
Parris: Excelencia, ella estaba bajo el influjo de Títuba entonces, pero ahora guarda compostura.
Giles: ¡Sí, ahora guarda compostura y sale a ahorcar gente!
Danforth: Silencio, hombre.
Hathorne: Por cierto no tiene peso en este asunto, señor. Designio de asesinato es lo que denuncia.
Danforth: Sí.
(Estudia a Abigail un momento y luego): Continuad, señor Proctor.
Proctor: Mary. Dile ahora al Gobernador cómo bailasteis en el bosque.
Parris
(instantáneamente): Excelencia, desde que llegué a Salem este hombre ha estado ensuciando mi nombre. El...
Danforth: Un momento, señor.
(A Mary Warren, severamente y sorprendido.) ¿Qué es esto del baile?
Mary: Yo...
(Echa una ojeada a Abigail, quien la mira fijamente, sin remordimiento. Luego, suplicante, a Proctor.) Señor Proctor...
Proctor
(yendo al grano): Abigail lleva a las muchachas al bosque, Vuestra Merced, y ahí han bailado desnudas...
Parris: Vuestra Merced, esto...
Proctor
(inmediatamente): El señor Parris las descubrió, él mismo, al morir la noche. ¡He ahí la “niña” que es ella!
Danforth
(esto se está convirtiendo en una pesadilla y él se vuelve, asombrado, a Parris): Señor Parris...
Parris: Sólo puedo decir, señor, que jamás encontré a ninguna de ellas desnuda, y que este hombre es...
Danforth: Pero, ¿las descubristeis bailando en el bosque?
(Con los ojos fijos en Parris, señala a Abigail.) ¿Abigail?
Hale: Excelencia, cuando recién llegué de Beverly, el señor Parris me lo había dicho.
Danforth: ¿Lo negáis, señor Parris?
Parris: No lo niego, señor, pero jamás vi a ninguna de ellas desnuda.
Danforth: ¿Pero ella ha bailado?
Parris
(sin voluntad): Sí, señor.
(Danforth, como con ojos diferentes, mira a Abigail.)
Hathorne: Excelencia, ¿me permitís? (Señala a Mary Warren.)
Danforth (con gran preocupación): Os ruego, proceded.
Hathorne: Dices que no has visto ningún espíritu, Mary, que nunca has sido amenazada ni aquejada por ninguna manifestación del Diablo o de los enviados del Diablo.
Mary
(muy débilmente): No, señor.
Hathorne
(con aire de triunfo): Y sin embargo, cuando la gente acusada de brujerías te enfrentaba ante la Corte, tú te desmayabas diciendo que sus espíritus salían de sus cuerpos y te sofocaban...
Mary: Era fingido, señor.
Danforth: No puedo oírte.
Mary: Fingido, señor.
Parris: Pero en realidad te helaste, ¿no es cierto? Yo mismo te levanté muchas veces y tu piel estaba helada. Señor Danforth, vos...
Danforth: He visto eso muchas veces.
Proctor: Ella sólo fingía desmayarse, Excelencia. Son todas maravillosas simuladoras.
Hathorne: Entonces, ¿puede fingir desmayarse ahora?
Proctor: ¿Ahora?
Parris: ¿Por qué no? Ahora no hay espíritus que la ataquen, pues nadie en esta habitación está acusado de brujería. Pues que se torne fría ahora, que finja ser acosada ahora, que se desmaye.
(Volviéndose a Mary Warren.) ¡Desmáyate!
Mary: ¿Que me desmaye?
Parris: Sí, desmáyate. Pruébanos cómo fingías tantas veces ante el tribunal.
Mary
(mirando a Proctor): No... no puedo desmayarme ahora, señor.
Proctor
(alarmado, con calma): ¿No puedes fingirlo?
Mary: Yo...
(Pareciera buscar la pasión necesaria para desvanecerse.) No... no lo siento ahora... yo...
Danforth: ¿Por qué? ¿Qué es lo que falta ahora?
Mary: Yo... no podría decirlo, señor, yo...
Danforth: ¿Podría ser que aquí no tenemos ningún espíritu maligno suelto, pero que en la Corte había algunos?
Mary: Nunca vi ningún espíritu.
Parris: Entonces no veas espíritus ahora, y pruébanos que puedes desmayarte por tu propia voluntad, como sostienes.
Mary
(Clava la mirada, buscando la emoción necesaria, y sacude la cabeza): No... no puedo hacerlo.
Parris: Entonces confesarás, ¿no es cierto? ¡Eran espíritus malignos los que te hicieron desmayar!
Mary: No, señor, yo...
Parris: ¡Vuestra Excelencia, ésta es una treta para cegar a la Corte!
Mary: ¡No es una treta!
(Se pone de pie.) Yo... yo sabía desmayarme porque... yo creía ver espíritus.
Danforth: ¡Creías verlos!
Mary: Pero no los vi, Vuestra Honorabilidad.
Hathorne: ¿Cómo podías creer verlos si no los veías?
Mary: Yo... yo no sé cómo, pero creí. Yo... oí a las otras chicas gritar, y a vos, Excelencia, vos parecíais creerles y yo... Era jugando, al principio, señor, pero luego todo el mundo gritaba espíritus, espíritus, y yo... yo os aseguro, señor Danforth, yo sólo creí que los veía, pero no los vi.
(Danforth la mira escrutadoramente.)
Parris (sonriente, pero nervioso porque Danforth parece conmovido por el relato de Mary Warren): Sin duda Vuestra Excelencia no se dejará engañar por esta simple mentira.
Danforth
(tornándose, preocupado, hacia Abigail): Abigail. Te ruego que escudriñes tu corazón y me digas lo siguiente -y cuidado, criatura, que para Dios cada alma es preciosa y su venganza es terrible para aquellos que quitan la vida sin causa-. Sería posible, hija, que los espíritus que tú hayas visto sean sólo ilusión, algún engaño que te haya cruzado la mente cuando...
Abigail: ¡Vamos...! Esto... esto es una pregunta ruin.
Danforth: Niña, quisiera que la considerases...
Abigail: He sido herida, señor Danforth; he visto manar mi sangre. Casi he sido asesinada, día a día, por haber cumplido mi deber de señalar a los adictos del Diablo... ¿y ésta es mi recompensa? Ser sospechada, negada, interrogada como una...
Danforth
(debilitándose): Hija, yo no desconfío de ti...
Abigail
(en abierta amenaza): Cuidaos vos mismo, señor Danforth. ¿Os creéis tan fuerte que el poder del Infierno no puede desarreglar vuestro juicio? ¡Cuidado! Allí hay... (súbitamente, de una actitud acusadora, su cara se vuelve, y mira al aire, hacia arriba; está verdaderamente asustada).
Danforth (con aprensión): ¿Qué es, criatura?
Abigail
(paseando la mirada por el aire, abrazándose a sí misma, como si sufriese un escalofrío): Yo... no sé. Una brisa, una brisa helada ha venido. (Sus ojos van a parar a Mary Warren.)
Mary (horrorizada, suplicante): ¡Abby!
Mercy
(temblando): ¡Vuestra Excelencia, me hielo!
Proctor: ¡Están fingiendo!
Hathorne
(tocando la mano de Abigail): ¡Está fría, Vuestra Honorabilidad, tocadla!
Mercy
(a través de sus dientes que castañetean): Mary, ¿eres tú quien me envía esta sombra?
Mary: ¡Señor, sálvame!
Susanna: ¡Me hielo, me hielo!
Abigail
(temblando visiblemente): ¡Una brisa, es una brisa!
Mary: ¡Abby, no hagas eso!
Danforth
(él mismo envuelto y ganado por Abigail): Mary Warren, ¿la embrujas tú? ¡Te pregunto! ¿Tú le pasas tu espíritu?
(Con un grito histérico, Mary Warren comienza a correr, Proctor la agarra.)
Mary (casi desplomándose): Dejadme ir, señor Proctor, no puedo, no puedo...
Abigail
(gritando al cielo): ¡Oh, Padre Celestial, quítame esta sombra!
(Sin previo aviso, resueltamente, Proctor salta hacia Abigail, que está encogida, y tomándola de los cabellos la incorpora. Ella grita de dolor. Danforth, asombrado, grita: “¿Qué creéis que estáis haciendo?” y Hathorne y Parris, a su vez, “¡Quitadle las manos de encima!”, y de todo esto surge la rugiente voz de Proctor.)
Proctor: ¡Cómo te atreves a llamar al Cielo! ¡Ramera! ¡Ramera!
(Herrick separa a Proctor de ella.)
Herrick: ¡John!
Danforth: ¡Hombre! Hombre, qué es lo que...
Proctor
(sin aliento y agonizante): ¡Es una ramera!
Danforth
(alelado): ¿Acusáis...?
Abigail: ¡Señor Danforth, él miente!
Proctor: ¡Miradla! Ahora buscará un grito para apuñalarme con él, pero...
Danforth: ¡Probaréis esto! ¡Esto no pasará!
Proctor
(temblando, su vida derrumbándose a su alrededor): Yo la he conocido, señor, yo la he conocido.
Danforth: Vos... ¿Vos sois libertino?
Francis
(horrorizado): John, tú no puedes decir tal...
Proctor: ¡Oh, Francis, quisiera que tuvieses algo de malo en ti, para que me conocieras!
(A Danforth): Un hombre no echa a pique su buena reputación. Vos bien lo sabéis.
Danforth
(alelado): ¿En... qué momento? ¿Dónde?
Proctor
(su voz a punto de quebrarse, grande su vergüenza): En el sitio apropiado... donde se acuestan mis animales. En la noche que puso fin a mi alegría, hace unos 8 meses. Ella entonces me servía, señor, en casa. (Tiene que apretar los dientes para no llorar.) Un hombre puede creer que Dios duerme, pero Dios lo ve todo, ahora lo sé. Os ruego, señor, os ruego... vedla tal como es. Mi mujer, mi buena y amada esposa, poco después tomó a esta muchacha y la echó a la calle. Y siendo como es, un terrón de vanidad, señor... (Está agobiado.) Perdonadme, Excelencia, perdonadme. (Enojado consigo mismo, vuelve la espalda al Comisionado por un momento. Luego, como si el grito fuese el único medio de expresión que le quedase.) ¡Pretende bailar conmigo sobre la tumba de mi mujer! Y bien podría, puesto que fluí blando con ella. Dios me ayude, obedecí a la carne y en esos sudores queda hecha una promesa. Pero es la venganza de una ramera, y así tenéis que verlo; me pongo enteramente en vuestras manos. Sé que ahora habréis de verlo.
Danforth
(pálido, horrorizado, volviéndose a Abigail): ¿Niegas esto, palabra por palabra, hasta el último ápice?
Abigail: ¡Si debo contestar a eso, me retiraré y no regresaré!
(Danforth parece inseguro.)
Proctor: ¡He hecho de mi honor una campana! He tañido la ruina de mi reputación. ¡Me creeréis a mí, señor Danforth! ¡Mi mujer es inocente, sólo que reconocía a una ramera cuando la veía!
Abigail
(adelantándose a Danforth): ¡Qué mirada es la vuestra! (Danforth no puede hablar.) ¡No permitiré tales miradas! (Se vuelve y se encamina hacia la puerta.)
Danforth: ¡Permanecerás en donde estás! (Herrick le corta el paso. Ella se detiene junto a él, sus ojos despiden fuego.) Señor Parris, id a la Corte y traed a la señora Proctor.
Parris
(objetando): Vuestra Excelencia, todo esto es...
Danforth
(bruscamente, a Parris): ¡Traedla! Y no le digáis una palabra de lo que aquí se ha hablado. Y golpead antes de entrar. (Parris sale.) Ahora tocaremos fondo en este pantano. (A Proctor.) Vuestra mujer, decís, es honesta.
Proctor: En su vida jamás ha mentido, señor. Hay quienes no pueden cantar, y quienes no pueden llorar... mi mujer no puede mentir. Mucho he pagado para aprenderlo, señor.
Danforth: Y cuando ella echó a esta muchacha de vuestra casa, ¿la echó por ramera?
Proctor: Sí, señor.
Danforth: ¿Y sabía que era una ramera?
Proctor: Sí, señor, sabía que era una ramera.
Danforth: Bien, pues.
(A Abigail): ¡Y si también ella me dice que fue por eso, criatura, quiera Dios apiadarse de ti! (Alguien golpea. Hacia la puerta): ¡Un momento! (A Abigail): De espaldas, de espaldas. (A Proctor): Haced lo mismo. (Ambos se vuelven de espaldas. Abigail con indignada lentitud.) Ahora, ninguno de vosotros miréis a la señora Proctor. Nadie en esta habitación dirá una palabra, ni hará un gesto de sí o de no. (Se vuelve hacia la puerta y llama): ¡Entrad! (Se abre la puerta. Entra Elizabeth con Parris, Parris la deja. Queda ella sola, sus ojos buscando los de Proctor.) Señor Cheever, tomad nota de esta declaración con toda exactitud. ¿Estáis listo?
Cheever: Listo, señor.
Danforth: Aproxímate, mujer.
(Elizabeth se le acerca echando una mirada hacia Proctor, que está de espaldas.) Mírame sólo a mí, no a tu marido. Sólo a mis ojos.
Elizabeth
(débilmente): Bien, señor.
Danforth: Se nos ha hecho presente que en cierta ocasión, despediste a tu sirvienta Abigail Williams.
Elizabeth: Es verdad, señor.
Danforth: ¿Por qué causa la echaste?
(Breve pausa. Luego Elizabeth trata de mirar a Proctor.) Mirarás sólo a mis ojos y no a tu marido. La respuesta está en tu memoria y no necesitas ayuda para dármela. ¿Por qué echaste a Abigail Williams?
Elizabeth
(sin saber qué decir, presintiendo algo, se humedece los labios para ganar tiempo): Ella... no me satisfacía. (Pausa.) Ni a mi marido.
Danforth: ¿Por qué no te satisfacía?
Elizabeth: Ella era...
(Mira a Proctor en busca de una clave.)
Danforth: ¡Mujer, mírame a mí! (Elizabeth lo hace.) ¿Era despilfarradora? ¿Haragana? ¿Qué inconvenientes causó?
Elizabeth: Vuestra Excelencia, yo... para esa época estaba enferma. Y yo... Mi marido es un hombre bueno y recto. Nunca se emborracha como otros, ni pierde su tiempo jugando al tejo, sino que siempre trabaja. Pero durante mi enfermedad..., comprendéis, señor, yo estuve enferma largo tiempo después de tener mi último niño y creí ver que mi marido se alejaba algo de mí. Y esta muchacha...
(se vuelve a Abigail.)
Danforth: Mírame a mí.
Elizabeth: Sí, señor. Abigail Williams...
(No puede continuar.)
Danforth: ¿Qué hay con Abigail Williams?
Elizabeth: Llegué a creer que ella le gustaba. Y así una noche perdí el juicio, creo, y la puse en la calle.
Danforth: Tu marido... ¿se alejó realmente de ti?
Elizabeth
(torturada): Mi marido... es un hombre de bien, señor.
Danforth: Entonces, ¿no se apartó de ti?
Elizabeth
(comenzando a mirar a Proctor): El...
Danforth
(extiende un brazo y tomándole la cara): ¡Mírame a mí! ¿Sabes tú si John Proctor cometió alguna vez el crimen de libertinaje? (En una crisis de indecisión, ella no puede hablar.) ¡Contéstame! ¿Es tu marido un libertino?
Elizabeth
(débilmente): No, señor.
Danforth: Llevadla, alguacil.
Proctor: ¡Elizabeth, di la verdad!
Danforth: Ha declarado. ¡Llevadla!
Proctor
(gritando): ¡Elizabeth, lo he confesado!
Elizabeth: ¡Oh, Dios!
(La puerta se cierra tras ella.)
Proctor: ¡Ella sólo pensaba en salvar mi nombre!
Hale: Excelencia, es una mentira comprensible; os ruego, deteneos ahora antes de que otro sea condenado. Ya no puedo acallar a mi conciencia... ¡La venganza personal se infiltra en este proceso! Desde el principio este hombre me impresionó como sincero. Por mi voto al Cielo, le creo ahora, y os ruego que volváis a llamar a su mujer antes de que nosotros...
Danforth: Nada dijo de libertinaje y este hombre ha mentido.
Hale: ¡Yo le creo!
(Señalando a Abigail): ¡Esta muchacha siempre me impresionó como falsa! Ella ha...
Abigail
(con un grito extraño, salvaje, escalofriante, chilla hacia el techo): ¡No! ¡No lo harás! ¡Fuera! ¡Fuera te digo!
Danforth: ¿Qué es, criatura?
(Pero Abigail, señalando asustada, levanta sus ojos, su cara despavorida hacia el techo -las muchachas hacen lo mismo- y ahora Hathorne, Hale, Putnam, Cheever, Herrick y Danforth hacen lo mismo.) ¿Qué es lo que hay allí? (El aparta la mirada del techo y ahora está asustado; hay verdadera tensión en su voz): ¡Criatura! (Ella está transfigurada; lloriquea con todas las muchachas, la boca abierta, fija en el techo la mirada.) ¡Chicas! ¿Por qué hacéis...?
Mercy
(señalando): ¡En la viga! ¡Detrás del travesaño!
Danforth
(mirando hacia arriba): ¡Dónde!
Abigail: ¿Por qué...?
(Traga saliva.) ¿Por qué vienes, pájaro amarillo?
Proctor: ¿Dónde está el pájaro? ¡Yo no veo ningún pájaro!
Abigail
(hacia el techo): ¿Mi cara? ¿Mi cara?
Proctor: Señor Hale...
Danforth: ¡Callaos!
Proctor
(A Hale): ¿Veis algún pájaro?
Danforth: ¡¡Callaos!!
Abigail
(al techo, en auténtica conversación con el “pájaro”, como tratando de convencerlo de que no la ataque): Pero es que Dios hizo mi cara; tú no puedes desear arrancarme la cara. La envidia es un pecado capital, Mary.
Mary
(de pie, como por un resorte, y horrorizada, suplicando): ¡Abby!
Abigail
(imperturbable, sigue con el “pájaro”): Oh, Mary, es magia negra eso de que cambies de aspecto. No, no puedo, no puedo impedir que mi boca hable; es la obra de Dios que estoy cumpliendo.
Mary: ¡Abby, estoy aquí!
Proctor
(frenéticamente): ¡Están fingiendo, señor Danforth!
Abigail
(ahora da un paso atrás como temiendo que el pájaro se lance hacia abajo en cualquier momento): ¡Oh, por favor, Mary! No bajes.
Susanna: ¡Sus garras! ¡Está estirando sus garras!
Proctor: ¡Mentiras, mentiras!
Abigail
(retrocediendo más, los ojos aún fijos hacia arriba): ¡Mary, por favor, no me dañes!
Mary
(A Danforth): ¡Yo no la estoy dañando!
Danforth
(A Mary): ¿Por qué ve esta visión?
Mary: ¡Ella no ve nada!
Abigail
(ahora petrificada, como hipnotizada, imitando el tono exacto del grito de Mary Warren): ¡Ella no ve nada!
Mary
(suplicando): ¡Abby, no debieras!
Abigail y todas las muchachas
(todas transfiguradas): ¡Abby, no debieras!
Mary
(a todas ellas): ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Muchachas: ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Danforth
(horrorizado): ¡Mary Warren! ¡Haz que tu espíritu las deje!
Mary: ¡Señor Danforth!
Muchachas
(interrumpiéndola): ¡Señor Danforth!
Danforth: ¿Has pactado con el Diablo? ¿Has pactado?
Mary: ¡Nunca, nunca!
Muchachas: ¡Nunca, nunca!
Danforth
(poniéndose histérico): ¿Por qué sólo pueden repetir lo que tú dices?
Proctor: ¡Dadme un látigo... yo lo detendré!
Mary: ¡Están jugando! Ellas...
Muchachas: ¡Están jugando!
Mary
(volviéndose hacia ellas, histéricamente y pateando): ¡Abby, basta!
Muchachas
(pateando): ¡Abby, basta!
Mary: ¡Basta ya!
Muchachas: ¡Basta ya!
Mary
(gritando con toda la fuerza de sus pulmones y elevando sus puños): ¡Basta ya!
Muchachas
(elevando los puños): ¡Basta ya!
(Completamente confusa e impresionándose por la total convicción de Abigail y las otras, Mary comienza a sollozar, las manos semilevantadas, sin fuerza, y todas las muchachas comienzan a lloriquear exactamente como ella.)
Danforth: Hace un rato parecías sufrir tú. Ahora parece que hicieras sufrir a otros; ¿dónde has encontrado este poder?
Mary
(mirando fijamente a Abigail): Yo... no tengo poder.
Muchachas: Yo no tengo poder.
Proctor: ¡Os están embaucando, señor!
Danforth: ¿Por qué has cambiado en estas dos semanas? Has visto al Diablo, ¿no es así?
Hale
(indicando a Abigail y a las muchachas): ¡No podéis creerles!
Mary: Yo...
Proctor
(viéndola debilitarse): ¡Mary, Dios condena a los mentirosos!
Danforth
(machacándoselo): ¿Has visto al Diablo, has pactado con Lucifer, no es cierto?
Proctor: Dios condena a los mentirosos, Mary,
(Mary dice algo ininteligible mirando a Abigail quien aún mira al “pájaro” arriba.)
Danforth: No puedo oírte. ¿Qué dices? (De nuevo Mary dice algo ininteligible.) ¡Confesarás o irás a la horca! (Violentamente, la obliga a encararse con él): ¿Sabes quien soy? Te digo que irás a la horca si no te franqueas conmigo.
Proctor: Mary, recuerda al ángel Rafael... “Sólo harás el bien y...”
Abigail
(señalando hacia arriba): ¡Las alas! ¡Sus alas se abren! ¡Mary, por favor, no, no...!
Hale: ¡Vuestra Excelencia, yo no veo nada!
Danforth: ¡Confiesas tener este poder!
(Está a un par de centímetros de su cara.) ¡Habla!
Abigail: ¡Va a descender! ¡Camina por la viga!
Danforth: ¡Hablarás!
Mary
(mirando horrorizada): ¡No puedo!
Muchachas: ¡No puedo!
Parris: ¡Aparta al Diablo! ¡Míralo a la cara! ¡Pisotéalo! ¡Te salvaremos, Mary; sólo mantente firme ante él y...
Abigail
(mirando hacia arriba): ¡Cuidado! ¡Se lanza hacia abajo!
(Ella y todas las muchachas corren hacia una pared tapándose los ojos. Y ahora, como arrinconadas, dejan escapar un gigantesco griterío y Mary, como infectada abre la boca y grita con ellas. Poco a poco las muchachas se callan hasta que queda sólo Mary mirando al “pájaro”, gritando locamente. Todos la miran horrorizados por este acceso ostensible. Proctor se lanza hacia ella.)
Proctor: Mary, dile al Gobernador lo que ellas...
(Apenas ha dicho una palabra cuando ella, viéndolo venir, escapa de su alcance, gritando horrorizada.)
Mary: ¡No me toquéis..., no me toquéis! (Al oírlo, las muchachas se detienen junto a la puerta.)
Proctor (sorprendido): ¡Mary!
Mary
(señalando a Proctor): ¡Tú eres el enviado del Diablo! (El queda paralizado.)
Parris: ¡Dios sea loado!
Muchachas: ¡Dios sea loado!
Proctor
(alelado): ¡Mary, cómo...!
Mary: ¡No me ahorcarán contigo! ¡Amo a Dios, amo a Dios!
Danforth
(A Mary): ¿El te mandó cumplir la obra del Diablo?
Mary
(histérica, indicando a Proctor): Viene a mí por la noche y todos los días, para que firme, que firme, que...
Danforth: ¿Que firmes qué?
Parris: ¿El libro del Diablo? ¿Vino con un libro?
Mary
(histérica, señalando a Proctor, temerosa de él): Mi nombre, quería mi nombre. ¡”Te mataré”, dijo, “si mi mujer es ahorcada”! “¡Debemos ir a derrocar el tribunal”, me dice!
(La cabeza de Danforth se inclina súbitamente hacia Proctor, el sobresalto y el horror dibujados en su rostro.)
Proctor (Volviéndose, suplicando a Hale): ¡Señor Hale!
Mary
(comienzan sus sollozos): Me despierta cada noche, sus ojos como si fueran brasas, y sus dedos me atenazan el cuello, y yo firmo, yo firmo. ..
Hale: ¡Excelencia, esta criatura se ha vuelto loca!
Proctor
(mientras los ojos dilatados de Danforth se posan en él): ¡Mary, Mary!
Mary
(gritándole): ¡No! Yo amo a Dios. No te seguiré más. Yo amo a Dios, yo bendigo a Dios. (Sollozando, corre hacia Abigail.) Abby, Abby, nunca más te dañaré. (Todos miran mientras Abigail, con infinita generosidad, extiende sus brazos, atrae hacia sí a la sollozante Mary y luego mira a Danforth.)
Danforth (a Proctor): ¿Qué sois? (Proctor en su furia está mudo.) Estáis combinado con el Anticristo, ¿no es cierto? Yo he visto vuestro poder; ¡no lo negaréis! ¿Qué tenéis que decir, señor?
Hale: Excelencia...
Danforth: No quiero nada de vos, señor Hale.
(A Proctor.) ¿Confesaréis que estáis emporcado con el Infierno, o es que aún observáis esa negra sumisión? ¿Qué tenéis que decir?
Proctor
(sin aliento, con la mente enloquecida): ¡Digo... digo que... Dios ha muerto!
Parris: ¡Oíd, oídlo!
Proctor
(ríe como un demente): ¡Fuego, arde un fuego! ¡Oigo la bota de Lucifer, veo su asquerosa cara y es mi cara y la tuya, Danforth! Para quienes se acobardan de sacar a los hombres de la ignorancia, como yo me acobardé y como vosotros os acobardáis ahora, sabiendo como sabéis en lo íntimo de vuestros negros corazones que esto es fraude... Dios maldice especialmente a los que son como nosotros, y arderemos... ¡Arderemos todos juntos!
Danforth: ¡Alguacil! ¡Llevadlo y a Corey con él; a la cárcel!
Hale
(cruzando hacia la puerta): ¡Yo denuncio este proceso!
Proctor: ¡Estáis echando abajo el Cielo y entronizando a una ramera!
Hale: ¡Denuncio este proceso, abandono este tribunal!
(Pega un portazo, yéndose.)
Danforth (llamándolo, enfurecido): ¡Señor Hale, señor Hale!


Cae el telón.