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martes, 26 de junio de 2007

Recomiendan ayuda psicológica para los Harrymaníacos

Los rumores de la muerte del ya adolescente mago Harry Potter en el último capítulo de la saga de la escritora J. K. Rowling comenzaron a circular. Por eso, en Estados Unidos y Gran Bretaña un grupo de psicólogos y psicoterapeutas advirtió a los padres de los pequeños fanáticos la necesidad de preparar emocionalmente a sus hijos ante la eventual noticia fatal.
Según los especialistas, el mes que viene, cuando se publique finalmente
Harry Potter and the Deathly Hallows, millones de niños podrían quedar afectados con traumas emocionales si efectivamente, muere el protagonista.
El psicólogo infantil estadounidense Michael Brody pidió a los padres de los niños a prepararlos para dicha “pérdida”, y comparó la situación a la que se verán expuestos con la muerte de una mascota o un amigo íntimo, consignó el diario chileno
El Mercurio.
“Los niños podrían sufrir de ansiedades y traumas, y los padres deberán estar allí para reconfortarlos”, explicó Brody. “Si hay una muerte en el libro de Harry Potter, ésta debería servir para que se discuta el tema dentro del grupo familiar”, completó.

Harry Potter and the Deathly Hallows, el séptimo y último episodio las aventuras del mago de anteojos y sus amigos, será publicado el próximo 21 de julio.

viernes, 22 de junio de 2007

Un hacker reveló detalles del final de "Harry Potter and the Deathly Hallows"

Un hacker afirma haber descubierto uno de los secretos mejor guardados, el esperado final de la saga de Harry Potter, y asegura que en la última entrega del libro creado por J.K. Rowling mueren dos protagonistas.
El hacker, que se hace llamar Gabriel, dejó un mensaje en un conocido foro de piratas informáticos el último martes, afirmando que había descubierto el final de
Harry Potter and the Deathly Hallows, en la computadora de un empleado de Bloomsbury, la editorial de Rowling, según informa hoy el diario inglés Daily Telegraph en su edición digital.
El mensaje en el foro contiene un detallado resumen del presunto final, en el que nombra a dos personajes centrales de la historia, que aparecen en la serie desde hace 10 años.
Gabriel se jacta de haber enviado un virus al empleado de Bloomsbury al que robó la copia. “La estrategia de ataque fue muy fácil. Es muy divertido ver cuánta gente de la editorial tiene ya copias y borradores de la historia”, afirma.

El pirata informático asegura que actuó movido por la religión, inspirado por palabras del Papa. “Lo hicimos siguiendo las recomendaciones del gran Papa Benedicto XVI, cuando era aún el cardenal Joseph Ratzinger. Él explicó por qué Harry Potter arrastraba a los jóvenes del mundo a la fe neopagana”.
La editorial Bloomsbury, ha tomado fuertes medidas de seguridad para impedir filtraciones sobre el contenido del libro, y no realizó declaraciones acerca del supuesto final.

El séptimo libro de la saga del niño mago saldrá a la venta mundialmente el próximo 21 de julio, publicado en inglés, en coincidencia con el décimo aniversario del lanzamiento de la primera entrega, Harry Potter y la Piedra Filosofal.
El mensaje de Gabriel fue detectado por PC Tools, una empresa informática de seguridad que revisa habitualmente webs donde los piratas informáticos comentan sus “hazañas”.
Sin embargo, PC Tools afirma que no puede dar fe de la vericidad de los dichos de Gabriel. “Sólo las dos partes implicadas pueden hacerlo, el hacker y la editorial. Pero seguramente la historia es cierta”.

Fuente: nota de Perfil.com

martes, 19 de junio de 2007

Fragmento de una entrevista a Robert Graves

Por pura casualidad, me topé con una entrevista realizada a mi autor fetiche, Robert Graves, en 1981, unos 4 años antes de su fallecimiento en Mallorca. Y decidí seleccionar un fragmento, en el que el autor (que siempre, hasta en su epitafio, se autodefinió como poeta más que como novelista) habla -creo que con un poco de resignación- de sus novelas más conocidas, Yo, Claudio y Claudio, el dios.

-¿Cuánto tiempo le llevó escribir Yo, Claudio?
-Yo, Claudio y Claudio, el dios me llevaron 8 meses... Necesitaba terminar pronto el trabajo porque tenía una deuda de 4.000 libras. Me aproximé tanto al personaje que me acusaron de haber hecho investigaciones que nunca realicé.
-¿Dictó usted la obra?
-No. Tengo una mecanógrafa pero no dicté. Si usted emplea sólo las fuentes principales, y conoce el período, un libro se escribe solo.
-¿Cuántas horas al día le tomó el trabajo?
-No lo sé. Deben haber sido siete u ocho. La historia llegó a tener 250.000 palabras. Había hipotecado la casa y quería perderla.
-¿Por qué eligió la novela histórica?
-Bien, por aquello que anoté en mi diario uno o dos años antes: que los historiadores romanos -Tácito, Suetonio y Dión Casio, pero sobre todo Tácito- habían tratado obviamente mal a Claudio, y que algún día yo tendría que escribir un libro acerca de él. Si no lo hubiera hecho, no estaría usted bebiendo en esta casa.
-¿Qué tenía usted en mente al terminar
Claudio el dios? Hay un cambio distintivo en Claudio. Uno se pregunta qué ganaba usted como novelista.
-Yo no creía estar escribiendo una novela. Trataba de encontrar la verdad acerca de Claudio. Y había cierta confluencia entre Claudio y yo mismo. Descubrí que yo era capaz de saber muchas cosas que sucedieron sin tener bases, excepto que yo sabía que eso era cierto. Es cuestión de reconstruir una personalidad.
-No existen muchas fuentes directas, aunque él escribió copiosamente.
-Está su discurso a los Edonios, su carta a los alejandrinos y varios registros de lo que dijo en Suetonio y otras partes. Ahora sabemos exactamente qué enfermedad padecía: la enfermedad de Little. Todo el cuadro es tan sólido que uno siente conocerlo en persona, si simpatiza con él. Pobre hombre -sólo ahora, al fin, la gente comienza a olvidar esa mala imagen que le dieron los historiadores de su tiempo. Ahora es considerado uno de los pocos buenos emperadores entre Julio César y Vespasiano.
-Al final, no obstante, se decepcionó.
-Vio que no podía hacer nada. Tuvo que rendirse.
-Se desintegró y casi se convirtió en otro Calígula o Tiberio.
-Bueno, veamos: Calígula nació malo. Tiberio fue un hombre maravilloso, pero lo presionaron demasiado y él previno al Senado de lo que iba a suceder. Previó un severo quebrantamiento psicológico. Si uno siempre ha sido extremadamente limpio -siempre se ha lavado los dientes y hecho la cama- y llega a un punto intolerable de estrés, uno se quebranta y desarrolla lo que se conoce como comportamiento paradójico: desarregla la cama, hace las peores cosas. Tiberio fue notable por su castidad y sus virtudes viriles, hasta que se vino abajo. Ahora siento la mayor simpatía posible por Tiberio.

La entrevista completa puede leerse en este link.

jueves, 7 de junio de 2007

Fragmento de "Los idus de marzo", de Thornton Wilder

Los idus de marzo, escrita en 1948 por el novelista y dramaturgo estadounidense Thornton Wilder (1897-1975), es un libro que me inspira una actitud ambivalente. Por un lado, el autor se toma demasiadas licencias para mi gusto con la Historia (sería demasiado largo enumerarlas). Por el otro, como novela es muy entretenida, profunda e ingeniosa. Está configurada como una serie de documentos -ficticios, por supuesto- escritos por varios personajes más o menos importantes en el período previo al asesinato de Cayo Julio César en el 44 a. de JC.
Este "documento" es de una carta del propio César a su amigo íntimo (no sé si es un personaje real o inventado) Lucio Mamilio Turrino, un hombre que, tras ser capturado y brutalmente torturado por los bárbaros en la Galia, se recluye en su villa en Capri. En sus misivas a Turrino, el dictador expone sus pensamientos y sentimientos más profundos.

Anoche, mi noble amigo, hice algo que no he hecho en muchos años: escribí un edicto; lo volví a leer; y lo hice pedazos. Soy culpable, pues, de una incertidumbre.
En estos últimos días he estado recibiendo informes absurdos y sin precedentes de los destripadores de aves y los investigadores de truenos. Por si era poco, los tribunales y el Senado han estado cerrados dos días porque a un águila se le ocurrió dejar caer una inmundicia en uno de sus vuelos sobre el Capitolio. Se me está acabando la paciencia. Por mi parte me he negado a realizar las ceremonias propiciatorias y a representar la parodia humillante del terror. Mi esposa y hasta mis sirvientes me han mirado estupefactos. Cicerón se ha dignado a prevenirme que debo transigir con las exigencias de la superstición popular.
Así, pues, anoche me senté y escribí el edicto que disolvía el Colegio de Augures y declaraba que en lo sucesivo ningún día habría de considerarse nefasto. Escribí y escribí explicando a mi pueblo los motivos de mi resolución. ¿Cuándo he sido más feliz? ¿Qué puede procurarnos mayor placer que la práctica de la honestidad? Mientras escribía, huían las constelaciones frente a mi ventana. Ya disolvía en mi pensamiento el Colegio de Vírgenes Vestales y desposaba a las hijas de nuestras principales familias, para que a su vez dieran hijos a Roma. Ya cerraba las puertas de los templos -de todos nuestros templos, con excepción de los de Júpiter- y precipitaba a los dioses a ese abismo de miedo y de ignorancia del cual surgieron, y a ese traicionero semimundo donde inventa la fantasía sus mentiras consoladoras. Hasta que llegó un momento en que hube de hacer a un lado todo lo escrito y volver a empezar. Y esta vez empezaba con el anuncio previo de que Júpiter no había existido nunca; de que el hombre está solo en un mundo donde no resuena otra voz que la suya: en un mundo que no es ni benigno ni hostil, sino sólo como él sepa hacerlo.
Pero, tras releer lo que había escrito, lo destruí.
Y lo hice, no por las razones de Cicerón; no porque la falta de una religión oficial pueda llevar la superstición a formas clandestinas y todavía más bajas (cosa que ya está sucediendo); no porque una medida tan extrema fuese a quebrantar el orden social, sumiendo al pueblo en la desesperación y en el espanto, como a un rebaño en medio de una tormenta de nieve. En cierta clase de reformas, las perturbaciones causadas por un cambio gradual son casi tan graves como las que provoca una alteración drástica. No, no fueron las posibles repercusiones del movimiento las que detuvieron mi voluntad y mi mano: fue una causa interior y totalmente mía.
En el fondo no estaba seguro de estar seguro.
¿Acaso sé con certidumbre que no hay una inteligencia que trasciende nuestras vidas, y que no existe misterio alguno en el Universo? Creo saberlo. ¡Qué felicidad, qué alivio tan grande sería poder declararlo así, con una convicción absoluta! En tal caso, hasta podría desear vivir eternamente. ¡Qué terrible y glorioso sería el destino del hombre si, carente de toda orientación y consuelo, se viera obligado a crear con la sustancia de sus entrañas el sentido de su existencia y a establecer las normas que rigieran su vida!
Tu y yo decidimos, hace tiempo, que los dioses no existen.
¿Recuerdas el día en que nos pusimos de acuerdo definitivamente sobre este punto y resolvimos explorar todas sus consecuencias, sentados en un acantilado en Creta, arrojando guijarros al mar y contando delfines? Hicimos entonces el voto de no permitir jamás que nuestras mentes dieran cabida a ninguna duda sobre este asunto. ¡Con qué infantil ligereza llegamos a la conclusión de que el alma se extingue con la muerte!
(La lengua inglesa no puede reproducir la fuerza de esta frase en el latín de César, cuya cadencia misma expresa la amargura del renunciamiento y del dolor. El destinatario de ésta carta debió comprender que César se refería aquí a la muerte de su hija Julia, esposa de Pompeyo, cuya pérdida fue la más terrible de su vida. Mamilio Turrino estaba con él cuando la noticia de esta muerte llegó a los cuarteles de César en Gran Bretaña.)
Yo no creía haber abjurado de todo el rigor de tales aseveraciones. Sin embargo, sólo hay un camino para saber lo que uno en realidad sabe, y ese camino es arriesgar, en un acto, las propias convicciones comprometiéndolas en una responsabilidad. Mientras elaboraba anoche el edicto, y al prever las consecuencias que acarrearía, me vi obligado, pues, a analizarme más estrictamente. Yo las afrontaría alegremente, persuadido de que la verdad no puede sino vigorizar al mundo y a todos cuantos lo habitan, con sólo tener la seguridad de estar seguro.
Pero una última vacilación detiene mi mano.
Debo cerciorarme de que ningún rincón de mi ser alienta, inadvertido, la sospecha de que pueda existir dentro del Universo, y más allá de él, una inteligencia que influye sobre la nuestra y condiciona nuestros actos. Porque si reconozco la posibilidad de este misterio, todos los otros vuelven a ser posibles; existen los dioses que nos han enseñado lo que es bueno, y que nos están mirando; existen las almas que ellos nos infundieron al nacer y que sobrevivirán a nuestra muerte, existen los castigos y las recompensas que dan sentido a nuestras acciones más insignificantes.
Sí, amigo mío: la vacilación es cosa insólita en mí, y sin embargo, en este momento vacilo. Bien sabes qué poco dado soy a la reflexión. Sean cuales fueren los juicios a que arribo, llego a ellos no sé cómo, pero instantáneamente. No soy amigo de la especulación, y desde la edad de 16 años he visto a la filosofía con impaciencia, como a un ejercicio intelectual atrayente pero estéril: cómoda evasión de los deberes que el vivir impone.
En cuatro dominios me parece advertir hoy, tanto en mi propia vida como en la vida que me rodea, la posibilidad del misterio.
Está en primer término el dominio erótico. ¿No habremos simplificado en demasía la explicación de todos estos fuegos que pueblan el mundo? Tal vez Lucrecio tenga razón, después de todo, y nuestro frívolo mundo no la tenga. Acaso en el fondo haya sabido yo siempre -aunque negándome a reconocerlo- que todo amor, y todos los amores, emanan de una fuente única, y hasta la inteligencia misma con que me planteo estos interrogantes, es una inteligencia despertada, alimentada e instruida por el amor, y nada más que por él.
Viene luego el dominio de la suprema poesía. La poesía es, sin duda alguna, la puerta principal por donde han entrado al mundo todas las cosas que más debilitan al hombre; en ella encuentra el consuelo fácil y las mentiras que halagan su ignorancia y su pereza. Nadie aborrece más que yo toda forma de poesía, salvo la más excelsa. Pero esta poesía sublime, ¿será simplemente la realización más alta de las aptitudes humanas o el fruto de una voz que viene de más allá del ser humano?
Debo referirme, en tercer término, a un particular instante que sobreviene en las crisis de mi enfermedad, en el cual entreveo la perspectiva de una sabiduría y de una felicidad superiores, que no debo descartar a la ligera. (Éste párrafo demuestra la ilimitada confianza que César tenía en su corresponsal, ya que habitualmente no admitía ninguna referencia a sus ataques de epilepsia.)
No he de negar, por último, que hay momentos en que mi vida entera y mis servicios a Roma me parecen estructurados por una fuerza ajena a mi propio ser. Bien podría ocurrir, amigo mío, que fuese yo el más irresponsable entre los irresponsables, y que me hubiese sido dada, tiempo atrás, la facultad de atraer sobre Roma las peores calamidades que puede sufrir un Estado, por el mero designio de una Inteligencia Superior que me habría escogido para ese objetivo, precisamente por mis flaquezas antes que por mis virtudes. Porque es cierto que yo no reflexiono, y no sería imposible que el proceso instantáneo de mi entendimiento fuese sólo la manifestación de mi daimon interior, en realidad extraño a mí, en el que hubieran encarnado los dioses el amor que tienen a Roma; de un daimon que mis soldados adoran y al que reza el pueblo todas las mañanas.
Hace unos días te escribí lleno de arrogancia. Te decía entonces que, como no buscaba la buena opinión de nadie, no me interesaba el consejo de hombre alguno. No obstante, acudo a tí en busca de consejo. Medita sobre estas cosas y prepárate para revelarme todo tu pensamiento en abril.
Yo, en tanto, seguiré observando todo lo que ocurra dentro y en torno mío, en especial el amor, el destino y la poesía. Ahora advierto que he estado planteándome estos problemas toda mi vida. Pero uno no sabe lo que sabe -ni siquiera lo que desea saber- hasta que lo desafían y se ve obligado a hacerle frente.
He aquí que ahora me desafían. Roma exige que me multiplique una vez más. Me queda poco tiempo.

sábado, 26 de mayo de 2007

"Testamento", de Ariel Dorfman

Cuando te digan
que no estoy preso,
no les creas.
Tendrán que reconocerlo
algún día.
Cuando te digan
que me soltaron,
no les creas.
Tendrán que reconocer
que es mentira algún día.
Cuando te digan
que traicioné al Partido,
no les creas.
Tendrán que reconocer
que fui leal algún día.
Cuando te digan
que estoy en Francia,
no les creas.
No les creas cuando te muestren
mi carnet falso,
no les creas.
No les creas cuando te muestren
la foto de mi cuerpo,
no les creas.
No les creas cuando te digan
que la luna es la luna,
si te dicen que la luna es luna,
que esta es mi voz en una
grabadora,
que esta es mi firma en un papel,
si dicen que un árbol es un árbol,
no les creas,
no les creas
nada de lo que digan
nada de lo que te juren
nada de lo que te muestren,
no les creas.
Y cuando finalmente
llegue ese día
cuando te pidan que pases
a reconocer el cadáver
y ahí me veas
y una voz te diga
“Lo matamos
se nos escapó en la tortura
está muerto”,
cuando te digan
que estoy
enteramente absolutamente
definitivamente
muerto,
no les creas,
no les creas,
no les creas,
no les creas.

miércoles, 16 de mayo de 2007

"La casa", de Manuel Mujica Láinez

La casa es un libro que no puede ser comprendido cabalmente fuera del contexto histórico-político en el cual fue escrito. Mujica Láinez escribió la novela entre enero y agosto de 1953. Eva Duarte de Perón había muerto el año anterior, y el gobierno de su viudo Juan Perón comenzaba su decadencia.
En La casa, Mujica Láinez cuenta la historia de una vieja casa señorial construida a fines del siglo XIX. La narradora es la propia casa, lo cual no es novedad en la obra de "Manucho", en la que los objetos inanimados muchas veces tienen ese rol, al haber sido testigos de hechos importantes. Así, en uno de los cuentos de Misteriosa Buenos Aires, el narrador era una novela francesa que iba pasando de mano en mano, y en la novela El escarabajo, la narración estaba a cargo de un escarabajo egipcio de lapislázuli fabricado en tiempos de Ramsés II, que era poseído, entre otros, por la reina Nefertari, el dramaturgo Aristófanes, el poeta Helvio Cinna, por uno de los asesinos (ficticio) de Julio César, por uno de los Siete Durmientes de Efeso, por un sobrino de Carlomagno, un hermano de Marco Polo, un amante de Miguel Ángel, etc.
En cualquier caso, la casa nos va narrando los acontecimientos que la llevan a su abandono y demolición. Al principio, la residencia era poseída por don Francisco, un senador influyente que conocía a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Al morir el senador, la casa pasa a manos de su hijo mayor Gustavo, otro gran señor que conserva intacto el prestigio y el status de su familia (y con ello, de la casa). Son años dorados, que la casa recuerda con nostalgia. Pero cuando muere Gustavo, el nuevo dueño de la casa es su hermano menor Benjamín, un hombre mediocre que sólo se preocupa por conseguir el título de propiedad, pero no de "hacerlo valer". Y lo que es peor, Benjamín es dominado por dos mucamas, Rosa (que es además su amante) y su hermana Zulema. Cuando Benjamín pasa a mejor vida, las hermanas se convierten en poseedoras del edificio, con tristes resultados.
Es evidente que Mujica Láinez imagina a la casa como una metáfora del país, que fue construido por el "patriciado" y arruinado por los "plebeyos" peronistas. En ese sentido, Rosa y Zulema representan con claridad a Eva Perón, la bestia negra de los antiperonistas de clase alta, que la odiaban mucho más que al propio Perón. Rosa es Eva antes de conquistar el poder: una mujer que utiliza el sexo para alcanzar posiciones a las que, por su nacimiento, no tenía derecho. Zulema es la Eva poderosa de 1946-1952, una mujer -desde el punto de vista de la oligarquía- tiránica, calculadora y despiadada, pero al mismo tiempo torpe e incapaz de dirigir el país (o la casa). Incluso el constraste entre la seductora Rosa y la varonil Zulema es reflejo del cambio físico que se produjo entre la actriz Eva Duarte y la Primera Dama Eva Perón.
Pero hay un detalle que no se puede obviar: el ascenso de Zulema y Rosa al poder se produce no en los años '40 (al mismo tiempo que el ascenso del peronismo), sino en los años '30 (cuando el país estaba en manos de los conservadores, que lo dominaban a través del "fraude patriótico"). El mensaje es claro: fue la incompetencia y mediocridad de las clases dirigentes tradicionales (Benjamín) la que le abrió el camino al peronismo (Zulema y Rosa).
Considero a La casa una novela recomendable, tanto por su valor literario como por su importancia a la hora de definir el pensamiento del "patriciado" antiperonista durante la "tiranía" de Perón.

viernes, 27 de abril de 2007

"A scanner darkly" (2006)

A scanner darkly es una novela escrita por Phillip K. Dick (1928-1982) en 1977; Dick, de paso, fue también autor en 1968 de la novela Do androids dream of electric sheep?, llevada al cine en 1982 con el título más comercial y hollywoodense de Blade Runner.
El libro transcurría en 1994, pero los guionistas trasladaron su fecha a un vago "dentro de 7 años". O sea que quién la haya visto el año pasado creerá que transcurre en el 2013, pero quién la haya visto -como yo- éste año pensará que transcurre en el 2014, y así sucesivamente.
En A scanner darkly (estrenada en América Latina con el nombre de Una mirada en la oscuridad) se nos muestra un futuro distópico, donde los Estados Unidos han perdido la "guerra contra las drogas" declarada por Ronald Reagan, y donde alrededor del 20% de la población es adicta a la llamada Substancia D. El Estado, no obstante, se esfuerza desesperadamente por ganar, gastando millones en un sistema de vigilancia permanente de la población, y enviando agentes encubiertos a espiar a los drogadictos, intentando descubrir quién les vende la Substancia D.
El protagonista de A scanner darkly es Bob Arctor (Keanu Reeves), un drogadicto que vive en un barrio suburbano empobrecido con un par de amigos (Robert Downey Jr. y Woody Harrelson), y que tiene una novia llamada Donna (Wynona Ryder), todos ellos igualmente "aficionados" a la Substancia D. Pero al mismo tiempo Arctor es un agente encubierto llamado Fred. Nadie conoce su verdadera identidad, pues Fred se coloca un traje especial que lo hace irreconocible (uno de los grandes logros del film) al entrar en las dependencias policiales y reunirse con sus colegas. Fred tampoco conoce la identidad de su superior, el agente Hank, pues él también usa uno de esos trajes en sus reuniones. Aquí se da una situación muy interesante, pues Hank, al no saber cuál de los junkies que Fred vigila es Fred, llega a sospechar que el propio Arctor es quien está en contacto con los proveedores de la Substancia D.
A scanner darkly fue filmada utilizando una peculiar técnica conocida en inglés como rotoscoping, que consiste en filmar a los actores de carne y hueso para luego convertirlos en dibujos animados. Al final, se nos muestra una dedicatoria del autor a varios amigos suyos que murieron o enfermaron gravemente a causa de las drogas. Entre los nombres está el del propio Dick, que contrajo una enfermedad pancreática (aunque terminó muriendo de un paro cardíaco).
La película tiene varios elementos bizarros al estilo de Trainspotting o Réquiem para un sueño, generalmente vinculados a protagonistas a quienes el (ab)uso de drogas los ha llevado a no poder distinguir claramente entre realidad y fantasía. Ésto la hace bastante compleja y difícil de seguir, al menos hasta las últimas escenas, en las que todo se aclara. Creo que merece un 9.

jueves, 19 de abril de 2007

"Las islas de la imprudencia", de Robert Graves

Las islas de la imprudencia es una novela que narra una expedición muy poco conocida de los españoles al Pacífico, realizada en 1595. El objetivo de la misión, dirigida por el general Álvaro de Medaña (imágen), era conquistar y colonizar las Islas Salomón, descubiertas por el propio Medaña en 1568. No obstante, los viajeros españoles terminaron fracasando estrepitosamente.
Robert Graves nos cuenta con maestría (a través del personaje de Andrés Serrano, secretario de Medaña y narrador de la historia) las disputas interminables causadas por la debilidad del general, y la codicia y el egoismo de los demás líderes de la expedición. La lucha entre la facción del coronel Pedro Merino y la de los hermanos de la esposa de Medaña, Ysabel (así, con "y") Barreto lleva a la ruina a la empresa.
No obstante, una figura se destaca favorablemente entre tanta sordidez: la del piloto principal de la flota, Pedro Fernández de Quirós. Para quienes hemos leído Yo, Claudio es imposible no ver el paralelismo entre el personaje de Germánico en aquella novela y el del piloto principal en ésta. Pedro Fernández es tal vez el único personaje que siempre actúa con rectitud y sensatez en la novela... y eso le gana el odio de muchos.
La expedición no logra llegar a las Islas Salomón, pero consigue descubrir las Marquesas y las Marianas, y se intenta establecer una colonia en las segundas. No obstante, cuando la pendencia entre el coronel Merino y los Barreto tiene un desenlace sangriento, los españoles se ven obligados a abandonar las islas. La muerte de Medaña en alta mar deja el mando de la expedición en manos de su viuda Ysabel, quien debe llevar lo que queda de la flota a las Filipinas.
Este personaje es interesante. Al principio disimula su maldad (alentando, de todos modos, solapadamente las acciones de sus hermanos contra el coronel) para impresionar al piloto principal. Una vez que consigue lo que quiere de él (no revelaré qué), la Adelantada se muestra como lo que es: una mujer cruel y despiadada. No obstante, en algunos momentos de debilidad, revela tener ciertos impulsos hacia el bien...
Las islas de la imprudencia es un libro muy recomendable, sobre todo porque, pese a estar escrito por un británico, capta con bastante fidelidad la forma de pensar, hablar y comportarse de los españoles del siglo XVI. Si bien incurre en algún que otro anacronismo, es en general muy cuidadoso.

martes, 3 de abril de 2007

Más tapas de "Harry Potter and the Deathly Hallows"



Aquí están las tapas de la edición británica para adultos y de la edición estadounidense de Harry Potter and the Deathly Hallows.
También fue mostrado por primera vez el texto escrito en la contratapa del libro, que es un avance sobre el contenido:

Harry has been burdened with a dark, dangerous and seemingly impossible task: that of locating and destroying Voldemort's remaining Horcruxes. Never has Harry felt so alone, or faced a future so full of shadows. But Harry must somehow find within himself the strength to complete the task he has been given. He must leave the warmth, safety, and companionship of The Burrow and follow without fear or hesitation the inexorable path laid out for him.
In this final, seventh installment of the Harry Potter series, J.K. Rowling unveils in spectacular fashion the answers to the many questions that have been so eagerly awaited. The spellbinding, richly woven narrative, which plunges, twists and turns at a breathtaking pace, confirms the author as a mistress of storytelling, whose books will be read, reread and read again.

El texto que figura en la solapa de los libros es este:

Harry is waiting in Privet Drive. The Order of the Phoenix is coming to escort him safely away without Voldemort and his supporters knowing – if they can. But what will Harry do then? How can he fulfil the momentous and seemingly impossible task that Professor Dumbledore has left him with?

He decidido no traducirlos, por ahora, al castellano. La mayoría de los harrymaníacos sabe suficiente inglés como para leerlos prácticamente de corrido.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Tapa de "Harry Potter and the Deathly Hallows"

Ayer u hoy salieron las tapas de la primera edición de Harry Potter and the Deathly Hallows, que, como saben -sabemos- los fanáticos, sale a la venta en Gran Bretaña y EUA el 21 de julio. Logré conseguir la tapa de la edición para chicos, pero no la de adultos (aunque sé que en ella aparece el relicario de Slytherin).
¿Se dan cuenta de que hay alguien detrás de Harry sosteniendo la espada? Por las orejas, diría que es un elfo doméstico (¿Kreacher o Dobby?).

martes, 13 de marzo de 2007

"El juego de pelota en Ramtapur", de Alejandro Dolina

Informes del profesor Richard Bancroft, corresponsal
de la Enciclopedia Británica.


INFORME 1
Más allá de los confines del Nepal, no lejos de Katmandú, la ciudad que fue un lago, fuera de los circuitos de las caravanas, al sur o quizás al este del río que se llama Arum, se alzan las pardas murallas de Ramtapur.
Allí, desde hace siglos, se practica un juego colectivo de pelota. Sus orígenes son imposibles de rastrear. Probablemente se trate de una costumbre muy anterior a los tiempos de Amshurvarma, el rey más célebre de la dinastía de los Takuris.
Los complicados reglamentos carecen de interés a los efectos de esta monografía. Basta decir que dos bandos de siete hombres cada uno se enfrentan para disputar la posesión de una pequeña bola de cuero o madera, la que finalmente debe ser depositada en un lugar predeterminado.
Los juegos se realizan en la Shanga, un antiguo estadio de piedra, cuyas amplias terrazas permiten la asistencia de casi todos los habitantes de la ciudad.
Los atletas que practican el juego de pelota son hombres admirados por su destreza y vigor. Se les rinden toda clase de homenajes y les está permitido permanecer sentados aún ante la presencia del Khan de Ramtapur.
Los equipos se distinguen por el color de su kaupina, un breve taparrabos que los cubre durante la contienda. Los principales son cuatro: el verde, el naranja, el azul y el azul oscuro.
Los habitantes de Ramtapur han venido desarrollando unas predilecciones personales que los conducen a asociar sensaciones de orgullo y plenitud con el triunfo de uno solo de los equipos y la derrota del resto. La orientación de estas preferencias no responde a razones previsibles, ni sus límites coinciden con los de las castas, las razas o los distritos.
Durante los primeros siglos de su práctica, el juego de pelota era solamente una diversión de los príncipes ociosos. Pero a partir de las Nuevas Reglas de la época de Prithvinarayan Shah, la población se fue interesando cada vez más en los resultados del juego hasta convertirlo en el punto central de la actividad de la región.
El viajero que llega a Ramtapur advierte inmediatamente que todas las personas se visten o se adornan con los colores de aquel equipo al que han hecho objeto de sus deseos de triunfo.
Las imágenes de los cultos de Narayana y Rudra son perturbadas muchas veces por pañuelos y banderas. Los hinduistas murmuran el nombre de sus atletas en interminables japas, cuyo propósito es, tal vez, lograr que los dioses influyan sobre el juego.
Los menos creyentes procuran ayudar ellos mismos al triunfo de su equipo concurriendo a la Shanga y adoptando una actitud de constante amenaza hacia quienes se les oponen. Para su mejor intelección, tales amenazas se profieren bajo la forma de cantos rítmicos cuyas normas de versificación todos conocen. Con gran dificultad he traducido algunos:

Más fácil le será
al ínfimo intocable
ser dueño de un palacio
que a vosotros, atletas verdes,
salir hoy de la Shanga
vivos y triunfadores.

Un deseo hallará su tumba
en estas piedras.
Es el deseo verde:
el viento llevará noticias
de su menoscabada virilidad
hasta las chozas indignas
en las que moran.

Observen, observen, observen
esa muchedumbre de hombres ineptos
muy pronto, al egresar de este recinto,
invadiremos sus cuerpos
del modo más humillante.

Verde, verde, verde
intolerancia, intolerancia, intolerancia.


INFORME 2
Me permito recordar en esta página que en Bizancio las carreras de carros entusiasmaban a las multitudes con la misma desmesura. Los azules eran los carros de los partidarios del emperador. Los verdes pertenecían a la oposición. Se decía que eran, además, monofisitas, es decir que negaban la naturaleza humana del Cristo. El emperador Justiniano protegía a los azules, pero la emperatriz Teodora era verde. En enero del 532, después de grandes disturbios y saqueos, verdes y azules se unieron en una revuelta que hizo temblar al Imperio.
En Ramtapur, los asuntos políticos no tienen suficiente dimensión como para vincularse con el juego.
La población consiente la injusticia y soporta la pobreza, siempre que no se perturben sus peculiares anhelos de gloria.
La idea del honor entre los habitantes de Ramtapur es absolutamente desaforada. Toda ofensa es irreparable y casi cualquier cosa es una ofensa. Podría decirse que las cuestiones de honor están relacionadas con la idea que un hombre tiene de sí mismo. En Ramtapur, todos son capaces de admitir su condición limitada, salvo cuando consideran su simpatía por uno de los equipos del Juego. En ese caso, sus personas son de un valor infinito y los agravios que se les infieren, mortales.
Tomar en vano el nombre de un atleta es arriesgarse a ser asesinado por sus partidarios. Los objetos relacionados con cada equipo son sagrados y su profanación se paga con la vida.
Estas cuestiones dividen a las familias y colocan muchas veces al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano y al amigo contra el amigo.
Casi todas las noches aparecen cadáveres de personas que han ofendido la dignidad de algún color. Esta clase de muerte ocupa el segundo lugar entre las más frecuentes de Ramtapur, después del aplastamiento por aludes de nieve. Las autoridades locales casi nunca intervienen y las instancias superiores son imperceptibles a causa de las distancias y las dudas jurisdiccionales.
Los artistas han abandonado para siempre los temas tradicionales. Los talladores de maderas ya no se demoran en las arduas escenas de la lucha entre los Pandava y los Káurava. Los modeladores de arcilla dejaron de amasar las pintorescas estatuas del dios mono Hánumat. Todos ellos prefieren las figuras de los atletas, casi siempre como avatares heréticos de Visnu.
Los pintores budistas de la ciudad se complacen en representar a los jugadores de pelota con centenares de brazos y numerosas cabezas y ojos, a la manera de Avalokitésvara. Los narradores de historias desprecian a los demonios, las princesas y los dragones de las literaturas clásicas para referir las hazañas de Bahadur Mukerji o de El gran Birendra, aunque tengo para mí que el mejor de todos ha sido Narasimha, el mago de los azules.


INFORME 3
He sabido que algunos mercaderes acostumbran a instalar su pira funeraria en el mismo estadio de la Shanga para que sus cenizas se desparramen en ese foro y transmitan a los atletas amados fuerza, coraje y determinación. Para evitar que estos despojos vengan a beneficiar a la facción equivocada, cada equipo reserva para sus ceremonias fúnebres un sector del terreno, que los atletas pisan descalzos antes de cada justa.
Los filósofos, los mandarines y los hombres santos, especialmente los verdes, los naranjas y los del azul oscuro, se han alejado de la vida y de los senderos de salvación y se han esforzado en construir unas falsas noblezas, hijas de la sacralización de los gestos más vulgares de la plebe.
La comprensión del universo, la conquista de la sabiduría, el dominio de nuestros impulsos indignos, son vistos en todas partes como desórdenes mentales. El amor ha sido reemplazado por una modesta lujuria en los días de victoria. Toda energía debe ser consagrada al deseo. Y el único deseo es la victoria en el juego.
Adivino el estupor de los doctores al advertir en Ramtapur pasiones tan occidentales. En Oriente, uno no es su deseo y la idea agonal del triunfo desinteresado es siempre un despropósito. Conjeturo que el juego y sus tribulaciones fueron introducidos por alguna caravana de viajeros occidentales.

Azules: el triunfo es nuestro glorioso pasado, nuestro inevitable futuro y nuestro ilusorio presente.


INFORME 4
El maleficio de la civilización occidental llegó a estas remotas alturas de un modo tardío e imperfecto, pero también inexorable. La radio y la televisión de Ramtapur son hospitalarias con las bagatelas internacionales. Sin embargo, casi todas las trasmisiones están destinadas al juego de pelota y sus asuntos anexos. A lo largo de los años, los nombres de los ganadores, las fechas de sus victorias y aun las mínimas incidencias del juego han ido formando un gigantesco y superfluo corpus de nociones en cuyo dominio se ejercitan todos los gandules de Ramtapur.
Gentes piadosas que antaño memorizaban los interminables versos del Rig-Veda se afanan ahora en repetir el nombre de los autores de las más remotas anotaciones. Alrededor de esta vana erudición cunde la controversia. El homicidio no es el argumento menos común.
Escribo estas líneas sentado en el café Thákur. De pronto, irrumpe una pandilla con la divisa naranja. Llevan la barba recortada según la última moda, hacen sonar unas grandes matracas y se abren paso a empujones. Cuando ven mi pañuelo azul, me escupen y tumban mi mesa.
Estos grupos salen a la calle a celebrar las victorias o lamentar las derrotas cometiendo robos, violaciones, saqueos y asesinatos. Todos los crímenes se cometen al son de unos instrumentos, mientras se cantan canciones como las que hemos glosado en el informe número uno.
Estos procedimientos dejan la ilusión de un rito, lo cual, para los habitantes de Ramtapur, es garantía de impunidad. Las fechorías rítmicas no son castigadas por la ley. Muchos sospechan que aprovechando este exotismo jurídico, las bandas de delincuentes se hacen pasar por fanáticos, pero yo no creo eso.


INFORME 5
Recién ahora comprendo la naturaleza de la fuerza principal que empuja a los adictos al juego de pelota. Es el odio. Un odio perfecto, no contaminado por los intereses, por el afán de lucro, por la lujuria negada o por la propiedad usurpada.
Este encono artificial, construido a lo largo de generaciones, es más intenso que cualquier otro. No necesita explicación. No admite reconciliaciones. Las gentes de Ramtapur, los ricos y los menesterosos, los brahamanes y los parias, van al estadio de la Shanga a odiar. Los pobres de espíritu, incapaces de cualquier energía pasional, sienten correr por su sangre una ira más grande que ellos mismos, un furor que los posee con majestad foránea.
Reducido a su simple apariencia, a su mera caligrafía burguesa, el juego es inocente y anodino. Sólo quienes lo comprenden de verdad pueden captar su magnitud heroica. Y para comprenderlo hay que odiar. Compadezco al mero inglés que se contenta con las emociones del crocket. El que ha oído el alarido sanguinario de la Shanga ya no puede regresar. Anoche, en el defectuoso lupanar de Ramtapur, un mercader, tal vez narcotizado con hierbas de las alturas, denigró a los azules con gritos de la mayor obscenidad. Abandoné unos brazos que me acariciaban en vano para constituirme ante el ofensor.
—El caballero puede arrastrarme por el cieno, si es su deseo, ya que no soy nadie. Pero la mínima afrenta a la divisa azul se lava sólo con sangre.
Lo maté con mis manos, lentamente.

Gloria al pabellón azul,
inmundicia de perro
sobre las otras banderas.

domingo, 11 de marzo de 2007

"El pájaro canta hasta morir", de Colleen McCullough

El pájaro canta hasta morir (The thorn birds), de Colleen McCullough, es la única novela romántica que me ha gustado. En general prefiero el género de la novela histórica (género al cual la propia McCullough ha contribuido con la genial saga de seis libros sobre la caída de la República romana). Pero este libro me atrapó desde el principio hasta el final.
La novela transcurre entre 1913 y 1969, y cuenta la historia de los Cleary, una familia de jornaleros muy pobres de Nueva Zelanda. El padre, Paddy, es un inmigrante irlandés, pero la madre, Fee, pertenece a la aristocrática familia neocelandesa de los Armstrong. Los motivos de su matrimonio son un misterio para todos, incluso para sus hijos. Entre los retoños del matrimonio se destacan Frank, el hijo mayor, y Meggie, la única hija. Frank, a diferencia de sus hermanos, siente una hostilidad hacia Paddy que va creciendo durante la novela, con resultados desastrosos.
La vida de los Cleary es cada vez más difícil en Nueva Zelanda, pero tienen un golpe de suerte cuando reciben una carta de la hermana de Paddy, Mary Carson. Mary vivía en Australia y era la dueña de Drogheda, un gigantesco latifundio que había heredado de su esposo, además de muchísimas otras propiedades y empresas que administraba con mano de hierro. Ahora les ofrece vivir y trabajar en Drogheda.
Los Cleary aceptan y al llegar conocen al padre Ralph de Bricassart, un cura joven, ambicioso e inteligente. Su relación con Mary Carson es bastante íntima, pues ve en ella la posibilidad de llegar más lejos en su carrera eclesiástica. Mary está en realidad enamorada de él, tanto por su atractivo físico como por su capacidad.
Ralph trata muy afectuosamente a los Cleary, pero siente un enorme cariño por Meggie, a quien intenta ayudar en la medida de lo posible. Cuando Meggie llega a la adolescencia, su relación empieza a ser cada vez menos platónica, y culmina en un romance tan imposible de contener como de hacer público.

viernes, 9 de marzo de 2007

El Viejo Rey Tronco

Este poema pertenece al libro Claudio, el dios, de Robert Graves. Es escrito por el propio emperador Claudio cerca del final, en su momento de mayor oscuridad. El poema expresa la amargura del narrador de una forma tan exquisita, que es para mí una de las partes más bellas de la novela.

Amo la libertad, detesto la tiranía
Siempre he sido un romano patriota
El genio romano es republicano

Ahora soy, paradójicamente, emperador
Como tal ejerzo poderes monárquicos
La República ha estado en suspenso durante tres generaciones

La República fue desgarrada por guerras civiles
Augusto instituyó este poder monárquico
Fue solo una medida de emergencia

Augusto descubrió que no podía renunciar a su poder
Mentalmente condené a Augusto por hipócrita
Seguí siendo un republicano convencido

Tiberio llegó a ser emperador ¿Contra sus inclinaciones?
¿Temeroso de que algún enemigo ocupara el poder?
Probablemente obligado por su madre Livia

Durante su reinado viví en retiro
Lo consideré un hipócrita sanguinario
Seguí siendo un republicano convencido

De repente Calígula me nombró cónsul
Yo sólo deseaba volver a mis libros
Calígula gobernaba como un monarca oriental

Yo era un romano patriota
Habría debido tratar de matar a Calígula
En lugar de eso salvé mi pellejo haciendo el papel de imbécil

Casio Querea fue quizás un romano patriota
Violó su juramento, asesinó a Calígula
Por lo menos trató de restablecer la República

La República no fue restablecida entonces
Por el contrario, se designó un nuevo emperador
Ese emperador era yo, Tiberio Claudio

Si me hubiese negado me habrían matado
Si me hubiese negado habría habido una guerra civil
Fue solo una medida de emergencia

Hice ejecutar a Casio Querea
Descubrí que no podía renunciar a mi poder
Me convertí en un segundo Augusto

Trabajé dura y largamente, como Augusto
Amplié y fortalecí el Imperio, como Augusto
Fui un monarca absoluto, como Augusto

No fui un hipócrita conciente
Me enorgullecía de actuar lo menos posible
Planeaba restablecer la Republica este mismo año

La deshonra de Julia fue el castigo de Augusto
Ojalá no la hubiera desposado, y hubiera muerto sin descendientes
Lo mismo siento en cuanto a Mesalina

Habría debido suicidarme en lugar de gobernar
Jamás habría debido permitir que Herodes Agripa me convenciera
Con las mejores intenciones, me he convertido en un tirano

Fui ciego a las locuras y villanías de Mesalina
En mi nombre derramó sangre de hombres y mujeres inocentes
La ignorancia no es justificación para el crimen

Pero no soy la única persona culpable
¿No ha pecado igualmente toda la nación?
Me hicieron emperador y mendigaron mi favor

¿Y si ahora pongo en practica mis honradas intenciones?
¿Qué sucederá si restablezco la República?
¿De veras es posible que Roma se muestre agradecida?

“Ya sabes que sucede cuando uno habla de libertad
Todo parece hermosamente sencillo
Uno espera que todas las puertas se abran y todas las murallas se derrumben”

El mundo está a gusto conmigo como emperador;
el mundo entero, menos los que quieren ser emperadores ellos mismos
Nadie quiere el regreso de la República

Asinio Polión tenía razón:
“Las cosas tienen que empeorar antes de poder ser mejores”
Decidido: a fin de cuentas no llevaré a practica mi plan

El estanque de las ranas quería un rey
Júpiter les envió al Viejo Rey Tronco
Yo he sido tan sordo, ciego e insensible como un tronco

El estanque de las ranas quería un rey
Que Júpiter les envíe ahora al Joven Rey Cigüeña
El principal defecto de Calígula: su reinado de cigüeña fue demasiado breve

Mi defecto principal: he sido demasiado benévolo
Reparé las ruinas que mis predecesores habían dejado
Reconcilié a Roma y al mundo con la monarquía

Roma está destinada a inclinarse ante otro César
que sea loco, sanguinario, caprichoso, derrochador, libertino
El Rey Cigüeña volverá a mostrar la naturaleza de los reyes

Al embotar la espada de la tiranía caí en un grave error
Afilando la misma espada podría corregir ese mismo error
Los violentos desórdenes exigen violentos remedios

Y, sin embargo, tengo que recordarlo, soy el Viejo Rey Tronco
Flotaré, inerte, en el estanque
Que se destilen todos los venenos agazapados en el barro

miércoles, 7 de marzo de 2007

Fragmento de "Facundo" de Sarmiento

Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento es, junto con Martín Fierro, de José Hernández y El matadero y La cautiva, de Esteban Echeverría, la mejor obra literaria de la Argentina del siglo XIX. Cuenta la vida de Facundo Quiroga (imagen), gobernador-caudillo de La Rioja, un personaje tan polémico y contradictorio como el propio Sarmiento. No es una biografía confiable -si se quiere conocer la verdadera historia de Quiroga, lo mejor es consultar Los caudillos, de Félix Luna-, pero tiene un enorme valor literario. Y este fragmento es, para mí, uno de los mejores del libro.

Media entre las ciudades de San Luís y San Juan un dilatado desierto, que, por su falta completa de agua, recibe el nombre de
travesía. El aspecto de aquellas soledades es, por lo general, triste y desamparado, y el viajero que viene del oriente no pasa la última represa o aljibe de campo sin proveer sus chifles, de suficiente cantidad de agua. En esta travesía tuvo lugar, una vez, la extraña escena que sigue: Las cuchilladas, tan frecuentes entre nuestros gauchos, habían forzado, a uno de ellos, a abandonar precipitadamente la ciudad de San Luís, y ganar la travesía a pie, con la montura al hombro, a fin de escapar de las persecuciones de la justicia. Debían alcanzarlo dos compañeros, tan luego como pudieran robar caballos para los tres.
No eran, por entonces, sólo el hambre o la sed los peligros que le aguardaban en el desierto aquel, que un tigre cebado andaba hacía un año siguiendo los rastros de los viajeros, y pasaban ya de ocho los que habían sido víctimas de su predilección por la carne humana. Suele ocurrir, a veces, en aquellos países en que la fiera y el hombre se disputan el dominio de la naturaleza, que éste cae bajo la garra sangrienta de aquélla: entonces, el tigre empieza a gustar de preferencia su carne, y se llama cebado cuando se ha dado a este nuevo género de caza, la caza de hombres. El juez de la campaña inmediata al teatro de sus devastaciones convoca a los varones hábiles para la correría, y bajo su autoridad y dirección se hace la persecución del tigre cebado, que rara vez escapa a la sentencia que lo pone fuera de la ley.
Cuando nuestro prófugo había caminado cosa de seis leguas, creyó oír bramar el tigre a lo lejos, y sus fibras se estremecieron. Es el bramido del tigre un gruñido como el del cerdo, pero agrio, prolongado, estridente, y que, sin que haya motivo de temor, causa un sacudimiento involuntario en los nervios, como si la carne se agitara, ella sola, al anuncio de la muerte.
Algunos minutos después, el bramido se oyó más distinto y más cercano; el tigre venía ya sobre el rastro, y sólo a la larga distancia se divisaba un pequeño algarrobo. Era preciso apretar el paso, correr, en fin, porque los bramidos se sucedían con más frecuencia, y el último era más distinto, más vibrante que el que le precedía.
Al fin, arrojando la montura a un lado del camino, dirigióse el gaucho al árbol que había divisado, y no obstante la debilidad de su tronco, felizmente bastante elevado, pudo trepar a su copa y mantenerse en una continua oscilación, medio oculto entre el ramaje. Desde allí pudo observar la escena que tenía lugar en el camino: el tigre marchaba a paso precipitado, oliendo el suelo y bramando con más frecuencia, a medida que sentía la proximidad de su presa. Pasa adelante del punto en que ésta se había separado del camino y pierde el rastro; el tigre se enfurece, remolinea, hasta que divisa la montura, que desgarra de un manotón, esparciendo en el aire sus prendas. Más irritado aún con este chasco, vuelve a buscar el rastro, encuentra al fin la dirección en que va, y levantando la vista, divisa a su presa haciendo con el peso balancearse el algarrobillo, cual la frágil caña cuando las aves se posan en sus puntas.
Desde entonces ya no bramó el tigre: acercábase a saltos, y en un abrir y cerrar de ojos, sus enormes manos estaban apoyándose a dos varas del suelo, sobre el delgado tronco, al que comunicaban un temblor convulsivo, que iba a obrar sobre los nervios del mal seguro gaucho. Intentó la fiera dar un salto, impotente; dio vuelta en torno del árbol midiendo su altura con ojos enrojecidos por la sed de sangre, y al fin, bramando de cólera, se acostó en el suelo, batiendo, sin cesar, la cola, los ojos fijos en su presa, la boca entreabierta y reseca. Esta escena horrible duraba ya dos horas mortales: la postura violenta del gaucho y la fascinación aterrante que ejercía sobre él la mirada sanguinaria, inmóvil, del tigre, del que por una fuerza invencible de atracción no podía apartar los ojos, habían empezado a debilitar sus fuerzas, y ya veía próximo el momento en que su cuerpo extenuado iba a caer en su ancha boca, cuando el rumor lejano de galope de caballos le dio esperanza de salvación.
En efecto, sus amigos habían visto el rastro del tigre y corrían sin esperanza de salvarlo. El desparramo de la montura les reveló el lugar de la escena, y volar a él, desenrollar sus lazos, echarlos sobre el tigre, empacado y ciego de furor, fue la obra de un segundo. La fiera, estirada a dos lazos, no pudo escapar a las puñaladas repetidas con que, en venganza de su prolongada agonía, le traspasó el que iba a ser su víctima. “Entonces supe lo que era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso.
También a él le llamaron Tigre de los Llanos, y no le sentaba mal esta denominación, a fe. (…)

martes, 27 de febrero de 2007

"Los reyes malditos", de Maurice Druon

La saga de Los reyes malditos de Maurice Druon cuenta la historia de los eventos que desencadenaron la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Está compuesta por siete libros: El rey de hierro (escrito en 1955), La reina estrangulada (1955), Los venenos de la Corona (1956), La ley de los varones (1957), La loba de Francia (1959), La flor de lis y el león (1960) y De como un rey perdió Francia (1977). No obstante, no considero al séptimo libro tan bueno como los seis anteriores, pues en vez de narrar los hechos en tercera persona, lo hace en primera persona, con la voz de un cardenal que mientras viaja con su sobrino le va contando el reinado desastroso de Juan II.
Este texto es el prólogo y el primer capítulo del primer libro, El rey de hierro. Espero que les guste y que los lleve a leer el resto...

PROLOGO

Al comenzar el siglo XIV, Felipe IV, rey de legendaria belleza, reinaba en Francia como amo absoluto. Había domeñado el orgullo guerrero de los barones, había vencido a los flamencos sublevados, a los ingleses en Aquitania e incluso al papado, al que había instalado por la fuerza en Aviñón. Los parlamentos obedecían sus órdenes y los concilios respondían a la paga que recibían.
Para asegurar su descendencia contaba con tres hijos. Su hija se había casado con el rey de Inglaterra. Seis reyes figuraban entre sus vasallos y la red de sus alianzas se extendía hasta Rusia.
Ninguna riqueza escapaba de sus manos. Etapa tras etapa, había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a los judíos y atacado al trust de los banqueros lombardos.
Para hacer frente a las necesidades del Tesoro practicaba la alteración de la moneda. Cada día el oro pesaba menos y valía más. Los impuestos eran agobiantes y la policía se multiplicaba. Las crisis económicas engendraban la ruina y el hambre que, a su vez, eran la causa de motines ahogados en sangre. Las revueltas terminaban en la horca del cadalso. Ante la autoridad real, todo debía inclinarse, doblegarse o quebrarse.
Pero la idea nacional anidaba en la mente de este príncipe sereno y cruel, para quien la razón de Estado se sobreponía a cualquier otra. Bajo su reinado Francia era grande; y los franceses, desdichados.
Sólo un poder había osado resistirse: la Orden soberana de los Caballeros del Temple. Esta formidable organización, a la vez militar, religiosa y financiera debía a la Cruzadas, de las cuales había salido, su gloria y su riqueza.
La independencia de los templarios inquietó a Felipe el Hermoso, mientras que sus inmensos bienes excitaron su codicia. Instauró contra ellos el proceso más vasto que recuerda la historia. Cerca de quince mil hombres estuvieron sujetos a juicio durante siete años; y en este periodo se perpetraron toda clase de infamias.
Nuestro relato comienza al final del séptimo año.

I
LA REINA SIN AMOR

Un leño entero, sobre un lecho de brasas incandescentes, se consumía en la chimenea. Por las vidrieras verdosas, de reticulado de plomo, se filtraba un día de marzo, avaro de luz.
Sentada en alto sitial de roble, cuyo respaldo coronaban los tres leones de Inglaterra, la reina Isabel, esposa de Eduardo II, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, miraba distraídamente la lumbre del hogar.
Tenía veintidós años. Sus cabellos de oro recogidos en largas trenzas formaban como dos asas de ánfora a cada lado de su rostro.
Escuchaba a una de sus damas francesas, que le leía un poema del duque Guillermo de Aquitania:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco,
porque no tengo el que quiero...

La voz cantarina de la dama de compañía se perdía en aquella sala demasiado grande para que una mujer pudiera vivir dichosa en ella.

Me ha pasado siempre igual,
de quien quién amo no gocé,
no gozo ni gozaré...

La reina sin amor suspiró.
—¡Qué conmovedoras palabras! —exclamó— Diríase que han sido escritas para mí. ¡Ah! Terminaron los tiempos en que un gran señor como el duque Guillermo demostraba tanta destreza en la poesía como en la guerra. ¿Cuándo me dijisteis que vivió? ¿Hace doscientos años? Se diría que ese poema fue escrito ayer...
Y repitió para sí:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco...

Durante unos instantes permaneció pensativa.
—¿Prosigo, señora? —preguntó la dama con el dedo apoyado en la página iluminada.
—No, amiga mía —respondió la reina—. Por hoy mi alma ha llorado bastante.
Se incorporó y cambió de tono:
—Mi primo Roberto de Artois me ha hecho anunciar su visita. Cuidad de que sea conducido a mi presencia en cuanto llegue.
—¿Viene de Francia? Estaréis contenta, entonces, señora.
—Deseo estarlo... siempre que las noticias que me traiga sean buenas.
Entró otra dama, presurosa, con semblante de gran alegría. Su nombre de soltera era Juana de Jounville y habíase casado con sir Roger Mortimer, uno de los primeros barones de Inglaterra.
—Señora, señora —exclamó—, ha hablado.
—¿De verdad? —preguntó la reina— ¿Y qué ha dicho?
—Ha golpeado la mesa y ha dicho... "¡Quiero!"
Una expresión de orgullo iluminó el hermoso semblante de Isabel.
—Traédmelo aquí —dijo.
Lady Mortimer salió de la estancia corriendo, y regresó poco después, con un niño de quince meses en los brazos, sonrosado, regordete, que depositó a los pies de la reina. Vestía un traje color granate, bordado de oro, más pesado que él.
—De modo, mi señor, hijo mío, que habéis dicho: "¡Quiero!" —exclamó Isabel inclinándose para acariciarle la mejilla—. Me agrada que ésa haya sido vuestra primera palabra. Es palabra de rey.
El niño le sonreía y balanceaba la cabeza.
—¿Y porqué lo ha dicho? —preguntó la reina.
—Porqué me resistía a darle un trozo de galleta que estaba comiendo —respondió lady Mortimer.
Isabel esbozó una rápida sonrisa que se apagó en seguida.
—Puesto que empieza a hablar —dijo—, pido que no se le anime a balbucear y a pronunciar tonterías, como por lo común se hace con los niños. Poco me importa que sepa decir "papá" y "mamá". Prefiero que conozca las palabras "rey" y "reina".
En su voz había una gran autoridad natural.
—Ya sabéis, amiga mía —continuó—, qué razones me decidieron a elegiros para aya del niño. Sois sobrina-nieta del gran Joinville, quien estuvo en la Cruzada con mi bisabuelo, mi señor san Luis. Sabréis enseñar a este niño que pertenece a Francia como a Inglaterra.

Lady Mortimer hizo una reverencia. En este momento se presentó la primera dama francesa, anunciando a monseñor el conde Roberto de Artois.
La reina se irguió en su sitial y cruzó las manos blancas sobre el pecho en actitud de ídolo. Su preocupación para conservar la majestuosidad de su porte no lograba envejecerla.
El andar de un cuerpo de noventa kilos hizo crujir el pavimento.
El hombre que entro medía casi dos metros de altura, tenía muslos semejantes a troncos de encina y manos como mazas. Sus botas rojas, de cordobán, estaban sucias de barro y mal cepilladas; el manto que pendía de sus hombros era lo suficientemente amplio para cubrir un lecho. Habría bastado una daga en su cintura para que tuviera el aspecto de hallarse aprestado para ir a la guerra. Su barbilla era redonda, su nariz corta, su quijada ancha y el pecho fuerte. Sus pulmones necesitaban más aire que la generalidad de los hombres. Aquel gigante contaba veintisiete años, pero su edad desaparecía bajo los músculos, lo que le hacía aparentar treinta y cinco.
Se quitó los guantes mientras se adelantaba hacia la reina, y dobló la rodilla con sorprendente agilidad para tal coloso.
Antes de que le hubieran invitado a hacerlo, ya se había incorporado.
—Y bien, primo mío —dijo Isabel—. ¿Tuvisteis buena travesía?
—Execrable, señora, horrorosa —respondió Roberto—. Una tempestad como para echar tripas y alma. Creí llegada mi última hora, hasta el extremo de que decidí confesar mis pecados a Dios. Por fortuna, eran tantos, que al tiempo de decir la mitad ya llegábamos a destino. Guardo suficientes para el regreso.
Estallo en una carcajada que hizo retemblar las vidrieras.
—¡Vive Dios! —prosiguió—. Mi cuerpo está hecho para recorrer la tierra y no para cabalgar aguas saladas. Si no hubiera sido por el amor que os profeso, prima mía, y por las cosas urgentes que debo deciros...
—Permitid que concluya —le interrumpió Isabel, mostrando al niño—. Mi hijo ha empezado a hablar hoy.
Luego se dirigió a lady Mortimer:
—Quiero que se habitúe a los nombres de sus deudos y que sepa, en cuanto sea posible, que su abuelo, Felipe el Hermoso, reina sobre Francia. Comenzad a recitar delante de él el Padre Nuestro y el Ave María, así como la plegaria a monseñor san Luis. Esas son cosas que deben adueñarse de su corazón aun antes de que su razón las comprenda.
No le desagradaba mostrar ante uno de sus parientes de Francia, descendiente a su vez de un hermano de san Luis, la manera como velaba por la educación de su hijo.
—Bella enseñanza daréis a ese jovencito —dijo Roberto de Artois.
—Nunca se aprende demasiado pronto a reinar —respondió Isabel.
El niño se divertía en caminar con el paso cauteloso y titubeante de las criaturas.
—¡Y pensar que nosotros también hemos sido así! —dijo de Artois.
—Viéndoos ahora, cuesta creerlo, primo mío —dijo la reina, sonriendo.
Por un instante, contemplando a Roberto de Artois pensó en los sentimientos de la mujer, pequeña y menuda que había engendrado aquella fortaleza humana, y miró a su hijo.
El niño avanzaba con las manos tendidas hacia el fuego, como si quisiera asir la llama con sus minúsculas manos. Roberto de Artois le cerró el paso, adelantando su bota roja. Nada asustado, el pequeño príncipe aferró aquella pierna que sus brazos penas lograban rodear, y se sentó en ella a horcajadas. El gigante lo elevó por los aires, tres o cuatro veces seguidas. El principito reía, encantado con el juego.
—¡Ah, mi señor Eduardo! —dijo de Artois—. Cuando seáis un poderoso príncipe, ¿osaré recordaros que os hice cabalgar en mi bota?
—Podréis hacerlo, primo mío —respondió Isabel—, podréis hacerlo siempre, si siempre seguís mostrándoos nuestro leal amigo... Que se nos deje solos, ahora —añadió.
Las damas francesas salieron, llevándose al niño que, si el destino seguía el curso normal, sería algún día Eduardo III de Inglaterra.
—¡Y bien, señora! —dijo—. Para completar las buenas lecciones que dais a vuestro hijo, podréis enseñarle que Margarita de Borgoña, reina de Navarra, futura reina de Francia y nieta de san Luis, está en camino de ser llamada por su pueblo Margarita la Ramera.
—¿De verdad? —dijo Isabel— ¿Era cierto, pues, lo que suponíamos?
—Sí, prima mía. Y no solamente Margarita. Lo mismo digo de vuestras otras dos cuñadas.
—¿Juana y Blanca...?
—De Blanca estoy seguro. En cuanto a Juana...
Roberto de Artois esbozó un ademán de incertidumbre con su enorme mano.
—Es más hábil que las otras —agregó— pero tengo razones para juzgarla una consumada zorra...
Dio unos pasos y se plantó para decir sin más:
—¡Vuestros tres hermanos son unos cornudos, señora, cornudos como vulgares patanes!
La reina se había puesto de pie, con la mejillas levemente coloreadas.
—Si lo que decís es verdad, no he de tolerarlo —dijo— No permitiré tal vergüenza, ni que mi familia sea el hazmerreír de la gente.
—Tampoco los barones de Francia lo soportarán —respondió de Artois.
—¿Tenéis nombres y pruebas?
De Artois respiró profundamente.
—Cuando el verano pasado vinisteis a Francia con vuestro esposo, para las fiestas las cuales tuve el honor de ser armado caballero, junto con vuestros hermanos... puesto que como ya sabéis, no se escatiman honores que nada cuestan, os confié mis sospechas y me confesasteis las vuestras. Me pedisteis que vigilara y que os informara. Soy vuestro aliado; hice lo uno y vengo a cumplir con lo otro.
—Decid: ¿qué averiguasteis? —preguntó Isabel, impaciente.
—En primer lugar, que ciertas joyas desaparecen del cofre de vuestra cuñada Margarita. Ahora bien, cuando una mujer se deshace de sus joyas en secreto, es para comprar algún cómplice o para pagar a algún galán. Su bellaquería está clara, ¿no os parece?
—En efecto. Pero puede fingir que las ha dado de limosna a la Iglesia.
—No siempre. No, si cierto prendedor, por ejemplo, ha sido cambiado a un mercader lombardo por un puñal de Damasco.
—¿Descubristeis de qué cintura pendía ese puñal?
—¡Ah no! —respondió de Artois—. Indagué, pero le perdí el rastro. Las pícaras son hábiles, os lo dije. Nunca, en mis bosques de Conches, he cazado ciervos tan diestros en confundir pistas y en tomar atajos.
Isabel se mostró decepcionada. Roberto de Artois, previendo lo que iba a decir, extendió los brazos.
—Aguardad, aguardad —prosiguió—. Soy buen cazador, y raramente se me escapa una pieza. La honesta, la pura, la casta Margarita ha hecho que le arreglen, como aposento, la vieja torre del palacio de Nesle. Dice que lo destina a lugar de retiro para sus oraciones. Sólo que se dedica a rezar justamente las noches en que vuestro hermano Luis está ausente. Y la luz brilla en la torre hasta muy tarde. Su prima Blanca y, algunas veces, Juana, se reúnen con ella. ¡Arteras, la doncellas! Si se interroga a una de las tres, se las compondría muy para decir: "¿Cómo? ¿De qué me acusáis? ¡Si no estaba sola!"... Una mujer pecadora se defiende mal, pero tres rameras juntas forman una fortaleza. Y hay algo más: he aquí que cuando Luis se ausenta, en esas noches en que la torre de Nesle está iluminada, se produce cierto movimiento en el ribazo, al pie de la torre, en un lugar siempre desierto. Se ha visto salir de allí a hombres que no llevan hábito de monje y que habrían salido por otra puerta de haber venido a cantar los oficios. La corte calla, pero el pueblo comienza a murmurar, porque antes hablan los sirvientes que sus amos...
Mientras hablaba, se agitaba, gesticulaba, caminaba, hacía vibrar el suelo y hendía el aire con aletazos de su capa. El despliegue de su exceso de fuerza era un medio de persuasión para Roberto de Artois. Trataba de convencer con músculos al mismo tiempo que con las palabras; sumergía al interlocutor en un torbellino; y la grosería de su lengua, tan de acuerdo con su aspecto, parecía prueba de su ruda buena fe. Sin embargo, examinándolo con mayor atención, uno llegaba a preguntarse, si todo aquel movimiento no era fanfarria de titiritero, juego de comediante. Un odio implacable, tenaz, brillaba en las grises pupilas del gigante. La joven reina se empeñaba en conservar su claridad de juicio.
—¿Hablasteis con mi padre? —dijo.
—Mi buena prima, conoces al rey Felipe mejor que yo. Cree tanto en la virtud de las mujeres, que sería preciso mostrarle a vuestras tres cuñadas acostadas con sus amantes para que consintiera en escucharme. Y no soy bien recibido en la corte desde que perdí mi proceso...
—Sé que cometieron una injusticia con vos, primo mío. Si de mí dependiera sería reparada.
Roberto de Artois se precipitó sobre la mano de la reina para posar en ella sus labios.
—Pero, debido justamente a ese proceso —agregó Isabel suavemente—, ¿no podría suponerse que actuáis ahora por venganza?
El gigante se incorporó de un salto.
—¡Claro que actúo por venganza, señora!
Decididamente el enorme Roberto desarmaba a cualquiera. Uno creía tenderle una celada y cogerlo en falta, y él abría su corazón ampliamente, como un ventanal.
—¡Me han robado la herencia de mi condado de Artois —exclamó— para entregársela a mi tía Mahaut de Borgoña...! ¡Maldita perra piojosa! ¡Ojalá reviente! ¡Ojalá la lepra carcoma su boca y el pecho se le vuelva carroña! ¿Y por que lo hicieron? ¡Porque a fuerza de astucias, de intrigas y de forzar la mano de los consejeros de vuestro padre con libras constantes y sonantes, mi tía logró casar a las dos rameras de sus hijas y a la ramera de la prima con vuestros tres hermanos!
Se puso a imitar un imaginario discurso de su tía Mahaut, condesa de Borgoña y de Artois, al rey Felipe el Hermoso.
—"Amado señor, pariente y compadre, ¿qué os parece si casarais a mi queridita Juana con vuestro hijo Luis? ¿No queréis? ¡Bien! Dadle a Margarita, y luego Juana será para Felipe y mi dulce Blanquita para el hermoso Carlos. ¡Qué dicha, que se amen todos a la vez! Luego, si me concedéis el Artois, propiedad de mi difunto padre, mi franco condado de Borgoña iría a manos de esas avecillas, a Juana, si os parece; así, vuestro hijo segundo se convierte en conde palatino de Borgoña y vos podéis empujarlo hacia la corona de Alemania. ¿Mi sobrino Roberto? ¡Dadle un hueso a ese perro! A ese patán le basta y sobra con el castillo de Conches y el condado de Beaumont." Y soplo malicias al oído de Nogaret, y cuanto mil maravillas a Marigny... Y caso a una, caso a dos y caso a tres... Y en cuanto está hecho, mis zorritas empiezan a maquinar entre sí, a enviar mensajes, a procurarse galanes ya a ponerle hermosos cuernos a la corona de Francia... ¡Ah, señora!, si ellas fueran irreprochables, yo tascaría el freno. Pero portarse tan suciamente después de haberme perjudicado tanto; esas niñas de Borgoña sabrán lo que les cuesta; me vengaré en ellas de lo que la madre me hizo.

Isabel permanecía pensativa bajo aquel huracán de palabras. Artois se aproximó a ella y, bajando la voz, le dijo:
—A vos os odian.
—Es verdad que, por mi parte, no las he querido desde el principio y sin saber por qué —respondió Isabel.
—No las queréis porque son falsas, porque sólo piensan en el placer y porque carecen del sentido del deber. Pero ellas os odian porque están celosas de vos.
—Mi suerte no tiene nada de envidiable, sin embargo —dijo Isabel, suspirando—. Y su situación me parece más dulce que la mía.
—Sois reina, señora. Lo sois por vuestra alma y por vuestra sangre. Vuestras cuñadas, en cambio, podrán llevar corona; pero nunca serán reinas. Por eso os tratarán siempre como enemiga.
Isabel elevó hacia su primo sus bellos ojos azules, y Artois sintió que esta vez había dado en el blanco. Isabel estaba definitivamente de su parte.
—¿Tenéis los nombres de... en fin... de los hombres con quienes mis cuñadas...?
No se rendía al crudo lenguaje de su primo y se negaba a pronunciar ciertas palabras.
—Sin ellos nada puedo hacer —prosiguió—. Obtenedlos y os juro que iré a París con cualquier pretexto y que pondré fin a ese desorden. ¿En qué puedo ayudaros? ¿Habéis prevenido a mi tío Valois?
De nuevo se mostraba decidida, precisa, autoritaria.
—Me guardé muy bien -respondió Artois-. El señor de Valois es mi más fiel protector y mi mejor amigo; pero no sabe callar nada y proclamará a los cuatro vientos lo que queremos ocultar. Daría la alarma demasiado pronto y cuando quisiéramos atrapar a las pícaras, las hallaríamos puras como monjas.
—Entonces, ¿Qué proponéis?
—Dos cosas —dijo de Artois—. La primera, nombrar en la corte de Margarita una nueva dama enteramente de nuestra confianza, la cual nos tendrá al corriente de todo. He pensado en la señora de Comminges, que acaba de enviudar y a la que se le deben toda clase de consideraciones. Para ello nos servirá vuestro tío Valois. Hacedle llegar una carta, expresándole vuestro deseo. Monseñor tiene gran influencia sobre vuestro hermano Luis y hará que la señora de Comminges entre bien pronto en el palacio de Nesle. Así tendremos allí una persona adicta, y como decimos la gente de guerra: "Vale más un espía dentro que un ejército fuera".
—Escribiré la carta y vos la llevaréis —dijo Isabel— ¿Y luego?
—Habrá que adormecer, al mismo tiempo, la desconfianza de vuestras cuñadas con respecto a vos y halagarlas con hermosos presentes —prosiguió de Artois—. Presentes que puedan convenir del mismo modo a mujeres que a hombres y que les haréis llegar secretamente, sin dar cuenta de ello a vuestro padre, ni a los respectivos esposos, como un pequeño secreto de amistad entre vosotras. Margarita se deshace de sus joyas a favor de un galán desconocido; no sería, pues, extraño, que, tratándose de un regalo del cual no debe rendir cuentas, nos lo encontraremos prendido del cuerpo del mozo que buscamos. Suministrémosles ocasiones de imprudencia.
Isabel reflexionó durante algunos segundos; luego se acercó a la puerta y dio unas palmadas.
Apareció la primera dama francesa.
—Amiga mía —dijo la reina—, traedme la escarcela de oro que el mercader Albizzi me ha ofrecido esta mañana.
Durante la corta espera, Roberto de Artois se desprendió por fin de sus preocupaciones e intrigas y se decidió a examinar la sala donde se hallaba, los frescos religiosos en forma de casco de navío. Todo era nuevo, triste y frío. El mobiliario escaso.
—No es muy risueño el lugar donde vivís, prima —dijo—. Creeríase una catedral y no un castillo.
—¿Quiera Dios que no se me convierta en prisión! —respondió Isabel en voz baja— ¡Cuánto añoro a Francia, muchas veces!
La dama francesa regresó, trayendo una bolsa de hilos de oro entretejidos, forrada de seda y con un cierra de tres piedras preciosas grandes como nueces.
—¡Qué maravilla! —exclamó de Artois—. Justamente lo que necesitamos. Un poco pesado para adorno de una dama y demasiado delicado para mí; es exactamente el objeto que un jovenzuelo de la corte sueña con colgarse de la cintura para llamar la atención.
—Encargaréis al mercader Albizzi que haga dos escarcelas parecidas a ésta —dijo Isabel a su dama—, y que me las envíe en seguida.
Luego, cuando ésta hubo salido, agregó, dirigiéndose a Roberto de Artois:
—De esa manera podréis llevároslas a Francia.
—Y nadie sabrá que habrán pasado por mis manos —dijo él.
Fuera resonaron gritos y risas. Roberto de Artois se aproximó a una de las ventanas. En el patio, un equipo de albañiles se disponía a izar una pesada piedra clave de bóveda. Unos hombres tiraban de la cuerda de una polea mientras otros, subidos a un andamiaje, se aprestaban a aferrar el bloque de piedra. La faena parecía realizarse en una atmósfera de buen humor.
—¡Y bien! —exclamó de Artois—. Parece que al rey Eduardo sigue gustándole la albañilería.
Acababa de reconocer, en medio de los obreros, a Eduardo II, marido de Isabel, un hombre bastante apuesto, de unos treinta años de edad, cabellos ondulados, anchos hombros y fuertes caderas. Su traje de terciopelo estaba manchado de yeso.

—Hace más de quince años que comenzaron a reconstruir Westminster —dijo Isabel, colérica (pronunciaba Westmoustiers, a la francesa)—. Hace seis años, desde que me casé, que vivo entre paletas y mortero. ¡Lo que construyen en un mes lo destruyen el otro! ¿No le gusta la albañilería, sino los albañiles! ¿Creéis que lo llaman "señor"? ¡No! Para ellos es Eduardo. Se burlan de él, y él está encantado. ¡Míralo! ¡Ahí lo tenéis!
En el patio, Eduardo II daba órdenes, apoyado sobre el hombro de un joven. Reinaba a su alrededor una sospechosa familiaridad.
—Creía —dijo Isabel— que había conocido lo peor con aquel caballero de Gaveston. Aquel bearnés insolente y jactancioso gobernaba de tal manera a mi marido que disponía del reino a su antojo. Eduardo le dio todas mis joyas de recién casada. ¡Debe de ser costumbre familiar que, de un modo u otro, las joyas de las mujeres vayan a parar a los hombres!
Teniendo a su lado a un pariente y amigo, Isabel se permitía, por fin, desahogar sus penas y humillaciones.
En realidad, las costumbres del rey Eduardo eran conocidas en toda Europa.
—Los barones y yo conseguimos deshacernos de Gaveston el año pasado; le cortaron la cabeza y me alegré de que su cuerpo fuera a pudrirse en los dominios de Oxford. ¡Pues bien, he llegado a añorar al caballero de Gaveston! Porque desde aquel día, como para vengarse de mí, Eduardo atrae a palacio a los hombres más ruines e infames de su pueblo. Se le ve recorrer las tabernas del puerto de Londres, sentarse con truhanes, rivalizar en luchas con los descargadores y en carreras con los palafreneros. ¡Hermosos torneos los que nos ofrece! Entretanto, cualquiera manda en el reino, con tal que le organice sus bacanales y que participe en ellas. En este momento les ha tocado el turno a los barones de Despenser; el padre gobernando; el hijo sirviendo de mujer a mi esposo. En cuanto a mí, Eduardo, ni se me acerca, y si por casualidad viene a mi cama, siento tal vergüenza que permanezco absolutamente fría.
Había bajado la cabeza.
—Una reina es el súbdito más miserable del reino —prosiguió— si el rey no la ama. Asegurada la descendencia, su vida ya no cuenta. ¿Qué mujer de barón, de burgués, o de villano soportaría lo que yo debo soportar por ser reina? La última lavandera del reino tiene más derechos que yo: puede pedirme ayuda...
—Prima, mi hermosa prima, y quiero brindaros mi ayuda —dijo Artois con vehemencia.
Ella alzó tristemente los hombros como si quisiera decir "¿Qué podéis hacer por mí?" Estaban frente a frente; Roberto la tomó por los brazos lo más suavemente que pudo, y murmuró:
—Isabel...
Ella posó sus manos sobre los brazos del gigante. Se miraron sobrecogidos por una turbación imprevista.
Artois se sintió extrañamente conmovido, y oprimido por una fuerza que temía utilizar con torpeza. Sintió bruscamente el anhelo de consagrar su tiempo, su vida, su cuerpo y su alma a aquella reina frágil. La deseaba, con un deseo inmediato e incontenible, que no sabía cómo expresar. Sus gustos no lo inclinaban, por lo común, hacia las mujeres de calidad y el don de la galantería no se contaba entre sus virtudes.
—Muchos hombres agradecerían al cielo, de rodillas, lo que un rey desdeña, ignorando su perfección —dijo Roberto—. ¡Cómo es posible que a vuestra edad tan fresca y tan joven os veáis privada de las alegrías naturales? ¿Cómo es posible que esos dulces labios no sean besados? ¡Y estos brazos... este cuerpo...? ¡Ah, Isabel tomad un hombre, y que ese hombre sea yo..!
Ciertamente, decía con rudeza lo que quería y su elocuencia se parecía muy poco a la del duque Guillermo de Aquitania. Pero Isabel no separaba su mirada de la de él. La dominaba, la aplastaba con su estatura; olía a bosque, a cuero, a caballo y a armadura; no tenía la voz ni la apariencia de un seductor y, sin embargo, la seducía. Era un hombre de una pieza, un macho rudo y violento, de respiración profunda. Isabel sentía que su voluntad la abandonaba y sólo tenía un deseo: apoyar su cabeza contra aquel pecho de búfalo y abandonarse... apagar aquella gran sed... Temblaba un poco.
Se apartó de golpe.
—¡No, Roberto! —exclamó—. No voy a hacer y lo que tanto reprocho a mis cuñadas. No puedo ni debo hacerlo. Pero cuando pienso en lo que me impongo, en lo que me niego, mientras ellas tienen la suerte de tener maridos que las aman... ¡Ah, no! Es preciso que sean castigadas!
Su pensamiento se encarnizaba con las culpables, ya que ella no se permitía la misma culpa.
Volvió a sentarse en el gran sitial de roble. Roberto de Artois se aproximó a ella.
—No, Roberto —dijo, extendiendo los brazos—. No os aprovechéis de ni desfallecimiento; me enojaríais.
La extremada belleza, al igual que la majestad inspira respeto. El gigante obedeció.
Pero aquel momento jamás se borraría de la memoria de los dos.
"Puedo ser amada", se decía Isabel. Y casi sentía gratitud hacia el hombre que le había dado la certeza.
—¿Era eso todo lo que debíais comunicarme, primo? ¿No me traéis otras noticias? —dijo, haciendo un gran esfuerzo para dominarse.
Roberto de Artois, que se preguntaba si no había cometido error al no aprovechar la oportunidad, tardó algún tiempo en contestar.
—Sí, señora, os traigo también un mensaje de vuestro tío Valois.
El nuevo vínculo que se había creado entre ellos daba a sus palabras otras resonancias, y no podían estar completamente atentos a lo que decían.
—Los dignatarios del Temple serán juzgados muy pronto —continuó diciendo de Artois—. Y se teme que vuestro padrino, el gran maestre Jacobo de Molay, sea condenado a muerte. Vuestro tío Valois os pide que escribáis al rey par suplicarle clemencia.
Isabel no respondió. Había vuelto a su posición acostumbrada, la barbilla sobre la palma.
—¡Cómo os parecéis a él, en este momento! —dijo de Artois.
—¡A quién?
—Al rey Felipe, vuestro padre.
—Lo que decida mi padre, el rey, bien decidido está —respondió lentamente Isabel—. Puedo intervenir en lo concerniente al honor familiar; pero no pienso hacerlo con respecto al gobierno de un reino.
—Jacobo de Molay es un hombre anciano. Fue noble y grande. Si ha cometido faltas las ha expiado duramente. Recordad que os tuvo en sus brazos en la pila bautismal... ¡Creedme, va a cometerse un gran daño, por obra una vez más, de Nogaret y de Marigny! Al destruir el Temple, esos hombres salidos de la nada han querido atacar a toda la caballería francesa y a los altos barones...
La reina seguía perpleja; ostensiblemente el asunto era superior a su entendimiento.
—No puedo juzgar —dijo—. No puedo juzgarlo.
—Sabéis que tengo una gran deuda adquirida con vuestro tío Valois, y él me quedaría agradecido si obtuviera de vos esa carta. Además, la piedad nunca sienta mal a una reina; es sentimiento de mujer, y seríais alabada por ello. Algunos os reprochan vuestra dureza de corazón; así les daríais cumplida respuesta. Hacedlo por vos, Isabel, y hacedlo por mí.
Ella sonrió.
—Sois muy hábil, primo Roberto, a pesar de vuestro aire ceñudo. Escribiré esa carta y podréis llevároslo todo junto. ¿Cuándo partiréis?
—Cuando me lo ordenéis, prima.
—Supongo que las escarcelas estarán listas mañana. Muy pronto es.
La voz de la reina reflejaba cierto pesar. Se miraron de nuevo, y de nuevo ella se turbó.
—Esperaré vuestro mensaje para saber si debo partir hacia Francia. Adiós, primo. Volveremos a vernos durante la cena.
De Artois se despidió y la habitación, después que él salió, parecía extrañamente tranquila, como un valle tras la tempestad. Isabel cerró los ojos y permaneció inmóvil durante largo rato.
Los hombres llamados a desempeñar un papel decisivo en la historia de los pueblos ignoran a menudo qué destinos encarnan. Los dos personajes que acababan de sostener tan larga entrevista, una tarde de marzo de 1314, en el castillo de Westminster, no podían jamás imaginarse que, por el encadenamiento de sus actos se convertirían en los primeros artífices de una guerra entre Francia e Inglaterra que duraría mas de cien años.

sábado, 24 de febrero de 2007

"Corazones en la Atlántida", de Stephen King

Corazones en la Atlántida es un libro relativamente nuevo (capaz que de 1999) de Stephen King. Pese a que muchos imaginan que King sólo escribe relatos de terror, muchos de sus libros y cuentos no lo son, aunque la mayoría contiene elementos fantásticos.
Corazones en la Atlántida es uno de ellos. El libro contiene 5 cuentos relacionados entre sí. De esos 5 relatos, dos son para mí los más interesantes: "Hampones con chaquetas amarillas" y "Corazones en la Atlántida".
"Hampones..." narra la historia de Bobby Garfield, un chico de 12 años, y transcurre a finales de los años '50. Bobby es hijo de una madre soltera y tiene dos amigos, Carol (que en realidad está enamorada de él) y S-J. Le gusta mucho leer. La vida de Bobby cambia cuando un inquilino se muda al departamento de al lado. Se llama Ted Brautigan y es un viejo muy amable e inteligente. Bobby y Ted se hacen amigos, y, entre otras cosas, Ted le regala El señor de las moscas, un libro que Bobby considera como el mejor que haya leído en su vida. Liz, la mamá de Bobby, sólo siente desconfianza hacia Ted.
Después de un tiempo, Ted le revela a Bobby su secreto: es un fugitivo. Pero no está huyendo de la policía, sino de los hampones con chaquetas amarillas. Ted los describe como seres casi sobrenaturales, y de hecho lo son... lo mismo que Ted
Bobby al principio considera que su amigo Ted está un poco chiflado. Ted le pide que vigile las calles del barrio y le advierta en caso de que aparezcan signos de la presencia de los hampones.
En ese verano caluroso, varios factores complican la vida de Bobby. Por un lado, S-J se va de campamento, quedandose Bobby sólo con Carol, hacia la que empieza a sentirse atraido. Liz Garfield se va a un viaje "de negocios" bastante turbio con su jefe. Una patota de chicos mayores empieza a acosar a Bobby y a Carol. Y, de repente, tambien aparecen los hampones con chaquetas amarillas. Ted debe irse de la ciudad, pero Bobby le ha tomado mucho cariño al viejo vecino.
Todo esto concluye en un final muy dramático (que no pienso contar acá) que cambia el destino de Bobby para siempre.
El segundo relato interesante es el que da título al libro, "Corazones en la Atlántida". Sucede en 1966. A diferencia de "Hampones con chaquetas amarillas", la historia no contiene ningún elemento sobrenatural y está narrada en primera persona por Pete, un estudiante universitario. Él y sus compañeros de piso se hacen adictos al juego de corazones. Sus notas empiezan a bajar, por lo que corren el riesgo de perder sus becas universitarias y ser enviados a Vietnam. En la universidad, Pete narra como se hace adicto a los corazones, pierde la virginidad y empieza a militar en el movimiento antibelicista. Un personaje de "Hampones con chaquetas amarillas" que reaparece es Carol, quien se pone de novia con Peter. Después, nos enteramos que Carol se unió a un grupo terrorista de ultraizquierda tipo Panteras Negras.
"Corazones en la Atlántida" es una semblanza magnífica de la década del '60, una década que el propio King vivió durante su juventud. La mejor escena del relato es el enfrentamiento (dialéctico, por supuesto) entre un grupo de directivos de la facultad con Pete y sus amigos. Allí se ponen en contraste las visiones de la "nueva generación" y la "vieja".
Los otros tres relatos transcurren en 1983 y 1999. El de 1983 se llama "Willie el ciego". El protagonista es Willie Sherman, uno de los bullys de "Hampones con chaquetas amarillas". Willie es ahora un veterano de Vietnam que vive en un suburbio de Nueva York con su esposa. Aparentemente es un ejecutivo muy exitoso, pero cuando llega a su oficina descubrimos que en realidad todo se trata de una fachada. Willie se cambia de ropa y se convierte en "Willie el ciego", un mendigo que recibe limosna en las calles de la ciudad y que amasa muchísimo dinero. King nos narra el día de Willie desde la mañana a la noche. Es un relato interesante, pero no tiene la intensidad dramática de los otros dos.
"¿Que hacemos en Vietnam?" es el cuarto relato. Transcurre en 1999 y su protagonista es S-J, el amigo de Bobby en "Hampones con chaquetas amarillas". S-J es tambien un veterano de Vietnam, que fue salvado allí por Willie Sherman y que perdió uno de sus testículos en la batalla. Aparte de la semi-impotencia, S-J ha regresado de Vietnam con una secuela: ve el fantasma de una vieja vietnamita a la que vio asesinar en la guerra, a la que llama Mamá-San.
"Se acercan ya las sombras de la noche" es el quinto y ultimo relato, aunque es más un epílogo. En él conocemos el destino final de Bobby, S-J y Carol.
Corazones en la Atlántida fue llevada al cine en el 2001, aunque solo narra el primer relato, "Hampones con chaquetas amarillas". Anthony Hopkins interpreta a Ted, Anton Yelchin al Bobby de 12 años y David Morse al Bobby adulto. No he visto la película, así que no puedo opinar sobre sus méritos. El libro me parece muy bueno.