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jueves, 15 de marzo de 2007

Los amores de Julio César

Cayo Julio César fue célebre como general, pero también como uno de los mayores libertinos de Roma. Aquí hago un racconto de su vida íntima.
César estuvo casado cuatro veces. Su primera esposa fue una tal Cosutia, la hija de un caballero adinerado, con quien su padre lo casó en la adolescencia. Más tarde, en el 86 antes de Cristo, su tío Cayo Mario lo casó con Cornelia, hija de su aliado Lucio Cornelio Cinna. Tuvieron una hija, Julia, aproximadamente en el 83.
De todas sus esposas, Cornelia fue a quien más amó, y César dio dos pruebas muy importantes de ello. La primera fue en el 81, cuando Lucio Cornelio Sila se convirtió en dictador de Roma. Sila había sido enemigo de Mario y Cinna, y como es natural desconfiaba del joven César. Para demostrar su lealtad del nuevo régimen, Sila le ordenó a César que se divorciase de Cornelia. César se negó diciendo a los mensajeros del dictador: “Decidle a Sila que sobre César sólo manda César”. Tal vez lo hiciera por amor a Cornelia o tal vez por puro deseo de sobresalir, pero en cualquier caso lo hizo, arriesgando su vida. Para evitar ser asesinado por los sicarios de Sila, César debió pasar varios meses fugitivo en Italia, hasta que sus influyentes parientes y amigos en Roma convencieron a Sila de perdonarlo. El dictador accedió de mala gana, pero les advirtió que “en ese joven veo muchos Marios”.
La segunda prueba la dio en el 69, cuando Cornelia murió dando a luz. La costumbre romana para los funerales de las mujeres era que estos fuesen discretos, a menos que la finada hubiera sido una matrona famosa. Como Cornelia era bastante joven, lo adecuado hubiera sido lo primero, pero César le organizó un funeral multitudinario, exhibiendo la imagen de su padre Cinna -lo cual estaba prohibido por las leyes de Sila todavía vigentes- y pronunciando un discurso en el que exaltó sus virtudes. Lo que hizo fue también bastante osado, pues hubiera podido dañar su carrera política el mostrarse tan apenado por la muerte de su mujer. Afortunadamente, el pueblo romano, en vez de burlarse, se conmovió por el dolor del joven viudo.
Su tercera esposa fue Pompeya, nieta de Sila, con quien se casó algún tiempo después de la muerte de Cornelia. Esta unión fue puramente por motivos políticos: César buscaba el apoyo de la vieja facción conservadora que Sila había liderado. El matrimonio le fue útil, pues le permitió ser elegido edil, pero Pompeya no llegó a ser una esposa tan satisfactoria como Cornelia. Era una de las mujeres más bellas de Roma, pero era también muy estúpida. Su marido no tardó en aburrirse y en buscar placer en los brazos de otras amantes.
Pompeya entonces terminó buscándose también un amante. Y eligió a Publio Clodio, hermano de su amiga Clodia. Clodio se acostó con ella en parte por su hermosura y en parte seguramente por el placer de ponerle los cuernos al adúltero más famoso de la ciudad. Pero César descubrió su relación y tomó medidas drásticas para impedir que los amantes se vieran, encerrando a Pompeya en su casa.
Clodio, desesperado por ver a Pompeya, pensó en un plan “brillante” para encontrarse con ella. Corría el año 62 y la casa de César había sido elegida para celebrar la festividad de la Bona Dea. La Bona Dea (Buena Diosa) era una divinidad exclusivamente femenina. No sólo los hombres no podían adorarla, sino que ni siquiera podían presenciar sus rituales ni estar en la casa donde estos se realizaban. Por eso, la casa donde se celebraba la Bona Dea quedaba por una noche totalmente vacía de la presencia masculina: el dueño de la casa, sus hijos, los esclavos varones, todos debían irse. Esta era la oportunidad perfecta para que Clodio viese a Pompeya sin que César o los esclavos que había puesto para vigilarla estuvieran cerca. Con la complicidad de Abra, la doncella de Pompeya, Clodio entró a la casa de César disfrazado de mujer. No le fue difícil disimular su sexo porque parece que tenía un rostro muy lampiño y de facciones delicadas. Pero parece que en un momento le habló a Abra sin falsete, y Aurelia y Julia, madre y hermana de César, lo oyeron. Las mujeres se abalanzaron sobre él y consiguieron desenmascararlo, pero Clodio se las arregló para escapar.
El escándalo fue mayúsculo y Clodio no pudo evitar ser acusado de sacrilegio. Entre los testigos convocados por los acusadores estaba Cicerón, que declaró contra Clodio y se ganó su enemistad. Luego llamaron a César, que acababa de divorciarse de Pompeya. Le preguntaron si Clodio y ella eran amantes, y César sorpresivamente lo negó. Esto favorecía mucho la causa de Clodio y de hecho permitió que fuese absuelto. Cuando los acusadores le preguntaron por qué entonces se había divorciado de Pompeya, César contestó con su célebre “Porque la mujer de César no sólo tiene que ser honesta, sino también parecerlo”.
La cuarta esposa de César fue Calpurnia, hija del cónsul Lucio Calpurnio Pisón. César se casó con ella en el 59, también por motivos políticos: deseaba que Pisón usara su influencia para que le dieran la gobernación de la Galia Cisalpina, la Trasalpina e Iliria. Con la ayuda de su nuevo suegro y de su nuevo yerno Gneo Pompeyo Magno (a quien había casado poco antes con su hija Julia), César logró ese mando militar que le permitió emprender la guerra de las Galias. Calpurnia fue esposa de César hasta su muerte y fue una de las matronas más respetadas de su tiempo. No se sabe qué pasó con ella tras enviudar.
César también tuvo muchas amantes. Suetonio menciona a Lolia, la esposa de Aulo Gabinio, a Tértula, la esposa de Marco Licinio Craso, y a Mucia Tercia, la tercera esposa de Pompeyo. No obstante, yo tengo la teoría de que esos supuestos romances fueron inventados por los enemigos para intentar perjudicar a César; porque tanto Gabinio como Craso y Pompeyo eran entonces aliados de César.
Una matrona de la que no hay dudas que fue amante de César es Servilia, madre de Marco Junio Bruto. Suetonio dice que fue “su mayor pasión”. Hay algunas anécdotas sobre ellos. Plutarco narra como en la sesión del Senado en la que se discutía el castigo a algunos miembros de la conspiración de Catilina, César sostuvo que los conspiradores debían ser encarcelados y que sus propiedades debían ser confiscadas, contradiciendo al cónsul electo Décimo Junio Silano, que pedía que fuesen ejecutados. Al tocarle el turno a Catón el Joven, hermano de Servilia, él acusó a César de formar parte de la conjura. Y mientras daba su discurso, un esclavo entró al recinto y le entregó una carta a César. Catón dijo que esa carta era de otros cómplices suyos y exigió que la leyera, pero César se levantó y se la dio amablemente. Y cuando Catón la leyó, se sintió furioso y avergonzado: era una carta de amor de Servilia. Catón, entonces, le gritó “¡Toma, borracho!” y se la arrojó a la cara.
Suetonio también cuenta que César llegó a regalarle a Servilia una perla enorme que era la envidia de todas las mujeres de Roma. Otra anécdota de Suetonio es que Servilia le permitió a César acostarse con su hija menor Junia Tercia y que como agradecimiento César le vendió unas propiedades confiscadas a sus enemigos –esto ocurrió durante la guerra civil- a un precio muy bajo. Cicerón comentó que la venta había sido provechosa para Servilia, pues le habían rebajado una Tercia.
Se sabe que tras la muerte de César, Bruto y sus cómplices se reunieron en casa de Servilia y que ella intervino en las discusiones. No hay pruebas fehacientes de que ella estuviese involucrada en el plan para asesinarlo. Tras la batalla de Filipos, los triunviros le perdonaron la vida (seguramente porque otra de sus hijas estaba casada con Marco Emilio Lépido, miembro del Triunvirato), tras lo cual el amigo de Cicerón y de Bruto Tito Pomponio Ático la alojó en su casa. En cuanto a Junia Tercia, vivió hasta comienzos del reinado de Tiberio. Cuando hizo su testamento, se negó a dejarle ningún legado al emperador, y Tiberio se vengó prohibiendo la exhibición de las imágenes de su tío Catón el Joven, su hermano Bruto y su marido Casio. Al contar el hecho, el historiador Tácito dijo que las imágenes “brillaban por su ausencia”, con lo cual acuñó una expresión que todavía se usa hoy.
César también tuvo un romance con la reina Eunoe, esposa del rey Bogud de Mauritania (la actual Marruecos), durante su guerra con los pompeyanos en África, pocos meses después de estar con Cleopatra (a quien no voy a mencionar por haber hablado ya de ella en una entrada anterior).
También se le atribuyeron relaciones homosexuales. Cuando tenía 19 años, sirvió bajo el mando de Marco Minucio Thermo en Asia, y se lo envió a la corte del rey Nicomedes de Bitinia para conseguir una flota de barcos de guerra. César logró su objetivo tan rápido que despertó sospechas. Muchos de sus enemigos lo acusaron en los años siguientes de haberse prostituido al rey para conseguir esa flota. Sus propios soldados se burlaron de él en su Triunfo cantando que César había conquistado la Galia y Nicomedes a César.
El poeta Catulo afirmó que Mamurra, oficial encargado del armamento y provisiones durante la guerra de las Galias, era amante de César. También Marco Antonio acusó a Octaviano, cuando se produjo la guerra civil entre ambos, de haberse prostituido a su tío-abuelo César para lograr que lo adoptara como hijo. No obstante, Suetonio, quien recogió esa versión, afirma que lo más probable es que se tratara de pura propaganda política.

2 comentarios:

Senses & Nonsenses dijo...

oye, qué exhaustivo, muy buen trabajo.
propaganda política o no las prácticas homosexuales era moneda corriente en la antigua roma (y grecia)
saludos.

Martín dijo...

Los romanos consideraban las relaciones homosexuales desde una perspectiva algo distinta a la nuestra. Para ellos no era deshonroso que uno de sus líderes tuviera relaciones con personas de su mismo sexo, siempre y cuando desempeñase el rol activo. Pero si un romano voluntariamente adoptaba el rol pasivo, el de una mujer, y era penetrado, su "dignitas" quedaba dañada. Por eso las acusaciones a César de haber sido penetrado por Nicomedes y a Octaviano de haber sido penetrado por César eran muy graves.
Saludos y gracias por visitar mi blog