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lunes, 28 de mayo de 2007

Fragmento de "María Estuardo", de Friedrich Schiller

Esta escena pertenece a la obra María Estuardo (1800), de Friedrich Schiller. Aquí se muestra una reunión totalmente ficticia entre la reina Isabel I de Inglaterra y María Estuardo. Esta reunión es arreglada por Robert Dudley, conde de Leicester, amigo íntimo y supuesto amante de Isabel, en un intento de reconciliar a las dos reinas. Así, Isabel entra al patio del castillo de Fotheringhay, lugar donde María era prisionera, y la encuentra allí como por casualidad.

Isabel (A Leicester): ¿Cómo se llama este sitio?
Leicester: El castillo de Fotheringhay.
Isabel
(A Talbot): Ordenad que mi comitiva regrese a Londres. El gentío se agolpa a mi paso, y ansiamos descansar en este tranquilo parque. (Talbot ordena a la comitiva que se aleje. Isabel clava la mirada en María, y continúa hablando con Paulet.) Mi buen pueblo me ama demasiado. Las manifestaciones de su júbilo no conocen medida, y rayan en idolatría: así se honra a los dioses, no a los mortales.
María
(Que durante estas palabras, ha seguido apoyada sin fuerza en brazos de su nodriza, alza la frente, y su mirada choca con la de Isabel. María se estremece de espanto y vuelve a echarse en brazos de Ana) ¡Dios mío! ¡su cara dice que no tiene corazón!
Isabel: ¿Quién es esta mujer?
(Silencio general.)
Leicester: Reina, os halláis en Fotheringhay.
Isabel
(Afecta sorprenderse y dirige a Leicester una mirada sombría.): ¿Quién me ha traído aquí, lord Leicester?
Leicester: Esto es hecho, señora, y pues que el cielo guió hacia aquí vuestros pasos, dejad que triunfe la piedad y la grandeza de alma.
Talbot: Dejaos vencer, señora, y volved los ojos a la infortunada que sucumbe a vuestra presencia.
(María recoge sus fuerzas, e intenta aproximarse a Isabel, pero se detiene; su cara revela la violenta agitación de su ánimo.)
Isabel: ¡Cómo, mis señores! ¿Quién me habló de la sumisión de esta mujer? Tengo delante de mí a una orgullosa, a quien la desgracia no ha podido abatir.
María: Sea; quiero someterme a este nuevo dolor. Lejos de mí, el impotente orgullo de un alma elevada; voy a olvidar lo que soy, y cuanto he sufrido, para prosternarme a los pies de la que fue causa de mi oprobio.
(Dirigiéndose a la Reina) El cielo ha pronunciado en vuestro favor, hermana mía, y la victoria ha coronado vuestra dichosa frente. Adoro la Divinidad que así os hizo grande. (Se arrodilla delante de ella) Pero sed generosa para conmigo, hermana mía; no me dejéis hundida en la humillación; tendedme vuestra real mano para realzarme de mi profunda caída.
Isabel
(retrocediendo): Este es vuestro lugar, lady María; y doy gracias a Dios por su bondad, cuando ha permitido que me viera como vos, a las plantas de mi rival.
María
(con creciente emoción): Pensad en las vicisitudes de las cosas humanas. Existe un Dios que castiga la arrogancia; honrad y temed a la terrible Divinidad, que me arroja a vuestros pies, por respeto a los testigos de esta escena, ajenos a ella; honraos a vos, honrándome a mí; no ofendáis, no profanéis la sangre de los Tudor, que corre por vuestras venas, como por las mías. ¡Ah!, no seáis, por Dios, inaccesible y dura como la escarpada roca a la que en vano el náufrago se esfuerza en asirse. Todo mi ser, mi vida, mi suerte, dependen de mis palabras y del poder de mi llanto; ¡abrid mi corazón para que pueda yo conmover el vuestro! Si me dirigís tan glacial mirada, el corazón trémulo de espanto se cierra, se detiene el torrente de mis lágrimas y el terror hiela en el seno mis súplicas.
Isabel
(con ademán frío y severo): ¿Qué tenéis que decirme, lady Estuardo, puesto que habéis pretendido hablar conmigo? Olvidé que soy una reina cruelmente ultrajada para cumplir con el piadoso deber de hermana, y ofreceros el consuelo de verme. Cedo con ello a un impulso de generosidad, exponiéndome a justa censuras por haber descendido hasta ese punto... porque harto sabéis que quisisteis matarme.
María: ¡Cómo empezar, cómo usar de tal modo de la prudencia, que logre conmover vuestro corazón, sin ofenderle en lo más mínimo! ¡Oh, Señor, comunica toda fuerza persuasiva a mis palabras, y arráncales todo aguijón! Me es imposible hablar en mi propio favor, sin acusaros gravemente, y no lo deseo. Vuestro modo de proceder para conmigo no fue ciertamente justo, porque soy reina al par que vos, y me habéis detenido prisionera; llegué aquí suplicante, y vos despreciando en mí las sagradas leyes de la hospitalidad y el derecho de gentes, me encerrasteis entre los muros de un calabozo; habéis alejado de mí, con crueldad, mis amigos y mis criados, y sujetádome a indignas privaciones. He sido forzada a comparecer ante un tribunal indigno...; pero, en fin, no hablemos más de semejantes crueldades. Cuántas sufrí, húndanse en eterno olvido. Mirad; quiero atribuirlo todo al destino; ni vos sois ya culpable, ni yo tampoco. Un genio infernal surgió del fondo del abismo para inflamar en nuestros corazones el odio ardiente que nos dividió desde los primeros años, y que ha crecido con nosotras. Algunos malvados atizaron la miserable llama; algunos fanáticos pusieron el puñal y la espada en manos cuyo socorro nadie reclamó. Tal es el destino fatal de los reyes; sus odios desgarran el mundo; sus enemistades desencadenan sobre él, el tropel de las Furias. Ahora, no existe ya entre nosotras ningún intermediario.
(Se acerca a ella confiada y habla con acento cariñoso.) Henos, por fin, una enfrente de otra; hablad, hermana mía, decidme en qué falté, porque ansío daros satisfacción. ¡Ay de mí! ¡Cómo no consentisteis en recibirme, cuando con tal instancia os lo pedía! Las cosas no hubieran llegado a tal extremo, ni ahora nos encontraríamos en tan siniestro y triste sitio.
Isabel: Mi buena estrella me preservó entonces de avivar la serpiente en mi propio seno. No acuséis a la suerte, mas sí a la perversidad de vuestra alma y a la ambición de vuestra familia. No había estallado aún ninguna enemistad entre ambas, cuando ya vuestro tío, el prelado arrogante y ambicioso que atenta contra todas las coronas, os inspiró propósitos de guerra, y os persuadió locamente a empuñar las armas, a usurpar mi corona, y a empeñar conmigo un duelo a muerte. ¿Qué enemigos no suscitó contra mí? La voz de los sacerdotes, la espada de los pueblos, las temibles armas del fanatismo religioso; aquí mismo, en medio de mi pacífico reino, vino a atizar el fuego de la discordia; mas Dios está conmigo, y el orgulloso sacerdote no ha triunfado; el golpe fatal amenazaba mi cabeza, y cae la vuestra.
María: Me hallo en manos de Dios; espero que no abusaréis hasta tal punto de vuestro poder.
Isabel: ¿Y quién podría impedírmelo? Vuestro tío enseñó con su ejemplo a los reyes el modo de hacer la paz con sus enemigos. La noche de San Bartolomé, me servirá de lección. ¿Qué me han de importar los vínculos de la sangre y el derecho de gentes, si la Iglesia rompe todo vínculo, y consagra el regicidio y el perjurio? No haré más que practicar lo que enseñan vuestros sacerdotes. Decidme ¿quién saldría fiador de vuestra conducta, si cediendo a la generosidad rompiera tales cadenas? ¿Existe por ventura un castillo donde asegurarme de vuestra fidelidad, que las llaves de Pedro no puedan abrir? ¡Sólo en la fuerza reside mi seguridad! ¡No quiero alianza alguna con la raza de las serpientes!
María: ¡Oh, qué triste, qué cruel sospecha! Me habéis tenido siempre por enemiga, por extranjera, cuando si me hubieseis declarado vuestra sucesora respetando los derechos de mi cuna, por gratitud y amor hubierais hallado en mí una fiel amiga, una fiel parienta.
Isabel: Lady Estuardo, vuestra amistad está en otra parte; vuestra familia es el papismo, y vuestros hermanos los frailes. ¡Qué os declarase mi sucesora! (...) Para que aún durante mi reinado alucinarais a mi pueblo, y como Armida, prendierais en vuestras redes seductoras la juventud del reino, convirtiendo todas las moradas hacia el nuevo sol...
María: Reinad en paz; renuncio a toda pretensión a la corona. ¡Desdichada de mí! ¡Siento paralizados los impulsos de mi ánimo y la grandeza no guarda ya atractivos para mí! Habéis alcanzado vuestro propósito; ya no soy más que la sombra de María. Rota la altivez de mi alma con las injurias de la cárcel, me habéis reducido al último extremo, aniquilado en la flor de mis años. Ahora, acabad, hermana; pronunciad la palabra que os ha traído aquí, porque no puedo creer que aquí os conduzca el intento de insultar cruelmente a vuestra víctima. Pronunciad esta palabra; decid, por fin: sois libre, María; habéis probado mi rigor, aprended ahora a honrar mi generosidad. Decidlo, y recibiré mi libertad y mi vida como presente de vuestra mano. Una palabra, y no os alejáis, hermana, todo. ¡Ah! no me forcéis a aguardarla por mucho tiempo. ¡Ay de vos si no se pone fin a todo con esta palabra, y no nos alejáis, hermana, como divinidad gloriosa y bienhechora! Ni por esta rica y poderosa comarca, ni por toda la tierra que ciñe el Océano, quisiera parecer a vuestros ojos como vos pareceréis… a los míos.
Isabel: ¡Por fin, os dais por vencida! ¿Se acabaron vuestras conjuraciones? ¿No queda ya un solo asesino en marcha?... ¿Se acabaron los aventureros, dispuestos a ejecutar por vos una acción caballeresca? Sí; con los nuevos cuidados que preocupan al mundo, lady María, ya no seduciréis a nadie..., nadie ha de aspirar al título de cuarto marido, porque así matáis a los amantes como a los maridos.
María
(estallando de cólera): ¡Hermana! ¡Hermana...! ¡Oh, Dios mío! ...dadme prudencia.
Isabel
(contemplándola largo rato con orgulloso desprecio): Lord Leicester, ¿éstos son los hechizos que ningún hombre contempla impunemente, ni hubo mujer que osara arrostrar su comparación? En verdad que semejante nombradía fue adquirida a bien bajo precio. Está visto que para ser bella a los ojos de todos, basta ser de todos.
María: ¡Ah... esto es demasiado!
Isabel
(con risa burlona): Mostradnos vuestro verdadero rostro, porque hasta ahora sólo hemos visto la máscara.
María
(Inflamada de cólera; con noble dignidad): He cometido faltas; la juventud, la flaqueza humana, el poder, me llevaron fuera de camino; pero nunca me oculté en la sombra; con real franqueza he desdeñado siempre toda falsa apariencia. Cuantos delitos cometí, aún los más graves, los sabe el mundo, y puedo decir que valgo más que mi reputación... En cambio ¡ay de vos, si alguien os arrancara de los hombros el manto de honor con que encubre la hipocresía los frenéticos ardores de vuestra secreta concupiscencia!... No habréis heredado ciertamente de vuestra madre el honor... ¡Ya sabemos por qué virtud subió Ana Bolena al cadalso!
Talbot
(Interponiéndose entre ambas): ¡Oh! ¡Dios! ¡A este punto habían de llegar las cosas! ¿Esta es sumisión, esta es moderación, lady María?
María: ¡Moderación! ¡He soportado cuanto puede soportar el alma humana! ¡Basta de resignación!... Retorna al cielo, dolorosa paciencia, y tú, ira por tanto tiempo comprimida, rompe tus cadenas, sal de tu guarida...; tú que diste al basilisco irritado miradas que matan, pon en mis labios el dardo venenoso.
Talbot: ¡Oh!... está fuera de sí; perdonad a su arrebato su cruel irritación.
(Isabel, muda de rabia, lanza a María coléricas miradas.)
Leicester (vivamente agitado, trata de llevarse a Isabel): No escuchéis su furor; alejaos de este sitio fatal.
María: ¡El trono de Inglaterra está profanado por una bastarda! ¡El noble pueblo de Inglaterra es engañado por una bellaca, por una comediante! Si la justicia hubiese triunfado de la suerte, os veríamos hundida en el polvo a mi presencia, porque yo... yo... soy vuestra reina.
(Isabel se aleja rápidamente; los lores la siguen vivamente perturbados.)

jueves, 24 de mayo de 2007

Fragmento de "Las brujas de Salem", de Arthur Miller

Este es el tercer acto de Las brujas de Salem, una obra escrita por Arthur Miller en 1952 para denunciar la persecución ideológica llevada a cabo por el senador Joseph McCarthy de los supuestos agentes comunistas en los Estados Unidos; allí se narran los juicios realizados en 1692 en la ciudad de Salem, en Massachussets, contra personas acusadas de brujería. Los procesos comenzaron cuando un grupo de niñas y adolescentes de familias ricas de Salem fueron “embrujadas” por una esclava negra llamada Títuba. Más tarde, las chicas acusaron a muchos otros hombres y mujeres de haber tenido tratos con el Diablo. La realidad, aparentemente, es que esas personas eran enemigas de los padres de las chicas, y que ellas actuaron obedeciendo órdenes de sus familias para arruinarlos (y sus propios rencores personales, como en el caso del personaje de Abigail Williams).
En ese acto, el protagonista de la obra, John Proctor, y dos amigos suyos, intentan frenar los juicios presentando el testimonio de Mary Warren, una de las chicas “hechizadas”. No obstante, la actitud de los jueces ante estas revelaciones no es del todo imparcial, como se verá...

(La sacristía de la capilla de Salem, que ahora sirve de antesala de la Corte General. Al levantarse el telón, la habitación está vacía. Solamente entra el sol por las dos altas ventanas del foro. La pieza es solemne, hasta imponente. Pesadas vigas sobresalen y tablones de diversa anchura constituyen las paredes. Hay dos puertas a la derecha, que llevan a la capilla misma, en donde se reúne el tribunal. A la izquierda, otra puerta lleva al exterior.
Hay un banco simple a la izquierda, y otro a la derecha. En el centro, una mesa más bien larga, para las reuniones, con banquillos y un sillón de considerables dimensiones arrimados a ella.
A través de la pared divisoria, a la derecha, oímos la voz de un Fiscal Acusador, el Juez Hathorne, preguntando algo; luego, una voz de mujer, la de Martha Corey, replicando.)
Voz de Hathorne: Y bien, Martha Corey, hay abundantes pruebas en nuestro poder que demuestran que os habéis entregado a la adivinación de la suerte. ¿Lo negáis?
Voz de Martha: Soy inocente. Ni siquiera sé lo que es una bruja.
Voz de Hathorne: ¿Cómo sabéis, entonces, que no lo sois?
Voz de Martha: Si lo fuera lo sabría.
Voz de Hathorne: ¿Por qué dañáis a estas niñas?
Voz de Martha: ¡No los daño! ¡Es despreciable!
Voz de Giles Corey
(rugiendo): ¡Tengo nuevas pruebas para el tribunal!
(Las voces del pueblo se elevan, excitadas.)
Voz de Danforth: ¡Ocupad vuestros sitios!
Voz de Giles: ¡Thomas Putnam roba tierras!
Voz de Danforth: ¡Alguacil, llevaos a ese hombre!
Voz de Giles: ¡Estáis oyendo mentiras, no más que mentiras!
(Un rugido se eleva del público.)
Voz de Hathorne: ¡Arrestadlo, Excelencia!
Voz de Giles: ¡Tengo pruebas! ¿Por qué no queréis escuchar mis pruebas?
(Se abre la puerta y Giles es prácticamente transportado dentro de la sacristía por Herrick.)
Giles: ¡Quita tus manos, maldito seas! ¡Déjame!
Herrick: ¡Giles, Giles!
Giles: ¡Fuera de mi camino, Herrick! Traigo pruebas...
Herrick: ¡Tú no puedes entrar ahí, Giles, es un tribunal!
(Entra Hale por la derecha.)
Hale: Por favor, calmaos un momento.
Giles: Vos, señor Hale, entrad y pedid que yo hable.
Hale: Un momento, señor, un momento.
Giles: ¡Ahorcarán a mi mujer!
(Entra el Juez Hathorne de Salem. De unos sesenta y tantos años, es desagradable, insensible a los remordimientos.)
Hathorne: ¿Cómo os atrevéis a entrar rugiendo en esta Corte! ¿Os habéis vuelto loco, Corey?
Giles: No sois ningún juez de Boston todavía, Hathorne. ¡No me llaméis loco!
(Entra el Comisionado del Gobernador, Danforth, y, tras él, Ezequiel Cheever y Parris. Al entrar, se hace el silencio. Danforth es un hombre serio, de unos 65 años, con cierto humor y sofisticación que, sin embargo, no interfieren con su precisa lealtad a su posición y a su causa. Se aproxima a Giles, que aguarda su ira.)
Danforth (mirando directamente a Giles): ¿Quién es este hombre?
Parris: Giles Corey, señor, el litigante más...
Giles (a Parris): ¡Es a mí a quien pregunta, y soy lo bastante viejo como para contestar yo mismo! (A Danforth, quien lo impresiona y a quien sonríe a pesar de su violencia): Mi nombre es Corey, señor, Giles Corey. Tengo 200 hectáreas y además tengo madera. La que estáis condenando ahora es mi mujer. (Indica la sala de la Corte.)
Danforth: ¿Y cómo creéis que un alboroto tan despreciable puede ayudarla? Retiraos. Sólo vuestra edad os salva de la cárcel.
Giles
(comienza a alegar): Se dicen mentiras de mi mujer, señor, yo...
Danforth: ¿Es que pretendéis decidir vos qué es lo que esta Corte creerá y qué es lo que desechará?
Giles: Vuestra Excelencia, no queríamos ser irrespetuosos hacia...
Danforth: ¡Irrespetuosos decís! ¡Profanadores, señor! Esta es la más alta Corte del Superior Gobierno de esta Provincia, ¿lo sabéis?
Giles
(comenzando a llorar): Vuestra Excelencia, sólo dije que ella leía libros, señor, y vienen y se la llevan de casa por...
Danforth
(extrañado): ¡Libros! ¿Qué libros?
Giles
(entre incontenibles sollozos): Es mi tercera esposa, señor, nunca tuve una mujer tan prendada de los libros, y pensé que debía encontrar la causa de ello, comprendéis, pero no era de bruja que yo la acusaba. (Llora abiertamente) Le he quitado apoyo a esa mujer, le he quitado mi apoyo. (Se cubre la cara, avergonzado. Danforth se mantiene respetuosamente silencioso.)
Hale: Excelencia, él sostiene poseer importantes pruebas para la defensa de su mujer. Creo que, con toda justicia, deberíais...
Danforth: Pues que presente sus pruebas en declaración jurada. Conocéis bien nuestros procedimientos aquí, señor Hale.
(A Herrick): Despejad esta habitación.
Herrick: Vamos, Giles.
(Empuja suavemente a Corey fuera de la habitación.)
Francis: Estamos desesperados, señor; hace tres días que venimos y no logramos ser escuchados.
Danforth: ¿Quién es este hombre?
Francis: Francis Nurse, Vuestra Excelencia.
Hale: Su mujer, Rebecca, fue condenada esta mañana.
Danforth: ¡El mismo! Estoy sorprendido de encontraros en tal tumulto. Sólo tengo buenos informes acerca de vuestro carácter, señor Nurse.
Hathorne: Creo que ambos deberían ser arrestados por desacato, señor.
Danforth
(a Francis): Escribid vuestra defensa, y a su debido tiempo yo...
Francis: Excelencia, tenemos pruebas para vos; Dios no permita que cerréis vuestros ojos ante ellas. Las muchachas, señor, las muchachas son un fraude.
Danforth: ¿Cómo es eso?
Francis: Tenemos prueba de ello, señor. Os engañan todas ellas.
(Danforth es sacudido por esto pero observa atentamente a Francis.)
Hathorne: ¡Esto es desacato, señor, desacato!
Danforth: Calma, juez Hathorne. ¿Sabéis quien soy, señor Nurse?
Francis: Ya lo creo, señor, y creo que debéis ser un juez sabio para ser lo que sois.
Danforth: ¿Y sabéis que desde Marblehead hasta Lynn hay cerca de 400 en las cárceles, y con mi firma?
Francis: Yo...
Danforth: ¿Y 72 condenados a la horca con esa firma?
Francis: Excelencia, nunca hubiera soñado decir esto a tan importante juez, pero os están engañando.
(Entra Giles Corey por la izquierda. Todos se vuelven para ver mientras él invita a entrar a Mary Warren con Proctor. Mary mantiene la mirada en el suelo; Proctor la lleva del codo, como si ella estuviera por desplomarse.)
Parris (al verla, pasmado): ¡Mary Warren! (Va directamente a inclinarse sobre el rostro de ella): ¿Qué vienes hacer aquí?
Proctor (alejando a Parris con un suave pero firme movimiento de protección para ella): Quiere hablar con el Comisionado del Gobernador.
Danforth
(pasmado por esto, encara a Herrick): ¿No me habíais dicho que Mary Warren estaba enferma, en cama?
Herrick: Lo estaba, Vuestra Merced. Cuando fluí a buscarla para traerla ante el tribunal, la semana pasada, dijo estar enferma.
Giles: Ha estado luchando con su alma toda la semana, Vuestra Merced; viene ahora a decir la verdad de todo esto.
Danforth: ¿Quién es éste?
Proctor: John Proctor, señor. Elizabeth Proctor es mi mujer.
Parris: Cuidado con este hombre, Excelencia, este hombre es dañino.
Hale
(excitado): Creo que debéis escuchar a la chica, señor, ella...
Danforth
(quien se ha interesado mucho en Mary Warren, sólo levanta una mano hacia Hale): Calma. ¿Qué quieres decirnos, Mary Warren?
(Proctor la mira, pero ella no puede hablar.)
Proctor: Nunca vio ningún espíritu, señor.
Danforth
(con gran alarma y sorpresa, a Mary): ¡Nunca vio ningún espíritu!
Giles
(ansiosamente): Jamás.
Proctor
(hurgando en el bolsillo de su chaqueta): Ella ha firmado un testimonio, señor...
Danforth
(instantáneamente): No, no, no acepto testimonios. (Está midiendo rápidamente la situación; se vuelve a Proctor): Decidme, señor Proctor, ¿habéis diseminado la noticia en el pueblo?
Proctor: No, señor, no lo hemos hecho.
Parris: ¡Han venido a derrocar el tribunal, señor! Este hombre es...
Danforth: Os ruego, señor Parris. Sabéis, señor Proctor, que todo lo que el Estado sostiene en este caso es que el Cielo está hablando por boca de estas niñas.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth (
piensa, mirando fijamente a Proctor, y luego se vuelve a Mary Warren): Y tú, Mary Warren, ¿cómo es que te dio por acusar a las gentes culpándolas de enviar sus espíritus contra ti?
Mary: Era en broma, señor.
Danforth: No te oigo.
Proctor: Dice que era en broma.
Danforth: ¿Sí? ¿Y las demás muchachas? ¿Susanna Walcott, y... las otras? ¿También ellas bromean?
Mary: Sí, señor.
Danforth
(con ojos dilatados): ¿Realmente? (Está desorientado. Se vuelve para estudiar el rostro de Proctor.)
Parris (sudando): ¡Excelencia, no iréis a creer que una mentira tan vil puede exponerse ante el tribunal!
Danforth: Claro que no, pero me impresiona mucho que se atreva ella a venir hasta aquí mismo con tal cuento. Veamos, señor Proctor, antes de que decida si os escucharé o no, es mi deber deciros esto: es una hoguera viva la que aquí tenemos; sus llamas derriten todo fingimiento.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth: Permitidme continuar. Comprendo bien que la ternura de un marido pueda llevarlo hasta la extravagancia en defensa de su esposa. ¿Estáis íntimamente seguro, señor, de que vuestra prueba es verdad?
Proctor: Lo es. Y sin duda vos la veréis.
Danforth: ¡Y pensabais hacer esta revelación declarándola en la Corte, ante el público!
Proctor: Eso pensaba, sí... con vuestra licencia.
Danforth
(entrecerrando los ojos): Y bien, señor, ¿cuál es vuestro propósito al hacerlo?
Proctor: Pues así daría libertad a mi mujer, señor.
Danforth: ¿No acecha en parte alguna de vuestro corazón, ni se esconde en vuestro espíritu, ningún deseo de minar este tribunal?
Proctor
(con un casi imperceptible balbuceo): Pues, no, señor.
Cheever
(se aclara la garganta, “despertando”): Yo... Vuestra Excelencia.
Danforth: Señor Cheever.
Cheever: Creo que es mi deber, señor...
(Amablemente, a Proctor): No lo negarás, John. (A Danforth): Cuando fuimos a detener a su mujer, él maldijo al tribunal y rasgó la orden de arresto.
Parris: ¡Ahí lo tenéis!
Danforth: ¿Hizo eso, señor Hale?
Hale
(respira hondo): Sí, lo hizo.
Proctor: Fue un arranque, señor. No sabía lo que hacía.
Danforth
(estudiándolo): Señor Proctor.
Proctor: Sí, señor.
Danforth
(directamente a sus ojos): ¿Habéis visto alguna vez al Diablo?
Proctor: No, señor.
Danforth: ¿Sois en todos los aspectos un buen cristiano?
Proctor: Lo soy, señor.
Parris: ¡Un cristiano tal que no viene a la iglesia más que una vez al mes!
Danforth
(contenido... le pica la curiosidad): ¿No viene a la iglesia?
Proctor: Yo... no siento amor alguno por el señor Parris. No es ningún secreto. Pero a Dios sí lo amo.
Cheever: Ara la tierra los domingos, señor.
Danforth: ¡Ara los domingos!
Cheever
(disculpándose): Creo que son pruebas, John. Soy funcionario del tribunal, y no puedo callarlo.
Proctor: Yo... he arado una o dos veces en día domingo. Tengo tres hijos, señor, y hasta el año pasado mi tierra rendía poco.
Giles: A decir verdad, encontraréis otros cristianos que aran los domingos.
Hale: Vuestra Merced, no me parece que podáis juzgar al hombre en base a tal prueba.
Danforth: Nada juzgo.
(Pausa. Continúa mirando a Proctor, que trata de devolverle la mirada.) Os digo sin rodeos, señor... he visto maravillas en esta Corte. He visto ante mis ojos gente asfixiada por espíritus; los he visto atravesados por alfileres y acuchillados por dagas. No tengo, hasta este instante, la mínima razón para sospechar que las niñas me engañan. ¿Entendéis lo que quiero decir?
Proctor: Excelencia, ¿no os extraña que tantas de estas mujeres hayan vivido tanto tiempo con tan limpias reputaciones y...?
Parris: ¿Leéis el Evangelio, señor Proctor?
Proctor: Leo el Evangelio.
Parris: No os creo; pues si no, sabríais que Caín era un hombre recto, y sin embargo mató a Abel.
Proctor: Sí, es Dios quien nos dice eso.
(A Danforth.) Pero ¿quién es el que nos dice que Rebecca Nurse asesinó a siete criaturas soltando sobre ellas su espíritu? Son sólo estas chicas, y ésta jurará que os mintió.
(Danforth medita, luego llama a Hathorne. Hathorne se inclina y él le habla al oído. Hathorne asiente.)
Hathorne: Sí, es ella misma.
Danforth: Señor Proctor, esta mañana vuestra esposa me envió una petición diciendo estar encinta.
Proctor: ¡¿Mi mujer, embarazada?!
Danforth: No hay señal de ello; hemos examinado su cuerpo.
Proctor: ¡Pero si dice estar encinta, debe estarlo! Esa mujer jamás mentirá, señor Danforth.
Danforth: ¿No mentirá?
Proctor: Jamás, señor, jamás.
Danforth: Lo hemos considerado demasiado conveniente para ser creído. Sin embargo, si os dijera que la retendríamos otro mes; y que si comienza a manifestar los síntomas naturales, la tendríais viviendo aún otro año, hasta que diera a luz... ¿qué diríais de eso?
(John Proctor queda mudo.) Vamos. Decís que vuestro único propósito es salvar a vuestra mujer. Pues bien, por este año, al menos, está a salvo, y un año es largo. ¿Qué decís, señor? Trato hecho. (En conflicto consigo mismo, Proctor mira a Francis y a Giles.) ¿Levantáis vuestra acusación?
Proctor: Yo... creo que no puedo.
Danforth
(una imperceptible dureza en su voz): Vuestro propósito es, pues, algo más vasto.
Parris: ¡Ha venido a deponer el tribunal, Vuestra Señoría!
Proctor: Estos son mis amigos. Sus esposas también están acusadas...
Danforth
(de modo repentinamente vivo): No os juzgo, señor. Estoy listo para escuchar vuestra prueba.
Proctor: No vengo a dañar al tribunal; sólo...
Danforth
(cortándolo): Alguacil, entrad en la Corte y decid al Juez Stoughton y al Juez Sewall que pasen a cuarto intermedio por una hora. Y que vayan a la taberna, si lo desean. Todos los testigos y prisioneros quedarán en el edificio.
Herrick: Sí, señor.
(Con gran deferencia.) Si se me permite decirlo así, señor, he conocido a este hombre toda mi vida. Es un hombre bueno, señor.
Danforth
(lo que le molesta es cómo eso se refleja en él mismo): No me caben dudas, alguacil. (Herrick asiente y sale.) Ahora bien, ¿qué testimonio tenéis para nosotros, señor Proctor? Y os ruego ser claro, limpio como el Cielo y honesto.
Proctor
(extrayendo algunos papeles): No soy abogado, y trataré...
Danforth: Los líos de corazón no necesitan abogado. Continuad a vuestro gusto.
Proctor
(entregando un papel a Danforth): ¿Queréis leer esto primero, señor? Es una especie de testimonio. La gente que lo firma declara su buena opinión sobre Rebecca y mi esposa y Martha Corey. (Danforth mira el papel.)
Parris (tratando de aprovechar el sarcasmo de Danforth): ¡Su buena opinión! (Pero Danforth sigue leyendo y Proctor se siente alentado.)
Proctor: Estos son todos agricultores propietarios, miembros de la Iglesia. (Con delicadeza, tratando de señalar un párrafo): Si observáis, señor... han conocido a las mujeres por muchos años y jamás vieron señales de que hubiesen tratado con el Diablo.
(Parris se acerca nerviosamente y lee por sobre el hombro de Danforth.)
Danforth (examinando una larga lista): ¿Cuántos nombres hay aquí?
Francis: 91, Excelencia.
Parris
(sudando): Esta gente debiera ser convocada. (Danforth lo mira, interrogante.) Para interrogarlos.
Francis
(temblando de ira): Señor Danforth, les he dado a todos mi palabra de que ningún mal les ocurriría por firmar esto.
Parris: ¡Esto es claramente un ataque al tribunal!
Hale
(a Parris, tratando de contenerse): ¿Es que toda defensa es un ataque al tribunal? ¿Es que nadie puede...?
Parris: Toda aquella gente que es inocente y cristiana se alegra de que haya tribunales en Salem. En cambio, esta gente está triste.
(A Danforth directamente.) Y creo que queréis saber de boca de todos y cada uno de ellos, qué es lo que de vos no les place.
Hathorne: Creo que debieran ser examinados, señor.
Danforth: No es necesariamente un ataque, creo. Sin embargo...
Francis: Son todos cristianos devotos, señor.
Danforth: Entonces estoy seguro de que nada tendrán que temer.
(Entrega el papel a Cheever.) Señor Cheever, haced extender órdenes de arresto para todos éstos, arrestos para indagatoria. (A Proctor.) Ahora bien, señor, ¿qué otra información tenéis para nosotros? (Francis, horrorizado, está aún de pie.) Podéis sentaros, señor Nurse.
Francis: He traído trastornos para esta gente: yo he...
Danforth: No, abuelo, no habéis herido a esta gente si son de buena moral. Pero debéis entender, señor, que una persona está con este tribunal o si no, debe considerarse que está en su contra, no hay términos medios
[la negrita es mía]. Este es un momento bien definido, un momento preciso... ya no vivimos en el oscuro atardecer en que el mal se mezclaba con el bien y confundían al mundo. Ahora, gracias a Dios, ha salido el sol radiante y aquellos que no temen la luz, sin duda lo alabarán. Espero que seréis uno de ellos. (Mary Warren de pronto solloza.) Por lo que veo, no se siente bien.
Proctor: No, no está bien, señor.
(A Mary, inclinándose hacia ella, teniéndole la mano, con calma.) Recuerda ahora lo que el ángel Rafael le dijo a Tobías, recuérdalo.
Mary
(casi inaudible): Sí...
Proctor: “Sólo harás el bien y ningún mal recaerá sobre ti”.
Mary: Sí.
Danforth: Vamos, hombre, os aguardamos.
(Vuelve el alguacil Herrick y retoma su puesto junto a la puerta.)
Giles: Mi testimonio, John, entrégale el mío.
Proctor: Sí.
(Le entrega otro papel a Danforth.) Este es el testimonio del señor Corey.
Danforth: Ah, ¿sí?
(Lo examina. Hathorne se acerca desde atrás y lee con él.)
Hathorne (suspicazmente): ¿Qué abogado redactó esto, Corey?
Giles: Bien sabéis que jamás tomé un abogado en mi vida, Hathorne.
Danforth
(terminando de leer): Muy bien escrito. Felicitaciones. Señor Parris, si el señor Putnam está en la Corte, ¿tendríais a bien traerlo? (Hathorne toma el testimonio y va hacia la ventana. Parris va a la sala del tribunal.) ¿No tenéis ninguna preparación legal, señor Corey?
Giles
(muy orondo): La mejor, señor... 33 veces he estado ante tribunales en mi vida. Y siempre he sido el demandante.
Danforth: Ah, entonces sois muy irritable.
Giles: No soy irritable; conozco mis derechos, señor, y los haré valer. Sabéis, vuestro padre juzgó un caso mío... quizás haga ya 35 años de ello, creo.
Danforth: Ah, ¿sí?
Giles: ¿Nunca os habló de ello?
Danforth: No, no puedo recordarlo.
Giles: Es raro; me dio 9 libras por daños. Era un juez justo, vuestro padre. Porque veréis: tenía yo una yegua blanca entonces y un tipo vino a que le preste la yegua...
(Entra Parris con Thomas Putnam. Cuando ve a Putnam, Giles pierde su desembarazo; se pone duro.) Ah, ahí está.
Danforth: Señor Putnam, tengo aquí una acusación del señor Corey en contra vuestra. Declara que fríamente habéis incitado a vuestra hija a acusar de brujería a George Jacobs quien está ahora en la cárcel.
Putnam: Es mentira.
Danforth
(volviéndose a Giles): El señor Putnam afirma que vuestro cargo es falso. ¿Qué respondéis a eso?
Giles
(furioso, sus puños crispados): ¡Un pedo para Thomas Putnam, eso es lo que respondo!
Danforth: ¿Qué prueba presentáis con vuestra acusación, señor?
Giles: ¡Ahí está mi prueba!
(Señalando el papel.) Si Jacobs es colgado por brujo, pierde derecho a sus propiedades... ¡esa es la ley! Y no hay nadie más que Putnam con dinero para comprar semejante extensión. ¡Este hombre mata a sus vecinos por sus tierras!
Danforth: ¡Pero la prueba, señor, la prueba!
Giles
(señalando su testimonio): ¡La prueba está ahí! ¡La obtuve de un hombre honesto que oyó decirlo así a Putnam! El día que su hija acusó a Jacobs, dijo que con eso ella le había hecho un buen regalo de tierras.
Hathorne: ¿Y el nombre de este hombre?
Giles
(sorprendido): ¿Qué nombre?
Hathorne: Del hombre que os dio tal información.
Giles
(duda): Pues, yo... no puedo daros su nombre.
Hathorne: ¿Y por qué no?
Giles
(duda, luego explota): ¡Vos sabéis bien por qué no! ¡Irá a parar a la cárcel si os doy su nombre!
Hathorne: ¡Esto es desacato al tribunal, señor Danforth!
Danforth
(para evitar eso): Sin duda, nos diréis su nombre.
Giles: No os daré ningún nombre. Mencioné el nombre de mi mujer una vez y ya por ello arderé bastante en el Infierno. Me quedo mudo.
Danforth: En ese caso, no tengo más alternativa que arrestaros por desacato a la Corte, ¿sabéis eso?
Giles: Esto es una audiencia; no podéis encerrarme por desacato a una audiencia.
Danforth: ¡Ah, es un buen abogado! ¿Deseáis que declare al tribunal en sesión aquí mismo? ¿O me responderéis debidamente?
Giles
(vacilante): No puedo daros ningún nombre, señor, no puedo.
Danforth: Sois un viejo tonto. Señor Cheever, comenzad el acta. La Corte está en sesión. Os pregunto, señor Corey...
Proctor
(entrometiéndose): Vuestra Honorabilidad... le han dado la historia confidencialmente, señor, y él...
Parris: ¡El Diablo participa de tales confidencias!
(A Danforth): ¡Sin confidencias no habría conspiración, Vuestra Merced!
Hathorne: Creo que hay que destruirla, señor.
Danforth
(a Giles): Viejo, si vuestro informante dice la verdad, que venga aquí, abiertamente, como un hombre decente. Mas si se esconde en el anonimato, debo saber por qué. Y bien, señor, el gobierno y la Iglesia central os exigen el nombre de quien denunció al señor Thomas Putnam como vulgar asesino.
Hale: Excelencia...
Danforth: Señor Hale.
Hale: No podemos continuar ignorándolo. En la comarca hay un inmenso temor a este tribunal...
Danforth: Entonces hay una inmensa culpa en la comarca. ¿Tenéis vos miedo de ser interrogado aquí?
Hale: Yo sólo puedo temer al Señor, Excelencia, pero con todo, hay miedo en la comarca.
Danforth
(iracundo ahora): ¡No me reprochéis el miedo en la comarca! ¡En la comarca hay miedo porque en la comarca hay una conspiración en marcha para derrocar a Cristo!
Hale: Pero eso no quiere decir que todo aquel que sea acusado forma parte de ella.
Danforth: ¡Ningún hombre incorrupto puede temer a este tribunal, señor Hale! ¡Ninguno!
(A Giles): Estáis arrestado por desacato a este tribunal. Ahora sentaos y consultad con vos mismo, o seréis enviado a la cárcel hasta tanto decidáis contestar a todas las preguntas.
(Giles Corey se lanza hacia Putnam. Proctor se arroja y lo contiene.)
Proctor: ¡No, Giles!
Giles
(por sobre el hombro de Proctor, a Putnam): ¡Te cortaré el pescuezo, Putnam, todavía voy a matarte!
Proctor
(forzándolo a sentarse): Paz, Giles, paz. (Lo suelta.) Les probaremos nuestra veracidad. Ahora sí. (Comienza a tornarse hacia Danforth.)
Giles: No digas nada más, John. (Señalando a Danforth): ¡Sólo juega contigo! ¡Su intención es ahorcarnos a todos!
(Mary Warren prorrumpe en sollozos.)
Danforth: Esto es una corte de justicia, señor. ¡No permitiré afrentas aquí!
Proctor: Perdonadlo, señor, por su edad. Paz, Giles, ahora lo probaremos todo.
(Levanta el mentón de Mary.) No puedes llorar, Mary. Recuerda al ángel, lo que le dijo al niño. Aférrate a ello ahora, ahí está tu salvación. (Mary se tranquiliza. Él extrae un papel y se vuelve a Danforth.) Este es el testimonio de Mary Warren. Yo... yo os pediría que recordéis, señor, al leerlo, que hasta hace dos semanas ella no era diferente de como son hoy las otras niñas. (Habla razonablemente, conteniendo todos sus temores, su ira, su ansiedad.) La visteis gritar, aulló, juró que espíritus familiares la sofocaban; hasta atestiguó que Satán, bajo la forma de mujeres que ahora están en la cárcel, trató de ganar su alma y luego, cuando ella rehusó...
Danforth: Sabemos todo eso.
Proctor: Sí, señor. Ella jura ahora que jamás vio a Satán; ni espíritu alguno, vago o nítido, que haya podido mandar Satán para herirla. Y declara que sus amigas mienten ahora.
(Proctor se adelanta a darle el testimonio a Danforth, cuando Hale se acerca a éste, tembloroso.)
Hale: Excelencia, un momento. Creo que esto va al nudo de la cuestión.
Danforth
(con profunda aprensión): Sin lugar a dudas.
Hale: No puedo decir si es un hombre honesto; lo conozco poco. Pero en honor a la justicia, señor, una demanda de tanto peso no puede ser argüida por un campesino. Por amor de Dios, señor, deteneos aquí; enviadlo a casa y que regrese con un abogado...
Danforth
(pacientemente): Escuchad, señor Hale...
Hale: Excelencia, he firmado 72 sentencias de muerte; soy un ministro del Señor y no me atrevo a tomar una vida sin que haya una prueba tan inmaculada que no la ponga en duda ni el menor escrúpulo de conciencia.
Danforth: Señor Hale, me imagino que no dudáis de mi justicia.
Hale: He condenado esta mañana, con mi firma, el alma de Rebecca Nurse, Vuestra Honorabilidad. ¡No quiero ocultarlo, mi mano aun tiembla como si estuviese herida! Os ruego, señor, este alegato dejad que sean abogados quienes lo presenten.
Danforth: Señor Hale, creedme; para ser un hombre tan grandemente ilustrado, estáis muy confundido... espero me disculpéis. He estado 32 años en el foro, señor, y me sentiría azorado si me llamasen a defender a esta gente. Considerad ahora...
(a Proctor y los otros): y os ruego que hagáis lo mismo. En un crimen ordinario, ¿cómo hace uno para defender al acusado? Uno llama testigos para probar su inocencia. Pero la brujería es ipso facto, por sus rasgos y su naturaleza, un crimen invisible, ¿no es así? Por consiguiente, ¿quién puede lógicamente ser testigo de él? La bruja y la víctima. Nadie más. Ahora, no podemos esperar que la bruja se acuse a sí misma, ¿conforme? Por consiguiente debemos fiarnos de sus víctimas. Y ellas sí que dan fe, las niñas ciertamente dan fe. En cuanto a las brujas, nadie negará que estamos extremadamente ansiosos por todas sus confesiones. Por consiguiente, ¿qué es lo que le queda a un abogado por demostrar? Creo haberme explicado, ¿no es así?
Hale: Pero esta joven sostiene que las muchachas no son veraces y si no lo son...
Danforth: Eso es precisamente lo que estoy por considerar, señor. ¿Qué más podéis pedir de mí? ¡A menos que dudéis de mi probidad!
Hale
(derrotado): ¡Es claro que no, señor! Consideradlo, pues.
Danforth: Y vos tranquilizad vuestros temores. Ese testimonio, señor Proctor.
(Proctor se lo entrega. Hathorne se levanta, se ubica al lado de Danforth y comienza a leer. Parris se ubica del otro lado. Danforth mira a John Proctor y comienza a leer. Hale se levanta, busca un sitio junto al Juez y lee también. Proctor mira a Giles. Francis reza en silencio, las manos juntas. Cheever aguarda plácidamente, en el papel del sublime funcionario cumplidor. Mary Warren solloza una vez. John Proctor le toca la cabeza, tranquilizador. Ahora Danforth levanta la vista, se pone de pie, extrae un pañuelo y se suena la nariz. Los demás se hacen a un lado, mientras él se acerca pensativo a la ventana.)
Parris (a duras penas conteniendo su ira y miedo): Yo quisiera interrogar...
Danforth
(primer arranque verdadero en el cual no quedan dudas de su desprecio por Parris): ¡Señor Parris, os mando que os calléis! (Queda en silencio, mirando por la ventana. Habiendo establecido que él marcará el paso): Señor Cheever, ¿queréis entrar en la Corte y traer aquí a las niñas? (Cheever se levanta y sale por el foro. Danforth se vuelve a Mary): Mary Warren, ¿cómo has venido a dar semejante vuelco? ¿Te ha amenazado el señor Proctor para conseguir este testimonio?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Te amenazó alguna vez?
Mary
(más débil): No, señor.
Danforth
(percibiendo un debilitamiento): ¿Te amenazó?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Me dices, entonces, que has comparecido ante mi tribunal mintiendo fríamente mientras sabías que, por esa declaración, gente sería colgada? (Ella no contesta.) ¡Respóndeme!
Mary
(casi inaudible): Sí, señor.
Danforth: ¿Cómo te han instruido en tu vida? ¿No sabes que Dios condena a todos los mentirosos?
(Ella no puede hablar.) ¿O es ahora cuando mientes?
Mary: No, señor... Estoy con Dios ahora.
Danforth: Estás con Dios ahora.
Mary: Sí, señor.
Danforth
(conteniéndose): Te diré esto... O mientes ahora, o mentías en la Corte, y en cualquier caso has incurrido en perjurio y por ello irás a la cárcel. No puedes decir con tanta ligereza que mentiste, Mary. ¿Sabes eso?
Mary: No puedo mentir más. Estoy con Dios, estoy con Dios.
(Pero prorrumpe en sollozos al pensarlo, y se abre la puerta derecha por la que entran Susanna Walcott, Mercy Lewis, Betty Parris y, finalmente, Abigail. Cheever se acerca a Danforth.)
Cheever: Ruth Putnam no está en la Corte, señor, ni tampoco las otras niñas.
Danforth: Estas serán suficientes. Sentaos, niñas.
(Se sientan en silencio.) Vuestra amiga, Mary Warren nos ha dado un testimonio. En el cual ella jura que jamás vio demonios familiares, aparecidos, ni ninguna otra manifestación del Diablo. Además sostiene que ninguna de vosotras ha visto estas cosas, tampoco. (Breve pausa.) Y bien, niñas, éste es un tribunal de justicia. La ley, basada en la Biblia, y la Biblia escrita por Dios Todopoderoso, prohíben la práctica de la brujería y señalan la muerte como la pena correspondiente. Pero del mismo modo, niñas, la ley y la Biblia condenan a todo portador de falso testimonio. (Breve pausa.) Bien. No dejo de percibir que este testimonio pudo haber sido ideado para cegarnos; puede muy bien ser que Mary Warren haya sido conquistada por Satán, quien la manda aquí para distraernos de nuestro sagrado propósito. Si es así, su cuello pagará por ello. Pero si dice la verdad, deponed vuestra fábula, os ruego, y confesad vuestra simulación, pues una confesión rápida os será de más leves consecuencias. (Pausa.) Abigail Williams, levántate. (Abigail se levanta lentamente.) ¿Hay algo de verdad en esto?
Abigail: No, señor.
Danforth
(piensa, mira a Mary, luego nuevamente a Abigail): Niñas, una sonda omnividente será introducida en vuestras almas hasta que vuestra honestidad sea probada. ¿Alguna de vosotras quiere cambiar de idea ahora, o queréis forzarme a un duro interrogatorio?
Abigail: Nada tengo que cambiar, señor. Ella miente.
Danforth
(a Mary): ¿Quieres aún continuar con esto?
Mary
(débilmente): Sí, señor.
Danforth
(volviéndose a Abigail): En la casa del señor Proctor se descubrió un muñeco, atravesado por una aguja. Mary Warren sostiene que tú estabas sentada junto a ella en la Corte cuando ella lo hizo, y que tú la viste hacerlo y presenciaste cómo ella misma introdujo su aguja en el muñeco, para guardarla allí. ¿Qué tienes que decir a esto?
Abigail
(con una leve nota de indignación): Es mentira, señor.
Danforth
(luego de una breve pausa): Mientras trabajabas para el señor Proctor, ¿viste algún muñeco en la casa?
Abigail: La señora Proctor siempre tuvo muñecos.
Proctor: Vuestra Honorabilidad, mi mujer nunca tuvo muñecos. Mary Warren confiesa que ese muñeco era suyo.
Cheever: Vuestra Excelencia.
Danforth: ¡Señor Cheever!
Cheever: Cuando hablé con la señora Proctor en esa casa, ella dijo que nunca tenía muñecos. Pero dijo que sí los tuvo cuando era niña.
Proctor: Vuestra Merced, hace 15 años que ella dejó de ser niña.
Hathorne: Pero un muñeco se conserva 15 años, ¿no es así?
Proctor: ¡Se conserva si se lo conserva! Pero Mary Warren jura que nunca vio muñecos en mi casa, como no los vio nadie.
Parris: ¿Por qué no podía haber muñecos escondidos en donde nadie los viera?
Proctor
(furioso): Puede también haber un dragón con cinco patas en mi casa, pero nadie lo ha visto.
Parris: Nosotros estamos aquí, Vuestra Excelencia, precisamente para descubrir aquello que nadie ha visto.
Proctor: Señor Danforth, ¿qué puede ganar esta niña desmintiéndose? ¿Qué puede ganar Mary Warren más que un duro interrogatorio o algo peor?
Danforth: Estáis acusando a Abigail Williams de un fabuloso y frío plan de asesinato, ¿entendéis eso?
Proctor: Lo entiendo, señor. Creo que asesinar es lo que se propone.
Danforth
(señalando a Abigail, incrédulo): ¿Esta niña asesinaría a vuestra esposa?
Proctor: No es una niña. Escuchadme, señor. A la vista de la congregación ella fue echada dos veces de la capilla, este año, por reír durante la oración.
Danforth
(sacudido, volviéndose a Abigail): ¿Qué es esto? ¡Reír durante...!
Parris: Excelencia, ella estaba bajo el influjo de Títuba entonces, pero ahora guarda compostura.
Giles: ¡Sí, ahora guarda compostura y sale a ahorcar gente!
Danforth: Silencio, hombre.
Hathorne: Por cierto no tiene peso en este asunto, señor. Designio de asesinato es lo que denuncia.
Danforth: Sí.
(Estudia a Abigail un momento y luego): Continuad, señor Proctor.
Proctor: Mary. Dile ahora al Gobernador cómo bailasteis en el bosque.
Parris
(instantáneamente): Excelencia, desde que llegué a Salem este hombre ha estado ensuciando mi nombre. El...
Danforth: Un momento, señor.
(A Mary Warren, severamente y sorprendido.) ¿Qué es esto del baile?
Mary: Yo...
(Echa una ojeada a Abigail, quien la mira fijamente, sin remordimiento. Luego, suplicante, a Proctor.) Señor Proctor...
Proctor
(yendo al grano): Abigail lleva a las muchachas al bosque, Vuestra Merced, y ahí han bailado desnudas...
Parris: Vuestra Merced, esto...
Proctor
(inmediatamente): El señor Parris las descubrió, él mismo, al morir la noche. ¡He ahí la “niña” que es ella!
Danforth
(esto se está convirtiendo en una pesadilla y él se vuelve, asombrado, a Parris): Señor Parris...
Parris: Sólo puedo decir, señor, que jamás encontré a ninguna de ellas desnuda, y que este hombre es...
Danforth: Pero, ¿las descubristeis bailando en el bosque?
(Con los ojos fijos en Parris, señala a Abigail.) ¿Abigail?
Hale: Excelencia, cuando recién llegué de Beverly, el señor Parris me lo había dicho.
Danforth: ¿Lo negáis, señor Parris?
Parris: No lo niego, señor, pero jamás vi a ninguna de ellas desnuda.
Danforth: ¿Pero ella ha bailado?
Parris
(sin voluntad): Sí, señor.
(Danforth, como con ojos diferentes, mira a Abigail.)
Hathorne: Excelencia, ¿me permitís? (Señala a Mary Warren.)
Danforth (con gran preocupación): Os ruego, proceded.
Hathorne: Dices que no has visto ningún espíritu, Mary, que nunca has sido amenazada ni aquejada por ninguna manifestación del Diablo o de los enviados del Diablo.
Mary
(muy débilmente): No, señor.
Hathorne
(con aire de triunfo): Y sin embargo, cuando la gente acusada de brujerías te enfrentaba ante la Corte, tú te desmayabas diciendo que sus espíritus salían de sus cuerpos y te sofocaban...
Mary: Era fingido, señor.
Danforth: No puedo oírte.
Mary: Fingido, señor.
Parris: Pero en realidad te helaste, ¿no es cierto? Yo mismo te levanté muchas veces y tu piel estaba helada. Señor Danforth, vos...
Danforth: He visto eso muchas veces.
Proctor: Ella sólo fingía desmayarse, Excelencia. Son todas maravillosas simuladoras.
Hathorne: Entonces, ¿puede fingir desmayarse ahora?
Proctor: ¿Ahora?
Parris: ¿Por qué no? Ahora no hay espíritus que la ataquen, pues nadie en esta habitación está acusado de brujería. Pues que se torne fría ahora, que finja ser acosada ahora, que se desmaye.
(Volviéndose a Mary Warren.) ¡Desmáyate!
Mary: ¿Que me desmaye?
Parris: Sí, desmáyate. Pruébanos cómo fingías tantas veces ante el tribunal.
Mary
(mirando a Proctor): No... no puedo desmayarme ahora, señor.
Proctor
(alarmado, con calma): ¿No puedes fingirlo?
Mary: Yo...
(Pareciera buscar la pasión necesaria para desvanecerse.) No... no lo siento ahora... yo...
Danforth: ¿Por qué? ¿Qué es lo que falta ahora?
Mary: Yo... no podría decirlo, señor, yo...
Danforth: ¿Podría ser que aquí no tenemos ningún espíritu maligno suelto, pero que en la Corte había algunos?
Mary: Nunca vi ningún espíritu.
Parris: Entonces no veas espíritus ahora, y pruébanos que puedes desmayarte por tu propia voluntad, como sostienes.
Mary
(Clava la mirada, buscando la emoción necesaria, y sacude la cabeza): No... no puedo hacerlo.
Parris: Entonces confesarás, ¿no es cierto? ¡Eran espíritus malignos los que te hicieron desmayar!
Mary: No, señor, yo...
Parris: ¡Vuestra Excelencia, ésta es una treta para cegar a la Corte!
Mary: ¡No es una treta!
(Se pone de pie.) Yo... yo sabía desmayarme porque... yo creía ver espíritus.
Danforth: ¡Creías verlos!
Mary: Pero no los vi, Vuestra Honorabilidad.
Hathorne: ¿Cómo podías creer verlos si no los veías?
Mary: Yo... yo no sé cómo, pero creí. Yo... oí a las otras chicas gritar, y a vos, Excelencia, vos parecíais creerles y yo... Era jugando, al principio, señor, pero luego todo el mundo gritaba espíritus, espíritus, y yo... yo os aseguro, señor Danforth, yo sólo creí que los veía, pero no los vi.
(Danforth la mira escrutadoramente.)
Parris (sonriente, pero nervioso porque Danforth parece conmovido por el relato de Mary Warren): Sin duda Vuestra Excelencia no se dejará engañar por esta simple mentira.
Danforth
(tornándose, preocupado, hacia Abigail): Abigail. Te ruego que escudriñes tu corazón y me digas lo siguiente -y cuidado, criatura, que para Dios cada alma es preciosa y su venganza es terrible para aquellos que quitan la vida sin causa-. Sería posible, hija, que los espíritus que tú hayas visto sean sólo ilusión, algún engaño que te haya cruzado la mente cuando...
Abigail: ¡Vamos...! Esto... esto es una pregunta ruin.
Danforth: Niña, quisiera que la considerases...
Abigail: He sido herida, señor Danforth; he visto manar mi sangre. Casi he sido asesinada, día a día, por haber cumplido mi deber de señalar a los adictos del Diablo... ¿y ésta es mi recompensa? Ser sospechada, negada, interrogada como una...
Danforth
(debilitándose): Hija, yo no desconfío de ti...
Abigail
(en abierta amenaza): Cuidaos vos mismo, señor Danforth. ¿Os creéis tan fuerte que el poder del Infierno no puede desarreglar vuestro juicio? ¡Cuidado! Allí hay... (súbitamente, de una actitud acusadora, su cara se vuelve, y mira al aire, hacia arriba; está verdaderamente asustada).
Danforth (con aprensión): ¿Qué es, criatura?
Abigail
(paseando la mirada por el aire, abrazándose a sí misma, como si sufriese un escalofrío): Yo... no sé. Una brisa, una brisa helada ha venido. (Sus ojos van a parar a Mary Warren.)
Mary (horrorizada, suplicante): ¡Abby!
Mercy
(temblando): ¡Vuestra Excelencia, me hielo!
Proctor: ¡Están fingiendo!
Hathorne
(tocando la mano de Abigail): ¡Está fría, Vuestra Honorabilidad, tocadla!
Mercy
(a través de sus dientes que castañetean): Mary, ¿eres tú quien me envía esta sombra?
Mary: ¡Señor, sálvame!
Susanna: ¡Me hielo, me hielo!
Abigail
(temblando visiblemente): ¡Una brisa, es una brisa!
Mary: ¡Abby, no hagas eso!
Danforth
(él mismo envuelto y ganado por Abigail): Mary Warren, ¿la embrujas tú? ¡Te pregunto! ¿Tú le pasas tu espíritu?
(Con un grito histérico, Mary Warren comienza a correr, Proctor la agarra.)
Mary (casi desplomándose): Dejadme ir, señor Proctor, no puedo, no puedo...
Abigail
(gritando al cielo): ¡Oh, Padre Celestial, quítame esta sombra!
(Sin previo aviso, resueltamente, Proctor salta hacia Abigail, que está encogida, y tomándola de los cabellos la incorpora. Ella grita de dolor. Danforth, asombrado, grita: “¿Qué creéis que estáis haciendo?” y Hathorne y Parris, a su vez, “¡Quitadle las manos de encima!”, y de todo esto surge la rugiente voz de Proctor.)
Proctor: ¡Cómo te atreves a llamar al Cielo! ¡Ramera! ¡Ramera!
(Herrick separa a Proctor de ella.)
Herrick: ¡John!
Danforth: ¡Hombre! Hombre, qué es lo que...
Proctor
(sin aliento y agonizante): ¡Es una ramera!
Danforth
(alelado): ¿Acusáis...?
Abigail: ¡Señor Danforth, él miente!
Proctor: ¡Miradla! Ahora buscará un grito para apuñalarme con él, pero...
Danforth: ¡Probaréis esto! ¡Esto no pasará!
Proctor
(temblando, su vida derrumbándose a su alrededor): Yo la he conocido, señor, yo la he conocido.
Danforth: Vos... ¿Vos sois libertino?
Francis
(horrorizado): John, tú no puedes decir tal...
Proctor: ¡Oh, Francis, quisiera que tuvieses algo de malo en ti, para que me conocieras!
(A Danforth): Un hombre no echa a pique su buena reputación. Vos bien lo sabéis.
Danforth
(alelado): ¿En... qué momento? ¿Dónde?
Proctor
(su voz a punto de quebrarse, grande su vergüenza): En el sitio apropiado... donde se acuestan mis animales. En la noche que puso fin a mi alegría, hace unos 8 meses. Ella entonces me servía, señor, en casa. (Tiene que apretar los dientes para no llorar.) Un hombre puede creer que Dios duerme, pero Dios lo ve todo, ahora lo sé. Os ruego, señor, os ruego... vedla tal como es. Mi mujer, mi buena y amada esposa, poco después tomó a esta muchacha y la echó a la calle. Y siendo como es, un terrón de vanidad, señor... (Está agobiado.) Perdonadme, Excelencia, perdonadme. (Enojado consigo mismo, vuelve la espalda al Comisionado por un momento. Luego, como si el grito fuese el único medio de expresión que le quedase.) ¡Pretende bailar conmigo sobre la tumba de mi mujer! Y bien podría, puesto que fluí blando con ella. Dios me ayude, obedecí a la carne y en esos sudores queda hecha una promesa. Pero es la venganza de una ramera, y así tenéis que verlo; me pongo enteramente en vuestras manos. Sé que ahora habréis de verlo.
Danforth
(pálido, horrorizado, volviéndose a Abigail): ¿Niegas esto, palabra por palabra, hasta el último ápice?
Abigail: ¡Si debo contestar a eso, me retiraré y no regresaré!
(Danforth parece inseguro.)
Proctor: ¡He hecho de mi honor una campana! He tañido la ruina de mi reputación. ¡Me creeréis a mí, señor Danforth! ¡Mi mujer es inocente, sólo que reconocía a una ramera cuando la veía!
Abigail
(adelantándose a Danforth): ¡Qué mirada es la vuestra! (Danforth no puede hablar.) ¡No permitiré tales miradas! (Se vuelve y se encamina hacia la puerta.)
Danforth: ¡Permanecerás en donde estás! (Herrick le corta el paso. Ella se detiene junto a él, sus ojos despiden fuego.) Señor Parris, id a la Corte y traed a la señora Proctor.
Parris
(objetando): Vuestra Excelencia, todo esto es...
Danforth
(bruscamente, a Parris): ¡Traedla! Y no le digáis una palabra de lo que aquí se ha hablado. Y golpead antes de entrar. (Parris sale.) Ahora tocaremos fondo en este pantano. (A Proctor.) Vuestra mujer, decís, es honesta.
Proctor: En su vida jamás ha mentido, señor. Hay quienes no pueden cantar, y quienes no pueden llorar... mi mujer no puede mentir. Mucho he pagado para aprenderlo, señor.
Danforth: Y cuando ella echó a esta muchacha de vuestra casa, ¿la echó por ramera?
Proctor: Sí, señor.
Danforth: ¿Y sabía que era una ramera?
Proctor: Sí, señor, sabía que era una ramera.
Danforth: Bien, pues.
(A Abigail): ¡Y si también ella me dice que fue por eso, criatura, quiera Dios apiadarse de ti! (Alguien golpea. Hacia la puerta): ¡Un momento! (A Abigail): De espaldas, de espaldas. (A Proctor): Haced lo mismo. (Ambos se vuelven de espaldas. Abigail con indignada lentitud.) Ahora, ninguno de vosotros miréis a la señora Proctor. Nadie en esta habitación dirá una palabra, ni hará un gesto de sí o de no. (Se vuelve hacia la puerta y llama): ¡Entrad! (Se abre la puerta. Entra Elizabeth con Parris, Parris la deja. Queda ella sola, sus ojos buscando los de Proctor.) Señor Cheever, tomad nota de esta declaración con toda exactitud. ¿Estáis listo?
Cheever: Listo, señor.
Danforth: Aproxímate, mujer.
(Elizabeth se le acerca echando una mirada hacia Proctor, que está de espaldas.) Mírame sólo a mí, no a tu marido. Sólo a mis ojos.
Elizabeth
(débilmente): Bien, señor.
Danforth: Se nos ha hecho presente que en cierta ocasión, despediste a tu sirvienta Abigail Williams.
Elizabeth: Es verdad, señor.
Danforth: ¿Por qué causa la echaste?
(Breve pausa. Luego Elizabeth trata de mirar a Proctor.) Mirarás sólo a mis ojos y no a tu marido. La respuesta está en tu memoria y no necesitas ayuda para dármela. ¿Por qué echaste a Abigail Williams?
Elizabeth
(sin saber qué decir, presintiendo algo, se humedece los labios para ganar tiempo): Ella... no me satisfacía. (Pausa.) Ni a mi marido.
Danforth: ¿Por qué no te satisfacía?
Elizabeth: Ella era...
(Mira a Proctor en busca de una clave.)
Danforth: ¡Mujer, mírame a mí! (Elizabeth lo hace.) ¿Era despilfarradora? ¿Haragana? ¿Qué inconvenientes causó?
Elizabeth: Vuestra Excelencia, yo... para esa época estaba enferma. Y yo... Mi marido es un hombre bueno y recto. Nunca se emborracha como otros, ni pierde su tiempo jugando al tejo, sino que siempre trabaja. Pero durante mi enfermedad..., comprendéis, señor, yo estuve enferma largo tiempo después de tener mi último niño y creí ver que mi marido se alejaba algo de mí. Y esta muchacha...
(se vuelve a Abigail.)
Danforth: Mírame a mí.
Elizabeth: Sí, señor. Abigail Williams...
(No puede continuar.)
Danforth: ¿Qué hay con Abigail Williams?
Elizabeth: Llegué a creer que ella le gustaba. Y así una noche perdí el juicio, creo, y la puse en la calle.
Danforth: Tu marido... ¿se alejó realmente de ti?
Elizabeth
(torturada): Mi marido... es un hombre de bien, señor.
Danforth: Entonces, ¿no se apartó de ti?
Elizabeth
(comenzando a mirar a Proctor): El...
Danforth
(extiende un brazo y tomándole la cara): ¡Mírame a mí! ¿Sabes tú si John Proctor cometió alguna vez el crimen de libertinaje? (En una crisis de indecisión, ella no puede hablar.) ¡Contéstame! ¿Es tu marido un libertino?
Elizabeth
(débilmente): No, señor.
Danforth: Llevadla, alguacil.
Proctor: ¡Elizabeth, di la verdad!
Danforth: Ha declarado. ¡Llevadla!
Proctor
(gritando): ¡Elizabeth, lo he confesado!
Elizabeth: ¡Oh, Dios!
(La puerta se cierra tras ella.)
Proctor: ¡Ella sólo pensaba en salvar mi nombre!
Hale: Excelencia, es una mentira comprensible; os ruego, deteneos ahora antes de que otro sea condenado. Ya no puedo acallar a mi conciencia... ¡La venganza personal se infiltra en este proceso! Desde el principio este hombre me impresionó como sincero. Por mi voto al Cielo, le creo ahora, y os ruego que volváis a llamar a su mujer antes de que nosotros...
Danforth: Nada dijo de libertinaje y este hombre ha mentido.
Hale: ¡Yo le creo!
(Señalando a Abigail): ¡Esta muchacha siempre me impresionó como falsa! Ella ha...
Abigail
(con un grito extraño, salvaje, escalofriante, chilla hacia el techo): ¡No! ¡No lo harás! ¡Fuera! ¡Fuera te digo!
Danforth: ¿Qué es, criatura?
(Pero Abigail, señalando asustada, levanta sus ojos, su cara despavorida hacia el techo -las muchachas hacen lo mismo- y ahora Hathorne, Hale, Putnam, Cheever, Herrick y Danforth hacen lo mismo.) ¿Qué es lo que hay allí? (El aparta la mirada del techo y ahora está asustado; hay verdadera tensión en su voz): ¡Criatura! (Ella está transfigurada; lloriquea con todas las muchachas, la boca abierta, fija en el techo la mirada.) ¡Chicas! ¿Por qué hacéis...?
Mercy
(señalando): ¡En la viga! ¡Detrás del travesaño!
Danforth
(mirando hacia arriba): ¡Dónde!
Abigail: ¿Por qué...?
(Traga saliva.) ¿Por qué vienes, pájaro amarillo?
Proctor: ¿Dónde está el pájaro? ¡Yo no veo ningún pájaro!
Abigail
(hacia el techo): ¿Mi cara? ¿Mi cara?
Proctor: Señor Hale...
Danforth: ¡Callaos!
Proctor
(A Hale): ¿Veis algún pájaro?
Danforth: ¡¡Callaos!!
Abigail
(al techo, en auténtica conversación con el “pájaro”, como tratando de convencerlo de que no la ataque): Pero es que Dios hizo mi cara; tú no puedes desear arrancarme la cara. La envidia es un pecado capital, Mary.
Mary
(de pie, como por un resorte, y horrorizada, suplicando): ¡Abby!
Abigail
(imperturbable, sigue con el “pájaro”): Oh, Mary, es magia negra eso de que cambies de aspecto. No, no puedo, no puedo impedir que mi boca hable; es la obra de Dios que estoy cumpliendo.
Mary: ¡Abby, estoy aquí!
Proctor
(frenéticamente): ¡Están fingiendo, señor Danforth!
Abigail
(ahora da un paso atrás como temiendo que el pájaro se lance hacia abajo en cualquier momento): ¡Oh, por favor, Mary! No bajes.
Susanna: ¡Sus garras! ¡Está estirando sus garras!
Proctor: ¡Mentiras, mentiras!
Abigail
(retrocediendo más, los ojos aún fijos hacia arriba): ¡Mary, por favor, no me dañes!
Mary
(A Danforth): ¡Yo no la estoy dañando!
Danforth
(A Mary): ¿Por qué ve esta visión?
Mary: ¡Ella no ve nada!
Abigail
(ahora petrificada, como hipnotizada, imitando el tono exacto del grito de Mary Warren): ¡Ella no ve nada!
Mary
(suplicando): ¡Abby, no debieras!
Abigail y todas las muchachas
(todas transfiguradas): ¡Abby, no debieras!
Mary
(a todas ellas): ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Muchachas: ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Danforth
(horrorizado): ¡Mary Warren! ¡Haz que tu espíritu las deje!
Mary: ¡Señor Danforth!
Muchachas
(interrumpiéndola): ¡Señor Danforth!
Danforth: ¿Has pactado con el Diablo? ¿Has pactado?
Mary: ¡Nunca, nunca!
Muchachas: ¡Nunca, nunca!
Danforth
(poniéndose histérico): ¿Por qué sólo pueden repetir lo que tú dices?
Proctor: ¡Dadme un látigo... yo lo detendré!
Mary: ¡Están jugando! Ellas...
Muchachas: ¡Están jugando!
Mary
(volviéndose hacia ellas, histéricamente y pateando): ¡Abby, basta!
Muchachas
(pateando): ¡Abby, basta!
Mary: ¡Basta ya!
Muchachas: ¡Basta ya!
Mary
(gritando con toda la fuerza de sus pulmones y elevando sus puños): ¡Basta ya!
Muchachas
(elevando los puños): ¡Basta ya!
(Completamente confusa e impresionándose por la total convicción de Abigail y las otras, Mary comienza a sollozar, las manos semilevantadas, sin fuerza, y todas las muchachas comienzan a lloriquear exactamente como ella.)
Danforth: Hace un rato parecías sufrir tú. Ahora parece que hicieras sufrir a otros; ¿dónde has encontrado este poder?
Mary
(mirando fijamente a Abigail): Yo... no tengo poder.
Muchachas: Yo no tengo poder.
Proctor: ¡Os están embaucando, señor!
Danforth: ¿Por qué has cambiado en estas dos semanas? Has visto al Diablo, ¿no es así?
Hale
(indicando a Abigail y a las muchachas): ¡No podéis creerles!
Mary: Yo...
Proctor
(viéndola debilitarse): ¡Mary, Dios condena a los mentirosos!
Danforth
(machacándoselo): ¿Has visto al Diablo, has pactado con Lucifer, no es cierto?
Proctor: Dios condena a los mentirosos, Mary,
(Mary dice algo ininteligible mirando a Abigail quien aún mira al “pájaro” arriba.)
Danforth: No puedo oírte. ¿Qué dices? (De nuevo Mary dice algo ininteligible.) ¡Confesarás o irás a la horca! (Violentamente, la obliga a encararse con él): ¿Sabes quien soy? Te digo que irás a la horca si no te franqueas conmigo.
Proctor: Mary, recuerda al ángel Rafael... “Sólo harás el bien y...”
Abigail
(señalando hacia arriba): ¡Las alas! ¡Sus alas se abren! ¡Mary, por favor, no, no...!
Hale: ¡Vuestra Excelencia, yo no veo nada!
Danforth: ¡Confiesas tener este poder!
(Está a un par de centímetros de su cara.) ¡Habla!
Abigail: ¡Va a descender! ¡Camina por la viga!
Danforth: ¡Hablarás!
Mary
(mirando horrorizada): ¡No puedo!
Muchachas: ¡No puedo!
Parris: ¡Aparta al Diablo! ¡Míralo a la cara! ¡Pisotéalo! ¡Te salvaremos, Mary; sólo mantente firme ante él y...
Abigail
(mirando hacia arriba): ¡Cuidado! ¡Se lanza hacia abajo!
(Ella y todas las muchachas corren hacia una pared tapándose los ojos. Y ahora, como arrinconadas, dejan escapar un gigantesco griterío y Mary, como infectada abre la boca y grita con ellas. Poco a poco las muchachas se callan hasta que queda sólo Mary mirando al “pájaro”, gritando locamente. Todos la miran horrorizados por este acceso ostensible. Proctor se lanza hacia ella.)
Proctor: Mary, dile al Gobernador lo que ellas...
(Apenas ha dicho una palabra cuando ella, viéndolo venir, escapa de su alcance, gritando horrorizada.)
Mary: ¡No me toquéis..., no me toquéis! (Al oírlo, las muchachas se detienen junto a la puerta.)
Proctor (sorprendido): ¡Mary!
Mary
(señalando a Proctor): ¡Tú eres el enviado del Diablo! (El queda paralizado.)
Parris: ¡Dios sea loado!
Muchachas: ¡Dios sea loado!
Proctor
(alelado): ¡Mary, cómo...!
Mary: ¡No me ahorcarán contigo! ¡Amo a Dios, amo a Dios!
Danforth
(A Mary): ¿El te mandó cumplir la obra del Diablo?
Mary
(histérica, indicando a Proctor): Viene a mí por la noche y todos los días, para que firme, que firme, que...
Danforth: ¿Que firmes qué?
Parris: ¿El libro del Diablo? ¿Vino con un libro?
Mary
(histérica, señalando a Proctor, temerosa de él): Mi nombre, quería mi nombre. ¡”Te mataré”, dijo, “si mi mujer es ahorcada”! “¡Debemos ir a derrocar el tribunal”, me dice!
(La cabeza de Danforth se inclina súbitamente hacia Proctor, el sobresalto y el horror dibujados en su rostro.)
Proctor (Volviéndose, suplicando a Hale): ¡Señor Hale!
Mary
(comienzan sus sollozos): Me despierta cada noche, sus ojos como si fueran brasas, y sus dedos me atenazan el cuello, y yo firmo, yo firmo. ..
Hale: ¡Excelencia, esta criatura se ha vuelto loca!
Proctor
(mientras los ojos dilatados de Danforth se posan en él): ¡Mary, Mary!
Mary
(gritándole): ¡No! Yo amo a Dios. No te seguiré más. Yo amo a Dios, yo bendigo a Dios. (Sollozando, corre hacia Abigail.) Abby, Abby, nunca más te dañaré. (Todos miran mientras Abigail, con infinita generosidad, extiende sus brazos, atrae hacia sí a la sollozante Mary y luego mira a Danforth.)
Danforth (a Proctor): ¿Qué sois? (Proctor en su furia está mudo.) Estáis combinado con el Anticristo, ¿no es cierto? Yo he visto vuestro poder; ¡no lo negaréis! ¿Qué tenéis que decir, señor?
Hale: Excelencia...
Danforth: No quiero nada de vos, señor Hale.
(A Proctor.) ¿Confesaréis que estáis emporcado con el Infierno, o es que aún observáis esa negra sumisión? ¿Qué tenéis que decir?
Proctor
(sin aliento, con la mente enloquecida): ¡Digo... digo que... Dios ha muerto!
Parris: ¡Oíd, oídlo!
Proctor
(ríe como un demente): ¡Fuego, arde un fuego! ¡Oigo la bota de Lucifer, veo su asquerosa cara y es mi cara y la tuya, Danforth! Para quienes se acobardan de sacar a los hombres de la ignorancia, como yo me acobardé y como vosotros os acobardáis ahora, sabiendo como sabéis en lo íntimo de vuestros negros corazones que esto es fraude... Dios maldice especialmente a los que son como nosotros, y arderemos... ¡Arderemos todos juntos!
Danforth: ¡Alguacil! ¡Llevadlo y a Corey con él; a la cárcel!
Hale
(cruzando hacia la puerta): ¡Yo denuncio este proceso!
Proctor: ¡Estáis echando abajo el Cielo y entronizando a una ramera!
Hale: ¡Denuncio este proceso, abandono este tribunal!
(Pega un portazo, yéndose.)
Danforth (llamándolo, enfurecido): ¡Señor Hale, señor Hale!


Cae el telón.

lunes, 14 de mayo de 2007

Fragmento de "Ricardo III", de Shakespeare

Esta escena es, para mí, una de las mejores escritas por William Shakespeare. Forma parte de Ricardo III, una obra que narra el ascenso del malvado Ricardo, duque de Gloucester, al trono inglés, y su caída, en el contexto de la Guerra de las Dos Rosas. Ricardo, a lo largo de la obra, hace gala de su crueldad y brutalidad, pero también es capaz de ser muy seductor cuando le conviene. Y es en esta escena que Gloucester muestra mejor esa faceta suya, cuando seduce a Ana, la viuda de Eduardo de Lancaster y nuera de Enrique VI, dos hombres a quién él mismo asesinó.

(Entra el cadáver del rey Enrique VI, llevado en un ataúd abierto, caballeros con alabardas, escoltándolo, y Lady Ana, en lamentaciones.)
Ana: Dejadlo, dejad vuestra honrosa carga (si es que el honor puede envolverse en sudario en un ataúd), mientras yo hago las exequias lamentando algún tiempo la prematura caída del virtuoso Lancaster. ¡Pobre figura de un sagrado rey, tan fría como una llave! ¡Pálidas cenizas de la Casa de Lancaster! ¡Oh, tú, resto exangüe de esa sangre real! Séame lícito invocar a tu espíritu para que oiga los lamentos de la pobre Ana, esposa de tu Eduardo, tu hijo asesinado, apuñalado por la misma mano que hizo estas heridas! Mira, en estas ventanas que dejan escapar tu vida, vierto el bálsamo inerme de mis pobres ojos. ¡Ah, maldita sea la mano que hizo estos agujeros! ¡Maldito el corazón que tuvo corazón para hacerlo! ¡Maldita la sangre que dejó escapar aquí esta sangre! ¡Más triste suerte tenga ese odiado miserable que nos hace miserables con tu muerte, de la que puedo desear a víboras, arañas, sapos, o cualquier otro ser envenenado que viva! Si alguna vez tiene hijo, ¡que sea un aborto, monstruoso y salido a luz a destiempo, con aspecto feo y raro que horrorice a la esperanzada madre al verlo; y que sea heredero de su infelicidad! Si tiene esposa alguna vez, ¡que sufra más con su muerte que yo con la de mi joven señor y la tuya! Id ahora a Chertsey con vuestra sagrada carga, traída de San Pablo para enterrarla allí; pero siempre que os canséis del peso, descansad, mientras yo me lamento sobre el cadáver del rey Enrique.
(Los portadores levantan el ataúd y se ponen en marcha)
Entra Ricardo, Duque de Gloucester
Gloucester: Deteneos, los que lleváis el cadáver, y dejadlo abajo.
Ana: ¿Qué negro hechicero conjura este demonio para que interrumpa devotas acciones de caridad?
Gloucester: Villanos, ¡dejad el cadáver, o, por San Pablo, que dejaré cadáver al primero que desobedezca!
Caballero primero: Señor, echaos a un lado, y dejad pasar el ataúd.
Gloucester: ¡Perro grosero! ¡Detente cuando yo mando! Levanta la alabarda más alta que mi pecho, o, por San Pablo, te derribaré de un golpe a mis pies, y te pisotearé, mendigo, por tu audacia.
(Los portadores dejan el ataúd)
Ana: ¿Qué tembláis? ¿Tenéis miedo todos? Ay, no os censuro, pues sois mortales, y los ojos mortales no pueden soportar al Diablo. ¡Fuera, horrendo ministro del Infierno! Tú sólo tienes poder sobre su cuerpo mortal, pero no puedes tener su alma: así que, ¡fuera!
Gloucester: Dulce santa, por caridad, no seas tan maldiciente.
Ana: ¡Sucio demonio, oir Dios, vete de aquí y no nos molestes! Pues tú has hecho tu infierno de la tierra feliz, llenándola con gritos de maldición y hondos clamores. Si te complace observar tus horrendas acciones, observa este modelo de tus carnicerías. ¡Ah, caballeros, ved, ved! ¡Las heridas de Enrique muerto abren sus bocas cuajadas y vuelven a sangrar! Enrojece, enrojece, bulto de sucia deformidad; pues es tu presencia la que hace salir esa sangre de venas frías y vacías, donde no queda sangre. Tu acción, inhumana y contra la naturaleza, provoca este desbordamiento contra la naturaleza. ¡Oh, Dios, que hiciste esta sangre, venga su muerte! ¡Oh tierra, que bebes esta sangre, venga su muerto! ¡Oh cielo deje muerte con un rayo al asesino, o la tierra abra su boca y se lo trague vivo, como tú te tragas la sangre de este buen rey, que su brazo, gobernado por el infierno, ha asesinado!
Gloucester: Señora, desconocéis las reglas de la caridad, que devuelve bien por mal, bendiciones por maldiciones.
Ana: Villano, tú no conoces ley de Dios ni de hombre: no hay animal tan feroz que no conozca algún toque de piedad.
Gloucester: Pues yo no lo conozco, así que no soy animal.
Ana: ¡Qué prodigio que los demonios digan la verdad!
Gloucester: Más prodigio que los ángeles sean tan iracundos. Dignaos, divina perfección de mujer, darme permiso para que yo me disculpe con detalle de esas supuestas maldades.
Ana: Dignaos, deforme contagio de hombre, darme permiso para que yo os maldiga en vuestro maldito ser por esas conocidas maldades.
Gloucester: Tú, más bella que lo que la lengua puede decirte, déjame un rato de paciencia para excusarme.
Ana: Tú, más vil que lo que el corazón puede pensarte, no puede dar otra excusa válida sino ahorcarte.
Gloucester: Con tal desesperación, me acusaría a mí mismo.
Ana: Y, deseperando, quedarías excusado por hacer digna venganza en ti mismo, tú que diste indigna muerte violenta a otros.
Gloucester: ¿Y si yo no les hubiera matado?
Ana: Bueno, entonces no estarían muertos, pero muertos están, y por ti, esclavo diabólico.
Gloucester: Yo no maté a tu marido.
Ana: Entonces está vivo.
Gloucester: No, está muerto, y muerto por mano de Eduardo.
Ana: Mientes con toda tu sucia boca: la reina Margarita vio tu criminal cimitarra humeando de su sangre, que tú le dirigiste a ella contra su pecho, aunque tus hermanos desviaron la punta.
Gloucester: Me provocó su lengua calumniosa, que echaba la culpa en mis hombros inocentes.
Ana: Te provocó tu ánimo sanguinario, que nunca soñó otra cosa que matanzas: ¿no mataste tú a este Rey?
Gloucester: Os lo concedo.
Ana: ¿Me lo concedes, erizo? Entonces, ¡que Dios me conceda también que seas condenado por esa maldad! ¡Ah, él era amable, bondadoso y virtuoso!
Gloucester: Más apropiado para el Rey del Cielo, que le tiene.
Ana: Está en el Cielo, adonde tú nunca irás.
Gloucester: Que él me dé gracias, puesto que le ayudé a llegar allá; porque él servía más para ese sitio que para la tierra.
Ana: Y tú no sirves para otro sitio sino para el infierno.
Gloucester: Sí, para otro sitio, si me dejas nombrarlo.
Ana: Algún calabozo.
Gloucester: Tu alcoba.
Ana: ¡Mal descanso haya en el cuarto en el que te acuestes!
Gloucester: Así será, señora, hasta que te acuestes conmigo.
Ana: Así lo espero.
Gloucester: Lo sé. Pero, ilustre lady Ana, para dejar este agudo combate de nuestros ingenios, y bajar un poco, a un método más lento: el causante de las prematuras muertes de esos Plantagenet, Enrique y Eduardo, ¿no es tan culpable como el ejecutor?
Ana: Tú fuiste la causa y el más maldito ejecutor.
Gloucester: Tu belleza fue la causa de ese efecto: tu belleza, que me acosaba en mi sueño a que acometiera la muerte del mundo entero, con tal de poder vivir una hora en tu dulce seno.
Ana: Si eso pensabas, te diré, homicida, que estas uñas desgarrarán esa belleza de mis mejillas.
Gloucester: Mis ojos no podrán soportar la ruina de esa belleza; no la injuriaréis, si estoy yo presente: todo el mundo se alegra con ver el sol, como yo con ella: es mi día, mi vida.
Ana: ¡Negra noche dé sombra a tu día, y muerte a tu vida!
Gloucester: No te maldigas, hermosa criatura: tú eres ambas cosas.
Ana: Querría serlo para vengarme de ti.
Gloucester: Es una querella contra la naturaleza: vengarse contra el que te ama.
Ana: Es una querella justa y razonable, vengarse del que mató a mi marido.
Gloucester: El que te privó de tu marido, señora, lo hizo para ayudarte a tener mejor marido.
Ana: Mejor que él, no respira otro sobre la tierra.
Gloucester: Vive alguien que te quiere mejor de lo que él sabría.
Ana: Nómbrale.

Gloucester: Plantagenet.
Ana: Ah, ése era él.
Gloucester: Otro del mismo nombre, pero de mejor naturaleza.

Ana: ¿Dónde está?
Gloucester: Aquí.
(Ella lo escupe) ¿Por qué me escupes?
Ana: ¡Ojalá fuera veneno mortal para ti!
Gloucester: Nunca salió veneno de tan dulce hogar.
Ana: Jamás cubrió veneno a un sapo más sucio. ¡Quítate de mis vista! Me enfermas los ojos.
Gloucester: Tus ojos, dulce señora, han enfermado a los míos.
Ana: ¡Ojalá fueran basiliscos, para dejarte muerto!
Gloucester: Ojalá lo fueran, para que yo muriera enseguida, pues ahora me matan con muerte en vida. Esos ojos tuyos han sacado a los míos lágrimas saladas, avergonzando su aspecto con abundancia de gotas pueriles: estos ojos, que jamás vertieron lágrimas de remordimiento, ni aun cuando mi padre York y Eduardo lloraron al oír el triste gemido que lanzó Rutland cuando Clifford, el de cara negra, le clavó la espada, ni cuando tu belicoso padre, como un niño, contaba la triste historia de la muerte de mi padre, deteniéndose veinte veces a sollozar y llorar, de tal modo que todos los presentes se mojaban las mejillas, como árboles salpicados de lluvia; en ese triste tiempo, mis viriles ojos despreciaron cualquier humilde lágrima; y lo que esas tristezas no pudieron sacar de ellos, tu belleza ha podido, cegándolos de llanto. Nunca solicité, ni a amigo ni a enemigo; mi lengua jamás pudo aprender dulces palabras ablandadores; pero, ahora que se presenta tu belleza como mi paga, mi orgulloso corazón solicita, y apunta a mi lengua para que hable.
(Ella lo mira con desprecio)
No enseñes tal desprecio a tus labios, pues se hicieron para besar, señora, no para tal desprecio. Si tu vengativo corazón no puede perdonar, mira, aquí te presto esta aguda espada, y si e place ocultarla en este pecho fiel, dejando escapar el alma que te adora, lo ofrezco desnudo al golpe mortal, mendigando humildemente la muerte de rodillas.
(Presenta el pecho abierto: ella se dispone a herirlo con la espada)
No, no te detengas: pues yo maté al rey Enrique, pero fue tu belleza la que me provocó. Sí, acaba ya: fui yo quien apuñaló al joven Eduardo, pero tu rostro celestial quien me llevó a ello.
(Ella deja caer la espada)
Toma la espada otra vez, o tómame a mí.
Ana: Levántate, simulador: aunque deseo tu muerte, no quiero ser tu verdugo.
Gloucester: Entonces, pídeme que me mate, y lo haré.
Ana: Ya lo he dicho.
Gloucester: Fue en tu furia: vuelve a decirlo, y, sólo con la palabra, esta mano que, por tu amor, mató a tu amor, matará por tu amor a un más fiel amor: serás cómplice de sus dos muertes.
Ana: Querría conocer tu corazón.
Gloucester: Está trazado en mi lengua.
Ana: Temo que los dos son falsos.
Gloucester: Entonces jamás hubo hombre veraz.
Ana: Bien, bien, vuelve a tomar tu espada.
Gloucester: Di entonces que mi paz está hecha.
Ana: Eso ya lo sabrás después.
Gloucester: Pero, ¿viviré con esperanza?
Ana: Mi esperanza es que todos los hombres vivan así.
Gloucester: Dígnate llevar este anillo.
Ana: Tomar no es dar.
Gloucester: Mira, igual que este anillo ciñe mi dedo, así tu pecho encierra mi pobre corazón; llévalos uno y otro, pues ambos son tuyos. Y si tu pobre servidor devoto puede pedir un solo favor de tu graciosa mano, confirma sí su felicidad para siempre.
Ana: ¿Qué es?
Gloucester: Que te plazca dejar esos tristes pensamientos al que tiene más motivo para enlutarse, y vayas enseguida a Crosby Place, donde, después de que yo entierre solemnemente en el monasterio de Chertsey a este ilustre rey y moje su tumba con mis lágrimas de arrepentimiento, iré a verte con todas las ceremonias convenientes. Por diversas razones desconocidas, concédeme este don.
Ana: Con todo mi corazón, y mucho me alegra también verte tan arrepentido. Tressel y Berkeley, venid conmigo.
Gloucester: Dime adiós.
Ana: Es más de lo que mereces; pero, puesto que me enseñas a adularte, imagina que ya te he dicho adiós.
(Se van Lady Ana, Tressel y Berkeley)
Gloucester: Señores, llevaos el cadáver.
Caballero: ¿A Chertsey, noble señor?
Gloucester: No, a White-Friars: esperad allí a mi llegada.
(Se van todos menos Gloucester)
¿Se ha cortejado jamás a una mujer en tal humor? ¿Se ha conquistado jamás a una mujer en tal humor? Yo la he conquistado, pero no la conservaré mucho tiempo. ¡Qué!, yo, que maté a su marido y a su padre, ¡apoderarme de ella en el mayor odio de su corazón, con maldiciones en la boca, y lágrimas en los ojos, al lado de ensangrentado testigo de su odio; teniendo contra mí a Dios, a su conciencia y estos obstáculos, y sin amigos que respaldaran mi pretensión al mismo tiempo, sino el mismo demonio y la cara simuladora, y sin embargo, ganarla a ella: el mundo entero contra nada. ¡Ja, ja! ¿Ha olvidado ya a aquel valiente príncipe, Eduardo, su señor, a quien yo, hará unos tres meses, apuñalé en mi furia en Tewksbury? El espacioso mundo no puede volver a ofrecer un caballero más dulce y amable, formado en la prodigalidad de la naturaleza, joven, valiente y sabio, sin duda egregio de veras; y, con todo, ¿ella baja los ojos hasta mí, que segué la dorada primavera de ese dulce príncipe, y la dejé viuda en lecho de gemidos; hasta mí, que no igualo entero a la mitad de Eduardo; a mí, que soy tan renqueante y deforme? Apuesto mi ducado contra un ochavo de mendigo, que me había engañado hasta ahora sobre mi persona: por vida mía, aunque yo no pueda, ella encuentra que soy un hombre maravillosamente grato. Me gastaré algo en un espejo y ocuparé una veintena o dos de sastres en que estudien modas con que adornar mi cuerpo: puesto que he llegado a introducirme en mi propio favor, lo mantendré en la tumba, y luego volveré con lamentos a mi amor. Brilla, hermoso sol, hasta que me compre un espejo, para que pueda ver mi sombra al caminar.
(Se va)

jueves, 1 de marzo de 2007

Escena de "El avión negro"

El avión negro fue escrita por Roberto Cossa, Germán Rozenmacher, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik en 1970, en los últimos años de la proscripción del peronismo. La obra cuenta un hipotético retorno de Juan Perón a la Argentina (algo que eventualmente sucedió en 1973).

(Ambiente de clase media alta. El Señor y la Señora están sentados para desayunar; el Señor pasa las páginas del diario)
Señor: El diario no dice nada...
Señora: Habrá empezado hoy. Poné la radio.
Señor: De golpe va a empezar... Estas cosas no empiezan así.
(Termina de hojear el diario, y vuelve a la primera página) Acá no dice una sola palabra.
Señora: ¡Pero yo los vi! ¿Qué me importa lo que dice el diario? Iban gritando como locos. Todos los que estábamos en el mercado los vimos.
Señor: Yo no digo que vos mientas. Pero me parece que le das mucha importancia. Por unos cuantos locos que gritan...
Señora: ¿Unos cuántos? Eran como cinco mil.
Señor: ¡Cinco mil! Cada vez son más. Cuando viniste de la calle dijiste que eran tres mil. Ahora son cinco. Oíme, dame el café y dejate de pavadas.
Señora: No sé... A mí me parecieron cinco mil. Y cantaban y se reían. ¿Eso no te dice nada?
Señor: Oíme, eso no es cosa mía, sino de la policía y del gobierno. Lo que quiero decirte es que no hay que alarmarse. Y ya se me está haciendo tarde. Decile a Emilia que me sirva el café.
Señora: ¿Vas a salir? ¿Con los líos que hay?
Señor: ¿Qué estás diciendo? Tengo que ir a trabajar
(La mira) ¿Qué te agarró? (Se levanta molesto; hacia afuera) Emilia, ¿me sirve el café?
Señora:
(Luego de un silencio) El chico del mercado se fue con ellos.
Señor: ¿Qué?
Señora: El chico del mercado. El que siempre trae las cosas acá. Cuando los vio pasar, tiró la canasta y se fue con la manifestación.
Señor: Pero... ¿Y eso qué?
Señora: ¿No te das cuenta? Era un chico tranquilo, educado.
Señor: Oíme, eso es cosa de él.
Señora: Parece que no entendés. Según contaron, de una obra en construcción se fueron todos. ¡Iba un cartero con la bolsa y tiraba las cartas al aire!
Señor: ¡Y eso a mí qué me importa! Yo tengo mi trabajo.
(Entra la Sirvienta con el café) Y no voy a preocuparme porque cuatro negros de mierda decidieron no trabajar. O porque un cartero se volvió loco. (La Sirvienta sale) Además, querida, si en este país, cada vez que...
(Suena el teléfono, y la Señora va a atender)
Señora: Hola... Sí, mamá... ¡Por tu casa también! (Señas al marido con gran excitación) ¿Cuántos? ¡Diez mil...! Por acá igual... ¡Sí, también...! El chico del mercado, el morochito, se fue con ellos. (Gesto de horror) ¡Por lo de Chacha también! ¡Pobre Chacha, ella que es tan delicada!... Oíme, mamá, por favor no salgas... ¡Para nada! No salgas ni le abras la puerta a nadie. Te llamo. Chau. (Cuelga) ¡Dios mío! ¿Oíste?
Señor:
(Comenzando a admitirlo) Por lo de tu madre también...
Señora: ¡Diez mil! Y por lo de Chacha. Están en todos lados.
Señor: Entonces, la cosa es seria... Decíme, ¿cómo era lo que cantaban?
Señora: Te dije que iban a Plaza Mayo a escucharlo otra vez... y que se iban a lavar las patas en la fuente...
(Gesto de asco) ¡Qué se yo! ¡Yo no sé nada de política!
Señor: Pero, entonces... Si éstos salieron, es porque... ¿Iban alegres, me dijiste?
Señora: ¡Enloquecidos! No sabés la tristeza que me dio cuando los vi tan alegres.
Señor: Debían saber algo... Estos no salen así porque sí... ¿A escucharlo otra vez, decías?
Señora: ¡Pero sí! Ah, y además... Que mañana trabaje el patrón.
Señor: ¿Eso? ¿Eso cantaban?
Señora: ¡Yo lo escuché! Te lo dije cuando volví del mercado.
Señor: Eso es grave... No se atreverían a decirlo si no...
(Pausa larga, tensa) ¿Habrá vuelto?
Señora:
(Lanza grito ahogado, mano a la garganta) Querés decir que él en persona... Lo dirían...
Señor: O estará por volver... Puede ser una maniobra. Juntar la gente primero... Como hicieron aquella vez.
Señora:
(Recordando la canción) “El nuevo 17...”
Señor: ¿Qué?
Señora: Eso cantaban... Vamos a hacer un nuevo 17...
Señor: ¿Estás segura?
Señora: ¡Por Dios! ¿Te crees que soy sorda?
Señor: Ahí está la cosa... El nuevo 17. Es eso.
(Mira a la mujer) Volvió.
Señora: ¿Cómo volvió?
Señor:
(Lloroso) Volvió.
Señora: Pero así... de golpe.
Señor:
(Sigue lloroso) Y si... Ya me parecía que iba a volver. (Se seca las lágrimas) Desde que se fue que lo supe.
(Pausa larga)
Señora: ¿Y ahora? ¿Qué va a pasar?
Señor: Va a ser como antes.
(Mientras el hombre habla, la mujer comienza a cerrar puertas y ventanas) Los colectivos atestados... El mal olor... El diario Época... Esos titulares grandes...
Señora: Está haciendo frío.
Señor: Los tipos con bigotito en los ministerios... Los sainetes en el Colón... Las camisas... Los retratos...
(Entra Emilia y su presencia los sobrecoge)
Emilia: (Con naturalidad) ¿Retiro el café, señora?
Señora: Eh... Sí, sí...
(Emilia saca una parte del servicio y sale. El matrimonio se mira un instante) Esta se cree más que una.
Señor: Dejá, no le digas nada.
Señora: ¿Pero te crees que puedo aguantar que me mire así?
Señor: Qué vas a hacerle... Si le decís algo, se va a trabajar a una fábrica. Ahora ganan más de obreras.
(Bajando la voz) Además, no conviene tenerla en contra. Puede decir por ahí que nosotros no somos... Tendríamos un lío. Hacé un esfuerzo, ¿eh? No te olvides que está por salir la licitación del Ministerio. (Entra Emilia. Señor excesivamente amable) Adelante, Emilia (Emilia comienza a colocar las cosas sobre una bandeja. El Señor le hace un gesto a la Señora)
Señora: Déjeme que la ayude, querida.