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martes, 27 de febrero de 2007

"Los reyes malditos", de Maurice Druon

La saga de Los reyes malditos de Maurice Druon cuenta la historia de los eventos que desencadenaron la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Está compuesta por siete libros: El rey de hierro (escrito en 1955), La reina estrangulada (1955), Los venenos de la Corona (1956), La ley de los varones (1957), La loba de Francia (1959), La flor de lis y el león (1960) y De como un rey perdió Francia (1977). No obstante, no considero al séptimo libro tan bueno como los seis anteriores, pues en vez de narrar los hechos en tercera persona, lo hace en primera persona, con la voz de un cardenal que mientras viaja con su sobrino le va contando el reinado desastroso de Juan II.
Este texto es el prólogo y el primer capítulo del primer libro, El rey de hierro. Espero que les guste y que los lleve a leer el resto...

PROLOGO

Al comenzar el siglo XIV, Felipe IV, rey de legendaria belleza, reinaba en Francia como amo absoluto. Había domeñado el orgullo guerrero de los barones, había vencido a los flamencos sublevados, a los ingleses en Aquitania e incluso al papado, al que había instalado por la fuerza en Aviñón. Los parlamentos obedecían sus órdenes y los concilios respondían a la paga que recibían.
Para asegurar su descendencia contaba con tres hijos. Su hija se había casado con el rey de Inglaterra. Seis reyes figuraban entre sus vasallos y la red de sus alianzas se extendía hasta Rusia.
Ninguna riqueza escapaba de sus manos. Etapa tras etapa, había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a los judíos y atacado al trust de los banqueros lombardos.
Para hacer frente a las necesidades del Tesoro practicaba la alteración de la moneda. Cada día el oro pesaba menos y valía más. Los impuestos eran agobiantes y la policía se multiplicaba. Las crisis económicas engendraban la ruina y el hambre que, a su vez, eran la causa de motines ahogados en sangre. Las revueltas terminaban en la horca del cadalso. Ante la autoridad real, todo debía inclinarse, doblegarse o quebrarse.
Pero la idea nacional anidaba en la mente de este príncipe sereno y cruel, para quien la razón de Estado se sobreponía a cualquier otra. Bajo su reinado Francia era grande; y los franceses, desdichados.
Sólo un poder había osado resistirse: la Orden soberana de los Caballeros del Temple. Esta formidable organización, a la vez militar, religiosa y financiera debía a la Cruzadas, de las cuales había salido, su gloria y su riqueza.
La independencia de los templarios inquietó a Felipe el Hermoso, mientras que sus inmensos bienes excitaron su codicia. Instauró contra ellos el proceso más vasto que recuerda la historia. Cerca de quince mil hombres estuvieron sujetos a juicio durante siete años; y en este periodo se perpetraron toda clase de infamias.
Nuestro relato comienza al final del séptimo año.

I
LA REINA SIN AMOR

Un leño entero, sobre un lecho de brasas incandescentes, se consumía en la chimenea. Por las vidrieras verdosas, de reticulado de plomo, se filtraba un día de marzo, avaro de luz.
Sentada en alto sitial de roble, cuyo respaldo coronaban los tres leones de Inglaterra, la reina Isabel, esposa de Eduardo II, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, miraba distraídamente la lumbre del hogar.
Tenía veintidós años. Sus cabellos de oro recogidos en largas trenzas formaban como dos asas de ánfora a cada lado de su rostro.
Escuchaba a una de sus damas francesas, que le leía un poema del duque Guillermo de Aquitania:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco,
porque no tengo el que quiero...

La voz cantarina de la dama de compañía se perdía en aquella sala demasiado grande para que una mujer pudiera vivir dichosa en ella.

Me ha pasado siempre igual,
de quien quién amo no gocé,
no gozo ni gozaré...

La reina sin amor suspiró.
—¡Qué conmovedoras palabras! —exclamó— Diríase que han sido escritas para mí. ¡Ah! Terminaron los tiempos en que un gran señor como el duque Guillermo demostraba tanta destreza en la poesía como en la guerra. ¿Cuándo me dijisteis que vivió? ¿Hace doscientos años? Se diría que ese poema fue escrito ayer...
Y repitió para sí:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco...

Durante unos instantes permaneció pensativa.
—¿Prosigo, señora? —preguntó la dama con el dedo apoyado en la página iluminada.
—No, amiga mía —respondió la reina—. Por hoy mi alma ha llorado bastante.
Se incorporó y cambió de tono:
—Mi primo Roberto de Artois me ha hecho anunciar su visita. Cuidad de que sea conducido a mi presencia en cuanto llegue.
—¿Viene de Francia? Estaréis contenta, entonces, señora.
—Deseo estarlo... siempre que las noticias que me traiga sean buenas.
Entró otra dama, presurosa, con semblante de gran alegría. Su nombre de soltera era Juana de Jounville y habíase casado con sir Roger Mortimer, uno de los primeros barones de Inglaterra.
—Señora, señora —exclamó—, ha hablado.
—¿De verdad? —preguntó la reina— ¿Y qué ha dicho?
—Ha golpeado la mesa y ha dicho... "¡Quiero!"
Una expresión de orgullo iluminó el hermoso semblante de Isabel.
—Traédmelo aquí —dijo.
Lady Mortimer salió de la estancia corriendo, y regresó poco después, con un niño de quince meses en los brazos, sonrosado, regordete, que depositó a los pies de la reina. Vestía un traje color granate, bordado de oro, más pesado que él.
—De modo, mi señor, hijo mío, que habéis dicho: "¡Quiero!" —exclamó Isabel inclinándose para acariciarle la mejilla—. Me agrada que ésa haya sido vuestra primera palabra. Es palabra de rey.
El niño le sonreía y balanceaba la cabeza.
—¿Y porqué lo ha dicho? —preguntó la reina.
—Porqué me resistía a darle un trozo de galleta que estaba comiendo —respondió lady Mortimer.
Isabel esbozó una rápida sonrisa que se apagó en seguida.
—Puesto que empieza a hablar —dijo—, pido que no se le anime a balbucear y a pronunciar tonterías, como por lo común se hace con los niños. Poco me importa que sepa decir "papá" y "mamá". Prefiero que conozca las palabras "rey" y "reina".
En su voz había una gran autoridad natural.
—Ya sabéis, amiga mía —continuó—, qué razones me decidieron a elegiros para aya del niño. Sois sobrina-nieta del gran Joinville, quien estuvo en la Cruzada con mi bisabuelo, mi señor san Luis. Sabréis enseñar a este niño que pertenece a Francia como a Inglaterra.

Lady Mortimer hizo una reverencia. En este momento se presentó la primera dama francesa, anunciando a monseñor el conde Roberto de Artois.
La reina se irguió en su sitial y cruzó las manos blancas sobre el pecho en actitud de ídolo. Su preocupación para conservar la majestuosidad de su porte no lograba envejecerla.
El andar de un cuerpo de noventa kilos hizo crujir el pavimento.
El hombre que entro medía casi dos metros de altura, tenía muslos semejantes a troncos de encina y manos como mazas. Sus botas rojas, de cordobán, estaban sucias de barro y mal cepilladas; el manto que pendía de sus hombros era lo suficientemente amplio para cubrir un lecho. Habría bastado una daga en su cintura para que tuviera el aspecto de hallarse aprestado para ir a la guerra. Su barbilla era redonda, su nariz corta, su quijada ancha y el pecho fuerte. Sus pulmones necesitaban más aire que la generalidad de los hombres. Aquel gigante contaba veintisiete años, pero su edad desaparecía bajo los músculos, lo que le hacía aparentar treinta y cinco.
Se quitó los guantes mientras se adelantaba hacia la reina, y dobló la rodilla con sorprendente agilidad para tal coloso.
Antes de que le hubieran invitado a hacerlo, ya se había incorporado.
—Y bien, primo mío —dijo Isabel—. ¿Tuvisteis buena travesía?
—Execrable, señora, horrorosa —respondió Roberto—. Una tempestad como para echar tripas y alma. Creí llegada mi última hora, hasta el extremo de que decidí confesar mis pecados a Dios. Por fortuna, eran tantos, que al tiempo de decir la mitad ya llegábamos a destino. Guardo suficientes para el regreso.
Estallo en una carcajada que hizo retemblar las vidrieras.
—¡Vive Dios! —prosiguió—. Mi cuerpo está hecho para recorrer la tierra y no para cabalgar aguas saladas. Si no hubiera sido por el amor que os profeso, prima mía, y por las cosas urgentes que debo deciros...
—Permitid que concluya —le interrumpió Isabel, mostrando al niño—. Mi hijo ha empezado a hablar hoy.
Luego se dirigió a lady Mortimer:
—Quiero que se habitúe a los nombres de sus deudos y que sepa, en cuanto sea posible, que su abuelo, Felipe el Hermoso, reina sobre Francia. Comenzad a recitar delante de él el Padre Nuestro y el Ave María, así como la plegaria a monseñor san Luis. Esas son cosas que deben adueñarse de su corazón aun antes de que su razón las comprenda.
No le desagradaba mostrar ante uno de sus parientes de Francia, descendiente a su vez de un hermano de san Luis, la manera como velaba por la educación de su hijo.
—Bella enseñanza daréis a ese jovencito —dijo Roberto de Artois.
—Nunca se aprende demasiado pronto a reinar —respondió Isabel.
El niño se divertía en caminar con el paso cauteloso y titubeante de las criaturas.
—¡Y pensar que nosotros también hemos sido así! —dijo de Artois.
—Viéndoos ahora, cuesta creerlo, primo mío —dijo la reina, sonriendo.
Por un instante, contemplando a Roberto de Artois pensó en los sentimientos de la mujer, pequeña y menuda que había engendrado aquella fortaleza humana, y miró a su hijo.
El niño avanzaba con las manos tendidas hacia el fuego, como si quisiera asir la llama con sus minúsculas manos. Roberto de Artois le cerró el paso, adelantando su bota roja. Nada asustado, el pequeño príncipe aferró aquella pierna que sus brazos penas lograban rodear, y se sentó en ella a horcajadas. El gigante lo elevó por los aires, tres o cuatro veces seguidas. El principito reía, encantado con el juego.
—¡Ah, mi señor Eduardo! —dijo de Artois—. Cuando seáis un poderoso príncipe, ¿osaré recordaros que os hice cabalgar en mi bota?
—Podréis hacerlo, primo mío —respondió Isabel—, podréis hacerlo siempre, si siempre seguís mostrándoos nuestro leal amigo... Que se nos deje solos, ahora —añadió.
Las damas francesas salieron, llevándose al niño que, si el destino seguía el curso normal, sería algún día Eduardo III de Inglaterra.
—¡Y bien, señora! —dijo—. Para completar las buenas lecciones que dais a vuestro hijo, podréis enseñarle que Margarita de Borgoña, reina de Navarra, futura reina de Francia y nieta de san Luis, está en camino de ser llamada por su pueblo Margarita la Ramera.
—¿De verdad? —dijo Isabel— ¿Era cierto, pues, lo que suponíamos?
—Sí, prima mía. Y no solamente Margarita. Lo mismo digo de vuestras otras dos cuñadas.
—¿Juana y Blanca...?
—De Blanca estoy seguro. En cuanto a Juana...
Roberto de Artois esbozó un ademán de incertidumbre con su enorme mano.
—Es más hábil que las otras —agregó— pero tengo razones para juzgarla una consumada zorra...
Dio unos pasos y se plantó para decir sin más:
—¡Vuestros tres hermanos son unos cornudos, señora, cornudos como vulgares patanes!
La reina se había puesto de pie, con la mejillas levemente coloreadas.
—Si lo que decís es verdad, no he de tolerarlo —dijo— No permitiré tal vergüenza, ni que mi familia sea el hazmerreír de la gente.
—Tampoco los barones de Francia lo soportarán —respondió de Artois.
—¿Tenéis nombres y pruebas?
De Artois respiró profundamente.
—Cuando el verano pasado vinisteis a Francia con vuestro esposo, para las fiestas las cuales tuve el honor de ser armado caballero, junto con vuestros hermanos... puesto que como ya sabéis, no se escatiman honores que nada cuestan, os confié mis sospechas y me confesasteis las vuestras. Me pedisteis que vigilara y que os informara. Soy vuestro aliado; hice lo uno y vengo a cumplir con lo otro.
—Decid: ¿qué averiguasteis? —preguntó Isabel, impaciente.
—En primer lugar, que ciertas joyas desaparecen del cofre de vuestra cuñada Margarita. Ahora bien, cuando una mujer se deshace de sus joyas en secreto, es para comprar algún cómplice o para pagar a algún galán. Su bellaquería está clara, ¿no os parece?
—En efecto. Pero puede fingir que las ha dado de limosna a la Iglesia.
—No siempre. No, si cierto prendedor, por ejemplo, ha sido cambiado a un mercader lombardo por un puñal de Damasco.
—¿Descubristeis de qué cintura pendía ese puñal?
—¡Ah no! —respondió de Artois—. Indagué, pero le perdí el rastro. Las pícaras son hábiles, os lo dije. Nunca, en mis bosques de Conches, he cazado ciervos tan diestros en confundir pistas y en tomar atajos.
Isabel se mostró decepcionada. Roberto de Artois, previendo lo que iba a decir, extendió los brazos.
—Aguardad, aguardad —prosiguió—. Soy buen cazador, y raramente se me escapa una pieza. La honesta, la pura, la casta Margarita ha hecho que le arreglen, como aposento, la vieja torre del palacio de Nesle. Dice que lo destina a lugar de retiro para sus oraciones. Sólo que se dedica a rezar justamente las noches en que vuestro hermano Luis está ausente. Y la luz brilla en la torre hasta muy tarde. Su prima Blanca y, algunas veces, Juana, se reúnen con ella. ¡Arteras, la doncellas! Si se interroga a una de las tres, se las compondría muy para decir: "¿Cómo? ¿De qué me acusáis? ¡Si no estaba sola!"... Una mujer pecadora se defiende mal, pero tres rameras juntas forman una fortaleza. Y hay algo más: he aquí que cuando Luis se ausenta, en esas noches en que la torre de Nesle está iluminada, se produce cierto movimiento en el ribazo, al pie de la torre, en un lugar siempre desierto. Se ha visto salir de allí a hombres que no llevan hábito de monje y que habrían salido por otra puerta de haber venido a cantar los oficios. La corte calla, pero el pueblo comienza a murmurar, porque antes hablan los sirvientes que sus amos...
Mientras hablaba, se agitaba, gesticulaba, caminaba, hacía vibrar el suelo y hendía el aire con aletazos de su capa. El despliegue de su exceso de fuerza era un medio de persuasión para Roberto de Artois. Trataba de convencer con músculos al mismo tiempo que con las palabras; sumergía al interlocutor en un torbellino; y la grosería de su lengua, tan de acuerdo con su aspecto, parecía prueba de su ruda buena fe. Sin embargo, examinándolo con mayor atención, uno llegaba a preguntarse, si todo aquel movimiento no era fanfarria de titiritero, juego de comediante. Un odio implacable, tenaz, brillaba en las grises pupilas del gigante. La joven reina se empeñaba en conservar su claridad de juicio.
—¿Hablasteis con mi padre? —dijo.
—Mi buena prima, conoces al rey Felipe mejor que yo. Cree tanto en la virtud de las mujeres, que sería preciso mostrarle a vuestras tres cuñadas acostadas con sus amantes para que consintiera en escucharme. Y no soy bien recibido en la corte desde que perdí mi proceso...
—Sé que cometieron una injusticia con vos, primo mío. Si de mí dependiera sería reparada.
Roberto de Artois se precipitó sobre la mano de la reina para posar en ella sus labios.
—Pero, debido justamente a ese proceso —agregó Isabel suavemente—, ¿no podría suponerse que actuáis ahora por venganza?
El gigante se incorporó de un salto.
—¡Claro que actúo por venganza, señora!
Decididamente el enorme Roberto desarmaba a cualquiera. Uno creía tenderle una celada y cogerlo en falta, y él abría su corazón ampliamente, como un ventanal.
—¡Me han robado la herencia de mi condado de Artois —exclamó— para entregársela a mi tía Mahaut de Borgoña...! ¡Maldita perra piojosa! ¡Ojalá reviente! ¡Ojalá la lepra carcoma su boca y el pecho se le vuelva carroña! ¿Y por que lo hicieron? ¡Porque a fuerza de astucias, de intrigas y de forzar la mano de los consejeros de vuestro padre con libras constantes y sonantes, mi tía logró casar a las dos rameras de sus hijas y a la ramera de la prima con vuestros tres hermanos!
Se puso a imitar un imaginario discurso de su tía Mahaut, condesa de Borgoña y de Artois, al rey Felipe el Hermoso.
—"Amado señor, pariente y compadre, ¿qué os parece si casarais a mi queridita Juana con vuestro hijo Luis? ¿No queréis? ¡Bien! Dadle a Margarita, y luego Juana será para Felipe y mi dulce Blanquita para el hermoso Carlos. ¡Qué dicha, que se amen todos a la vez! Luego, si me concedéis el Artois, propiedad de mi difunto padre, mi franco condado de Borgoña iría a manos de esas avecillas, a Juana, si os parece; así, vuestro hijo segundo se convierte en conde palatino de Borgoña y vos podéis empujarlo hacia la corona de Alemania. ¿Mi sobrino Roberto? ¡Dadle un hueso a ese perro! A ese patán le basta y sobra con el castillo de Conches y el condado de Beaumont." Y soplo malicias al oído de Nogaret, y cuanto mil maravillas a Marigny... Y caso a una, caso a dos y caso a tres... Y en cuanto está hecho, mis zorritas empiezan a maquinar entre sí, a enviar mensajes, a procurarse galanes ya a ponerle hermosos cuernos a la corona de Francia... ¡Ah, señora!, si ellas fueran irreprochables, yo tascaría el freno. Pero portarse tan suciamente después de haberme perjudicado tanto; esas niñas de Borgoña sabrán lo que les cuesta; me vengaré en ellas de lo que la madre me hizo.

Isabel permanecía pensativa bajo aquel huracán de palabras. Artois se aproximó a ella y, bajando la voz, le dijo:
—A vos os odian.
—Es verdad que, por mi parte, no las he querido desde el principio y sin saber por qué —respondió Isabel.
—No las queréis porque son falsas, porque sólo piensan en el placer y porque carecen del sentido del deber. Pero ellas os odian porque están celosas de vos.
—Mi suerte no tiene nada de envidiable, sin embargo —dijo Isabel, suspirando—. Y su situación me parece más dulce que la mía.
—Sois reina, señora. Lo sois por vuestra alma y por vuestra sangre. Vuestras cuñadas, en cambio, podrán llevar corona; pero nunca serán reinas. Por eso os tratarán siempre como enemiga.
Isabel elevó hacia su primo sus bellos ojos azules, y Artois sintió que esta vez había dado en el blanco. Isabel estaba definitivamente de su parte.
—¿Tenéis los nombres de... en fin... de los hombres con quienes mis cuñadas...?
No se rendía al crudo lenguaje de su primo y se negaba a pronunciar ciertas palabras.
—Sin ellos nada puedo hacer —prosiguió—. Obtenedlos y os juro que iré a París con cualquier pretexto y que pondré fin a ese desorden. ¿En qué puedo ayudaros? ¿Habéis prevenido a mi tío Valois?
De nuevo se mostraba decidida, precisa, autoritaria.
—Me guardé muy bien -respondió Artois-. El señor de Valois es mi más fiel protector y mi mejor amigo; pero no sabe callar nada y proclamará a los cuatro vientos lo que queremos ocultar. Daría la alarma demasiado pronto y cuando quisiéramos atrapar a las pícaras, las hallaríamos puras como monjas.
—Entonces, ¿Qué proponéis?
—Dos cosas —dijo de Artois—. La primera, nombrar en la corte de Margarita una nueva dama enteramente de nuestra confianza, la cual nos tendrá al corriente de todo. He pensado en la señora de Comminges, que acaba de enviudar y a la que se le deben toda clase de consideraciones. Para ello nos servirá vuestro tío Valois. Hacedle llegar una carta, expresándole vuestro deseo. Monseñor tiene gran influencia sobre vuestro hermano Luis y hará que la señora de Comminges entre bien pronto en el palacio de Nesle. Así tendremos allí una persona adicta, y como decimos la gente de guerra: "Vale más un espía dentro que un ejército fuera".
—Escribiré la carta y vos la llevaréis —dijo Isabel— ¿Y luego?
—Habrá que adormecer, al mismo tiempo, la desconfianza de vuestras cuñadas con respecto a vos y halagarlas con hermosos presentes —prosiguió de Artois—. Presentes que puedan convenir del mismo modo a mujeres que a hombres y que les haréis llegar secretamente, sin dar cuenta de ello a vuestro padre, ni a los respectivos esposos, como un pequeño secreto de amistad entre vosotras. Margarita se deshace de sus joyas a favor de un galán desconocido; no sería, pues, extraño, que, tratándose de un regalo del cual no debe rendir cuentas, nos lo encontraremos prendido del cuerpo del mozo que buscamos. Suministrémosles ocasiones de imprudencia.
Isabel reflexionó durante algunos segundos; luego se acercó a la puerta y dio unas palmadas.
Apareció la primera dama francesa.
—Amiga mía —dijo la reina—, traedme la escarcela de oro que el mercader Albizzi me ha ofrecido esta mañana.
Durante la corta espera, Roberto de Artois se desprendió por fin de sus preocupaciones e intrigas y se decidió a examinar la sala donde se hallaba, los frescos religiosos en forma de casco de navío. Todo era nuevo, triste y frío. El mobiliario escaso.
—No es muy risueño el lugar donde vivís, prima —dijo—. Creeríase una catedral y no un castillo.
—¿Quiera Dios que no se me convierta en prisión! —respondió Isabel en voz baja— ¡Cuánto añoro a Francia, muchas veces!
La dama francesa regresó, trayendo una bolsa de hilos de oro entretejidos, forrada de seda y con un cierra de tres piedras preciosas grandes como nueces.
—¡Qué maravilla! —exclamó de Artois—. Justamente lo que necesitamos. Un poco pesado para adorno de una dama y demasiado delicado para mí; es exactamente el objeto que un jovenzuelo de la corte sueña con colgarse de la cintura para llamar la atención.
—Encargaréis al mercader Albizzi que haga dos escarcelas parecidas a ésta —dijo Isabel a su dama—, y que me las envíe en seguida.
Luego, cuando ésta hubo salido, agregó, dirigiéndose a Roberto de Artois:
—De esa manera podréis llevároslas a Francia.
—Y nadie sabrá que habrán pasado por mis manos —dijo él.
Fuera resonaron gritos y risas. Roberto de Artois se aproximó a una de las ventanas. En el patio, un equipo de albañiles se disponía a izar una pesada piedra clave de bóveda. Unos hombres tiraban de la cuerda de una polea mientras otros, subidos a un andamiaje, se aprestaban a aferrar el bloque de piedra. La faena parecía realizarse en una atmósfera de buen humor.
—¡Y bien! —exclamó de Artois—. Parece que al rey Eduardo sigue gustándole la albañilería.
Acababa de reconocer, en medio de los obreros, a Eduardo II, marido de Isabel, un hombre bastante apuesto, de unos treinta años de edad, cabellos ondulados, anchos hombros y fuertes caderas. Su traje de terciopelo estaba manchado de yeso.

—Hace más de quince años que comenzaron a reconstruir Westminster —dijo Isabel, colérica (pronunciaba Westmoustiers, a la francesa)—. Hace seis años, desde que me casé, que vivo entre paletas y mortero. ¡Lo que construyen en un mes lo destruyen el otro! ¿No le gusta la albañilería, sino los albañiles! ¿Creéis que lo llaman "señor"? ¡No! Para ellos es Eduardo. Se burlan de él, y él está encantado. ¡Míralo! ¡Ahí lo tenéis!
En el patio, Eduardo II daba órdenes, apoyado sobre el hombro de un joven. Reinaba a su alrededor una sospechosa familiaridad.
—Creía —dijo Isabel— que había conocido lo peor con aquel caballero de Gaveston. Aquel bearnés insolente y jactancioso gobernaba de tal manera a mi marido que disponía del reino a su antojo. Eduardo le dio todas mis joyas de recién casada. ¡Debe de ser costumbre familiar que, de un modo u otro, las joyas de las mujeres vayan a parar a los hombres!
Teniendo a su lado a un pariente y amigo, Isabel se permitía, por fin, desahogar sus penas y humillaciones.
En realidad, las costumbres del rey Eduardo eran conocidas en toda Europa.
—Los barones y yo conseguimos deshacernos de Gaveston el año pasado; le cortaron la cabeza y me alegré de que su cuerpo fuera a pudrirse en los dominios de Oxford. ¡Pues bien, he llegado a añorar al caballero de Gaveston! Porque desde aquel día, como para vengarse de mí, Eduardo atrae a palacio a los hombres más ruines e infames de su pueblo. Se le ve recorrer las tabernas del puerto de Londres, sentarse con truhanes, rivalizar en luchas con los descargadores y en carreras con los palafreneros. ¡Hermosos torneos los que nos ofrece! Entretanto, cualquiera manda en el reino, con tal que le organice sus bacanales y que participe en ellas. En este momento les ha tocado el turno a los barones de Despenser; el padre gobernando; el hijo sirviendo de mujer a mi esposo. En cuanto a mí, Eduardo, ni se me acerca, y si por casualidad viene a mi cama, siento tal vergüenza que permanezco absolutamente fría.
Había bajado la cabeza.
—Una reina es el súbdito más miserable del reino —prosiguió— si el rey no la ama. Asegurada la descendencia, su vida ya no cuenta. ¿Qué mujer de barón, de burgués, o de villano soportaría lo que yo debo soportar por ser reina? La última lavandera del reino tiene más derechos que yo: puede pedirme ayuda...
—Prima, mi hermosa prima, y quiero brindaros mi ayuda —dijo Artois con vehemencia.
Ella alzó tristemente los hombros como si quisiera decir "¿Qué podéis hacer por mí?" Estaban frente a frente; Roberto la tomó por los brazos lo más suavemente que pudo, y murmuró:
—Isabel...
Ella posó sus manos sobre los brazos del gigante. Se miraron sobrecogidos por una turbación imprevista.
Artois se sintió extrañamente conmovido, y oprimido por una fuerza que temía utilizar con torpeza. Sintió bruscamente el anhelo de consagrar su tiempo, su vida, su cuerpo y su alma a aquella reina frágil. La deseaba, con un deseo inmediato e incontenible, que no sabía cómo expresar. Sus gustos no lo inclinaban, por lo común, hacia las mujeres de calidad y el don de la galantería no se contaba entre sus virtudes.
—Muchos hombres agradecerían al cielo, de rodillas, lo que un rey desdeña, ignorando su perfección —dijo Roberto—. ¡Cómo es posible que a vuestra edad tan fresca y tan joven os veáis privada de las alegrías naturales? ¿Cómo es posible que esos dulces labios no sean besados? ¡Y estos brazos... este cuerpo...? ¡Ah, Isabel tomad un hombre, y que ese hombre sea yo..!
Ciertamente, decía con rudeza lo que quería y su elocuencia se parecía muy poco a la del duque Guillermo de Aquitania. Pero Isabel no separaba su mirada de la de él. La dominaba, la aplastaba con su estatura; olía a bosque, a cuero, a caballo y a armadura; no tenía la voz ni la apariencia de un seductor y, sin embargo, la seducía. Era un hombre de una pieza, un macho rudo y violento, de respiración profunda. Isabel sentía que su voluntad la abandonaba y sólo tenía un deseo: apoyar su cabeza contra aquel pecho de búfalo y abandonarse... apagar aquella gran sed... Temblaba un poco.
Se apartó de golpe.
—¡No, Roberto! —exclamó—. No voy a hacer y lo que tanto reprocho a mis cuñadas. No puedo ni debo hacerlo. Pero cuando pienso en lo que me impongo, en lo que me niego, mientras ellas tienen la suerte de tener maridos que las aman... ¡Ah, no! Es preciso que sean castigadas!
Su pensamiento se encarnizaba con las culpables, ya que ella no se permitía la misma culpa.
Volvió a sentarse en el gran sitial de roble. Roberto de Artois se aproximó a ella.
—No, Roberto —dijo, extendiendo los brazos—. No os aprovechéis de ni desfallecimiento; me enojaríais.
La extremada belleza, al igual que la majestad inspira respeto. El gigante obedeció.
Pero aquel momento jamás se borraría de la memoria de los dos.
"Puedo ser amada", se decía Isabel. Y casi sentía gratitud hacia el hombre que le había dado la certeza.
—¿Era eso todo lo que debíais comunicarme, primo? ¿No me traéis otras noticias? —dijo, haciendo un gran esfuerzo para dominarse.
Roberto de Artois, que se preguntaba si no había cometido error al no aprovechar la oportunidad, tardó algún tiempo en contestar.
—Sí, señora, os traigo también un mensaje de vuestro tío Valois.
El nuevo vínculo que se había creado entre ellos daba a sus palabras otras resonancias, y no podían estar completamente atentos a lo que decían.
—Los dignatarios del Temple serán juzgados muy pronto —continuó diciendo de Artois—. Y se teme que vuestro padrino, el gran maestre Jacobo de Molay, sea condenado a muerte. Vuestro tío Valois os pide que escribáis al rey par suplicarle clemencia.
Isabel no respondió. Había vuelto a su posición acostumbrada, la barbilla sobre la palma.
—¡Cómo os parecéis a él, en este momento! —dijo de Artois.
—¡A quién?
—Al rey Felipe, vuestro padre.
—Lo que decida mi padre, el rey, bien decidido está —respondió lentamente Isabel—. Puedo intervenir en lo concerniente al honor familiar; pero no pienso hacerlo con respecto al gobierno de un reino.
—Jacobo de Molay es un hombre anciano. Fue noble y grande. Si ha cometido faltas las ha expiado duramente. Recordad que os tuvo en sus brazos en la pila bautismal... ¡Creedme, va a cometerse un gran daño, por obra una vez más, de Nogaret y de Marigny! Al destruir el Temple, esos hombres salidos de la nada han querido atacar a toda la caballería francesa y a los altos barones...
La reina seguía perpleja; ostensiblemente el asunto era superior a su entendimiento.
—No puedo juzgar —dijo—. No puedo juzgarlo.
—Sabéis que tengo una gran deuda adquirida con vuestro tío Valois, y él me quedaría agradecido si obtuviera de vos esa carta. Además, la piedad nunca sienta mal a una reina; es sentimiento de mujer, y seríais alabada por ello. Algunos os reprochan vuestra dureza de corazón; así les daríais cumplida respuesta. Hacedlo por vos, Isabel, y hacedlo por mí.
Ella sonrió.
—Sois muy hábil, primo Roberto, a pesar de vuestro aire ceñudo. Escribiré esa carta y podréis llevároslo todo junto. ¿Cuándo partiréis?
—Cuando me lo ordenéis, prima.
—Supongo que las escarcelas estarán listas mañana. Muy pronto es.
La voz de la reina reflejaba cierto pesar. Se miraron de nuevo, y de nuevo ella se turbó.
—Esperaré vuestro mensaje para saber si debo partir hacia Francia. Adiós, primo. Volveremos a vernos durante la cena.
De Artois se despidió y la habitación, después que él salió, parecía extrañamente tranquila, como un valle tras la tempestad. Isabel cerró los ojos y permaneció inmóvil durante largo rato.
Los hombres llamados a desempeñar un papel decisivo en la historia de los pueblos ignoran a menudo qué destinos encarnan. Los dos personajes que acababan de sostener tan larga entrevista, una tarde de marzo de 1314, en el castillo de Westminster, no podían jamás imaginarse que, por el encadenamiento de sus actos se convertirían en los primeros artífices de una guerra entre Francia e Inglaterra que duraría mas de cien años.

3 comentarios:

::Vita:: dijo...

He leído los tres primeros libros y me han parecido realmente excelentes. Al menos a mí, que siempre he tenido problemitas para memorizar nombres y fechas de la historia, me ha ayudado muchísimo, y al estar redactado como una novela hace la historia mucho más interesante y atractiva para gente como yo.

He debido interrumpir la lectura debido al gentil aporte de mi jefe que me ha dado "Gestión del cambio" (Harvard Business Review)para leer... y que espero terminar pronto para continar con la apasionante lectura de los Reyes Malditos.

Excelente blog.

Saludos!

Sr. Sotomonte dijo...

Yo he leído la saga entera y coincido con Martín acerca del séptimo libro (de hecho, fue escrito muy posteriormente a los otros seis). Hasta diría que con los seis primeros uno tiene de sobra. Como toda buena novela histórica de otro país, uno no puede dejar de lamentar la simpleza de lo que uno aprende en la escuela: por un lado una historia "universal", que deberíamos llamar "occidental" o "europeísta", y por el otro la del propio país, absolutamente desconectada de la anterior.
Por poner un ejemplo, un año se aprende la Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón, y al otro la invasión napoleónica de España. Ni que decir tiene que apenas se comente la importancia que tuvo este hecho en el inicio de la independencia de la mayoría de las colonias de América.
Pero volviendo a esta saga, tiene lo que han de tener todas las grandes sagas históricas como "Hijos de Roma" de Coleen McCullough: intriga, ambiciones y pasiones desmesuradas, y grandes personajes como en este caso Roberto de Artois o el mismo Rey de Hierro. Lo único que echo en falta es la simpleza del final de algunas de las tramas. Da la sensación de acabarlas porque el editor le urge a ser breve con el libro, o porque el interés del autor por alguna de ellas ha disminuido con cada volumen.
Sé que se hizo una serie de esta saga, en la Televisión Francesa, pero no conozco a nadie que me pueda explicar qué tal era su calidad. Habrá que seguir buscando...
Felicidades por tu blog, Martín, ya lo he apuntado en mi lista de Google Reader para no perderme tus próximos artículos.

Anónimo dijo...

wow..
exelentisima la coleccion los reyes malditos, en especial el vulumen: "la flor de liz y el leon".roberto de artois, eno de los mas grandes personajes del libro, de la historia misma..

el mejor dialogo de roberto de artois es, sin duda, el que sostubo en un banquete en tierra inglesa con el mismisimo rey y sus cortesanos., lo que me soprende de este discurso es.... leanlo_!!

en fin, si alguien sabe de otras buenas novelas historicas de la edad media hagnmelo saber: seter_st@hotmail.com

de antemano gracias.. saludossss_!!